vigilia

—¿Papá? —escuchas, como si fuera un eco que viniera desde muy lejos. Cuando reconoces la voz abres los ojos. Miras el reloj despertador, te incorporas, bostezas.

—¿Qué pasa mi amor?

—Tuve un sueño  —Tus ojos se han despejado, puedes ver su silueta en el canto de la puerta, la luz amarillenta de los faros de la calle entrando por las ventanas. Ha traído su almohada. Sonríes. Le haces una seña para que se acerque. Ella da un paso y retrocede al instante.

—Soñé algo muy feo… —te dice y levanta una almohada delante de su pecho.

—¿Y qué soñaste?

—No quiero decirte.  —Estás sentado en tu cama y ella se encuentra ahí, en el canto de la puerta, observándote desde hace quién sabe cuánto tiempo. El pensamiento te extraña. Apenas si distingues el brillo de sus ojos.

—¿Y por qué no?

—Porque en mi sueño, cuando te digo, la cosa con la piel de mamá se levanta.

Las cobijas se revuelven a tus espaldas.

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