FARÍAS, Iván. Un plan perfecto [fragmento]

—Soñadito, mi amor. No vayas a hacer ruido. Vino un amigo.
—El tipo con el que te acuestas, el que no viene nunca a tu casa —dijo sonriendo.
—Ese mismo.
—Bueno, pues ya me voy. Dile que pasaba por acá pero que ya me iba.
—No, no, no. Estás loco. No te puede ver. Es muy celoso. Le he platicado de ti.
—Cosas buenas, supongo —se carcajeó.
—Perdón, es que estaba muy enojada contigo. No me venías a ver, me abandonaste y luego me colgabas el teléfono.
—No te preocupes. Te entiendo.
Diego se dio la vuelta en la cama, dándole la espalda a la mujer para ponerse los calcetines.
—Me esperas. Seguro viene por la mota. Me la dejó encargada.
—Ah, entonces es un humilde empresario de narcóticos.
—Algo así.
—Es estudiante y se ayuda con sus bolsitas de mota para sus libros.
—No bajes. No hagas ruido. Voy a correrlo.
Apenas cerró la puerta Diego se vistió. Buscó una ruta de escape: la ventana de enfrente daba al patio interior de la vecindad. La otra daba a una azotea resguardada con vidrios. Sin embargo, tenía protecciones. No podía escapar por ahí. La única salida era la puerta principal pero un dealer, seguramente armado, lo esperaba abajo para vengarse por la mujer con la que recién se acababa de acostar.
Abajo se oyeron voces. El hombre le reclamaba que no abriera rápido. Ella le contestó que no eran horas de venir.
Sus zapatos escurrían agua. Sintió frío. Se iba a enfermar. Abrió el clóset y buscó algo, sin saber a ciencia cierta qué. Vio unas botas militares femeninas. Les quitó las agujetas y las puso en la cama. Revolvió la cómoda. En los cajones no había nada más que barnices, pinturas, calzones y calcetines. Las voces abajo eran más fuertes. Él le decía que era una perra y ella le gritaba que se largara. Entonces recordó una vez que Alejandra lo amenazó con una cachiporra de madera tallada. Era una de esas artesanías que vendían en la carretera, una especie de bat pequeño con flores y garzas de colores. Hizo recuento mental y se acordó de dónde lo sacó. Estaba en la cajonera de la cama. Lo probó un par de veces, haciendo como que golpeaba algo.
Fue a la puerta, puso varios zapatos en el piso, como si fueran minas, y se acomodó escondido cerca de la puerta, resguardado por el clóset empotrado.
—Sé que estás con ese cabrón —dijo iracundo el sujeto.
—Que te largues.
Entonces oyó cómo subían las escaleras.
—Es el cabrón que te pega y todavía lo defiendes.
Diego se imaginó la escena que Alejandra le contó: mujer dolida sufriendo por su novio golpeador. Ahora el pobre sujeto subía con su brillante armadura a hacer justicia.
Oyó la puerta, un “¡Sal hijo de la chingada!”, un “¡Cuidado!, trae pistola”.

(Fragmento de un plan perfecto, de Iván Farías, que presento junto a su autor este sábado 7 de octubre a las cuatro de la tarde en el Aula Amparo Dávila de La Feria del Libro)

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