Vox y el Rey Beau

De lo que mamá recuerda y porqué creo que terminé llorando una noche

Cuando le conte a mi mamá sobre Beau, se puso muy seria. Normalmente, mi mamá es tan radiante como un girasol, hornearía brownies para el mundo, si la cocina no terminara en llamas cada vez que toca un trasto; he crecido creyendo que es imposible sugestionarla. Es una doctora brillante y tal vez la única excepción a las reglas de racionalidad bajo las que me hizo crecer, sea que también es muy religiosa. De verdad que no le gusta hablar de temas oscuros.

Para el tiempo que cumplí siete, ya se había acostumbrado a escuchar sobre Beau, pero ella sola no era capaz de tener una opinión concreta sobre él. Todos los libros y pediatras le aseguraban que era normal, incluso si Beau resultaba un tanto sombrío. Fuera del asunto, yo era una niña feliz y sana que socializaba sin problemas con otros niños (reales), a la que le gustaba el color rosa y los ponis y si Beau me estaba ayudando con miedos y pensamientos complejos, tal vez estaba bien. Nunca le conté algunas de las historias; la del monstruo del closet, por ejemplo. Incluso entonces me recuerdo razonando que no reaccionaría bien.

Con mi hermano bastante mayor y por lo tanto “demasiado cool” para jugar conmigo, normalmente me quedaba a mis anchas, para inventar mis propios juegos y fantasías. Beau siempre lo protagonizaba todo. Si ocurría que no andaba por ahí, entonces pretendía ser él, peleando con monstruos terribles y andando a la aventura. Si estaba conmigo, entonces mi mamá me encontraba sola en mi cuarto, hablando con alguien que no estaba ahí, terminándome las crayolas azules y negras en dibujos un poco extraños. Cuando crecí, comencé a jugar otro tipo de juego.

Un día mi mamá me encontró arrastrándome por el suelo de la casa cubierta con una cobija. Le dije que estaba aprendiendo a ser un cazador, como Beau. No lo pensó mucho en ese momento, pero mi entrenamiento terminó por volverse un poco molesto cuando me volví una especie de ladrona y mi mamá comenzó a notar que algunas cosas aparecían en mi cuarto y a veces, mi cuarto tenía cosas que ni yo ni ella sabíamos de dónde habían salido. Por supuesto, en esos casos siempre le echaría la culpa a Beau; así fue que terminó por pedirme que le informara a “ese Beau” que no toleraría ese jueguito y que deberíamos encontrar otro.

Esto probablemente tiene más qué ver conmigo que con cualquier cosa paranormal. Era tan traviesa como cualquier otro niño desatendido y la verdad es que quién sabe cuantas cosas me robé. Después de que me amenazó con dejarme sin postres, no dejé de hacerlo y cuando lo dejé, de verdad Beau y yo habíamos cambiado de juego, pero había comenzado a caminar dormida.

En la mañana mi mamá me encontraría en lugares extraños. Comenzó con poco, despertando en el suelo de mi cuarto o en el sofá de la sala. De nuevo, sus fuentes le aseguraron que esto era por completo normal, pero las cosas comenzaron a empeorar. Comenzó a encontrarme en lugares a los que no hubiera podido llegar sola o lugares en donde hubiera tenido qué escucharme entrar: las alacenas de la cocina, el baño del cuarto para invitados, el escritorio de mi hermano… y por cierto que mi hermano siempre ha tenido el sueño muy ligero; así que habría tenido que escucharme entrar y subirme ahí. La alacena habría tenido que ser imposible de alcanzar con mi estatura, y una vez que me encontró, sacarme implicó sacar la mayor parte de las latas y las cosas detrás de las que me encontraba.

Recuerdo esta parte. Es uno de mis recuerdos más concretos, tal vez porque fue uno de los últimos. Sé que caminar dormida era parte del juego, por que mientras me movía, yo estaba soñando. Podía ver todo a mi alrededor perfectamente, aunque todas las luces estaban apagadas y Beau estaba ahí para guiarme. Beau me estaba enseñando a acosar como un cazador, como él lo hacía. Al menos eso es lo que recuerdo.

Una de esas noches mi mamá despertó. Esto es lo que ella recuerda que pasó, no estoy diciendo que haya ocurrido y ella admite que definitivamente pudo haber estado soñando o que la memoria le falle; aún así, me lo contó todo sin dudar, lo que me hace pensar que, haya sido como fuera, no deja de ser algo demasiado extraño.

Despertó al notar en su cuarto algo que llamó “un silencio raro”. Ella lo describe como si todo estuviera aguantandose la respiración, esperando por algo. Mi mamá se quedó inmóvil, pero con los ojos muy abiertos, intentando entender lo que ocurría. Entonces la puerta de su cuarto se abrió, sin hacer el menor ruido aunque esa puerta era tan ruidosa como cualquier otra en una casa como la mía. Se abrió muy, muy despacio, como si estuviera debajo del agua, y entonces yo entré, arrastrándome. Mis ojos estaban cerrados y ella tuvo la impresión de que estaba dormida; también, tuvo la impresión de que yo estaba andando sobre mis dedos, con unos movimientos raros y balanceados que le dieron la impresión de que imitaba a algún animal.

Crucé su habitación y entré en el pequeño pasillo que conecta su baño con su closet. Para ese momento, ella no estaba muy segura de qué debía de hacer y lo admite, tenía un poco de miedo, así que se quedó quieta, escuchando. Sabía que sin importar lo que estuviera haciendo, lo más probable es que necesitaría interrrumpirme.

Sintió que el silencio se fue de su cuarto, pero para cuando se levantó y anduvo hacia el closet en donde me había metido, era como si el aire mismo fuera un poco más grueso, más pesado. Estaba acurrucada junto a su estantería de zapatos, susurraba algo. Me llamó por mi nombre y me preguntó si estaba bien y qué estaba haciendo. Le dije, sin despertar, que estábamos de cacería.

Sobra decir que para ese momento, ella estaba temblando de nervios; tanto, que fue por una pequeña cruz que siempre tenía en su mesa de noche y rezó una pequeña plegaria, lo que no pareció arreglar mucho las cosas. Después de eso, me dijo: “Vox, debes parar y regresar a la cama, es tiempo de que descanses un poco”.

Mi respuesta no tuvo el menor sentido para ella en ese momento, pero la recuerda claramente. Me levanté y la encaré con los ojos cerrados.

—Pero mamá, es su turno para buscar y me toca a mí esconderme, ¿cómo quieres que no me esconda?

Mamá no me respondió. Simplemente volvió a orar y después de un rato, el silencio pareció irse por completo. Aún estaba asustada, pero comenzaba a calmarse después de observarme por un rato, lo suficiente para levantarme y llevarme de vuelta a mi cuarto. Nunca me contó nada de esto cuando yo era una niña, pero fue más o menos por el tiempo en el que comenzó a obligarme a acompañarla a la iglesia, a la misa de los domingos y tiró la mayor parte de mis dibujos, lo que, confusamente, no pareció importarme. Finalmente, una tarde, se animó a preguntarme si aún jugaba a acosar con Beau. Puse la cara más seria que una niña puede poner y le respondí que yo no jugaba a eso y que ya no quería ser un cazador. No le expliqué mucho más, pero creo recordar cómo fue que terminé decidiendo eso.

Una advertencia: la siguiente historia no es nada linda.

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