Un parpadeo de Dios

El 25 de Marzo a las 14:57 hora de Greenwich, el mundo se detuvo por 27 minutos y 54 segundos. No hubo sacudida repentina, nadie se quedó inconsciente, no hubo una ida a negros y de regreso.

Para todos, el tiempo pareció estar y seguir normal: un segundo después del otro. Los pájaros volaron, la gente habló, el viento sopló, la lluvia cayó; nada pareció indicar que algo inesperado le hubiera ocurrido a los habitantes del mundo. Para ser capaz de notarlo debiste tener una perspectiva externa de planeta y sus torpes satélites artificiales; La NASA y las agencias espaciales por ejemplo, que perdieron comunicaciones satelitales y señales entrantes de casi media hora. Naturalmente, la primer conjetura descansaba en un problema de las computadoras en Tierra; pero esto acarreó una pregunta más grande -un error en una computadora es posible, pero, ¿todas las computadoras de los centros espaciales alrededor del planeta, con la misma falla, al mismo tiempo?

La siguiente conjetura descansó en la posibilidad de un virus o una brecha de seguridad informática, un hacker. Un equipo internacional se ensambló con la finalidad de investigar lo que debía ser la mejor y más gigantesca operación coordinada de toda la historia, cuando los primeros reportes de astrónomos confundidos y preocupados comenzaron a arribar; con ellos, la verdadera dimensión de lo que en realidad había ocurrido.

Utilizando datos extraídos de los observatorios telescópicos en Jodrell Bank, Palo Alto, Mount Pleasant y otros a lo largo del mundo, contrastados contra los registros estelares y los modelos computacionales vigentes del vecindario galáctico, pudo determinarse que durante veintisiete minutos y cincuenta y cuatro segundos, la tierra perdió sincronía con el resto del continuo conocido de espacio-tiempo. El mundo como lo conocemos, parpadeó fuera de la existencia durante este lapso y luego regresó sin ningún cambio, como si nada hubiera pasado. Para toda referencia y resumen, durante esa breve ventana de tiempo, todos dejamos de existir.

El equipo de investigación internacional fue reasignado, se firmó un cheque en blanco, poniendo a disposición el máximo de recursos y atrayendo a las mayores mentes de todos los campos científicos, para investigar este hecho bajo la mayor confidencialidad posible. Nadie necesitó una explicación del pánico resultante de volver esta información pública antes de encontrar una racional y ojalá que tranquilizante explicación. Aquellos que no deseaban guardar silencio, fueron invitados a colaborar con métodos menos ortodoxos.

Al margen de los distintos nombres códigos asignados a los equipos de investigación, aquellos involucrados en el hecho comenzaron a llamar a la anomalía, con cierto tono cómico: “el día que dios parpadeó”. En conversaciones casuales entre los miembros del proyecto, eventualmente esto terminó siendo acotado bajo el término de “el parpadeo”.

 

Tras seis toques de timbre, Ben finalmente abrió la puerta.

—¡Mark!, ¿Qué haces aquí?

—Tú me invitaste.

—¿Yo te…? Ah, qué extraño… y la razón era… ¡bueno!, de todas formas, es bueno verte, ¡pasa!

Conozco a Ben desde que somos niños. Fuimos a la misma escuela por un tiempo, antes de que su coeficiente lo llevara a escuelas especiales y de ahí a… bueno, a esto. Nos mantuvimos en contacto, de todas formas. Sus padres pensaron (y pensaron bien), que Ben necesitaría de algún lazo con el mundo real y apoyaron nuestra amistad, permitiendo que nos quedáramos en casa del otro y que saliéramos de viaje juntos; esto previno que las habilidades sociales de Ben se atrofiaran por completo, como suele ser el caso con los niños genio y produjo a este tipo amnésico y distraído que al menos, es capaz de funcionar socialmente.

Los dos terminamos en servicios informáticos, a niveles bastante distantes. Yo tomé el camino del soporte técnico, manteniendo sistemas de bases de datos para un grupo de pequeñas compañías independientes. Aburrido, sí, pero bien pagado, al punto que me permitía viajar. Él, por otro lado, trabajó de manera independiente, desde su “fortaleza de la soledad”, como él mismo la llama, refiriéndose a sí mismo como un asesor experto; su trabajo siempre es mucho más variado y complejo.  Aunque nunca ha admitido abiertamente que suele hackear, cuenta con el suficiente conocimiento técnico y la experiencia: ha sido empleado de Google, ha trabajado para Microsoft y para IBM y cuando han necesitado que alguien pruebe los nuevos e impenetrables sistemas de seguridad, cuando han necesitado rastrear a alguien que encontró una grieta en sus impenetrables sistemas de seguridad, él es con quien quieren hablar. Prefería la última variable, le gustaba la intriga de la persecución y la paga era mucho mejor.

Lo que era menos conocido era el trabajo que solía hacer “fuera de registro”, para entidades como el Departamento de Defensa y la NSA. Llegó a admitir que era más bien una suerte de alianza: por un lado echaban mano de su inteligencia y su capacidad, por el otro, se mantenían al tanto de su inteligencia y su capacidad. No le preocupaba mucho, como me llegó a explicar un día:

—Se quedan contentos teniendo a la mano dónde estoy y qué estoy haciendo; al menos lo que ellos creen que estoy haciendo. —al final de la confesión, sonreiría y me pasaría una hoja impresa con el último correo decodificado que había interceptado. No hacía nada más con las cosas que encontraba, lo hacía sólo por el goce del reto.

Siendo honesto, es difícil describir quién es Ben y cuáles son sus motivaciones de un momento a otro; yo acepté sus excentricidades, llegando a la conclusión general de que su vida estaba compuesta por un patrón complejo de pulsiones e ideas, entretejidas en una secuencia que siempre podía resultar genial o por completo lunática.

Pensaba, por ejemplo, que cada vez que alguien decía la palabra “Abracadabra”, un ángel perdía sus alas, o que el virus del resfriado existía como una enorme mente de colmena que evadía la detección de sus elementos al cambiar constantemente de huésped. Loca y extraña mierda, como esa. La mitad del tiempo estaba bromeando; para el resto de sus ideas, sólo esperaba que tuviera el suficiente sentido común para no ser tan comunicativo.

Luego, estaban las veces en que hacía o decía cosas que terminaban en el polo opuesto: cuando terminaba teniendo una razón perturbadora y absoluta. En esas ocasiones, solía hablar con una lucidez que parecía llevarlo muy lejos del resto de la escoria que nuestra especie suele ser; más allá de sus certezas y sus creencias, hasta tocar una verdad universal que todos deberíamos conocer. Todo lo que puedo hacer en esos casos, es maravillarme de que alguien con un caleidoscopio como ese por cerebro, capaz de sostener tal torbellino de pensamientos contradictorios, pueda procesar todos los elementos y producir una luz capaz de cambiarlo todo. Luego, se desviaría para acusar a sus vecinos de ser agentes de la CIA que prueban neurotoxinas en los gatos del barrio.

Siempre voy cuando me llama. Sin importar sus teorías y sus hábitos, es de verdad una conversación para experimentarse; además, su colección de películas descargadas es infinita. Además, es mi amigo.

Fue durante un contrato con la NASA, vagando por su sistema en busca de pruebas sobre el Área 51, que dio con los primeros fragmentos de información que lo hicieron descubrir y deducir los hechos concernientes al 25 de Marzo y el “parpadeo”, que cierto equipo internacional de especialistas investigaba.

Siendo su único amigo, decidió contármelo todo respecto a esta conspiración, básicamente para presumir sus capacidades, de ahí la invitación. Mientras hablaba, parecía importarle una mierda cómo mi cara se volvía cada vez más y más incrédula. Describió lo que las agencias espaciales y los astrónomos habían descubierto y cómo el equipo estaba ahora investigando lo que había pasado. Físicos, Teóricos Cuánticos, Matemáticos… todo el espectro de la ciencia, todo, enfocado en este solo problema y las preguntas asociadas al mismo: qué había pasado, por qué había pasado y mucho más importante, si era posible que pasara de nuevo y si sí, cuáles eran las posibilidades de que se volviera permanente. Me contó también, de cómo astrónomos amateur que habían notado la anomalía eran invitados al equipo, tratados como locos e incluso desaparecidos. Su mayor miedo descansaba en una reacción de pánico general, o que alguna religión se involucrara y los muchos posibles genocidios en consecuencia.

—No hay nada más desconcertante que no ser capaz de confiar en tu realidad. Hemos crecido en un mundo donde está bien desconfiar de tu gobierno, de tus empleados, incluso de tu familia; pero, ¿de tu existencia? Caos inminente. Entidades como el CERN han sido puestas en un protocolo de hiato permanente. Nadie tiene pruebas de que los experimentos conducidos ahí sean la causa, pero supongo que tenían que apuntar el dedo a algún lado, al menos hasta contar con más evidencia. Hay un montón de hipótesis en proceso en este momento, pero nada de experimentos; debe ser cuestión de tiempo antes de que inviten a los guionistas de Doctor Who para colaborar en una explicación plausible.

Suspiró al decir esto, se sentó sobre su silla reclinable y dio vueltas, mirando hacia el techo, perdido en sus pensamientos; fue deteniéndose poco a poco, hasta que me volvió a mirar y vi como uno de sus ojos se cerraba en un tic:

—Y al otro lado de la balanza, tienes a todas las religiones…

Pausó de nuevo, mirando a su escritorio lleno de cosas, comenzó a ensamblar una pequeña torre con piezas de lo que parecía una computadora; conforme fue elevándose, continuó:

—¿Recuerdas el catecismo? Las historias me encantaban. Las moralejas eran otra cosa, pero las historias… La torre de Babel, por ejemplo.

Libros, discos duros, barras de chocolate, revistas y otros elementos sacados del costal de un científico; todo lo que pudiera alcanzar con las manos, acumulándose en una estructura que poco a poco fue alcanzando la altura de su cabeza en un equilibrio un tanto dudoso. Intentó sonar como un padre oficiando:

—El hombre, enfermo de hubris, decidió construir una torre hasta dios, para poder conversar con él; dios, por su parte, en su gloriosa sabiduría, decidió que el hombre no debía lograr esto y tomó medidas para rectificarlo; así que maldijo a la humanidad con miles de lenguas.

Sus ojos nunca se movieron de su torre.

—todo proyecto o esperanza de paz ha sido siempre arruinada por la incapacidad de la gente de nuestra especie para entenderse a sí misma. Tal vez nos estemos rebasando de nuevo, con eso del Bosson de Higgs; tal vez Dios ha decidido que quiere algo de espacio personal, de nuevo; siempre ha sido algo egoísta con sus trucos y sus planes.

Le dio un empujoncito con el dedo, casi en la cúspide. Su torre se hizo pedazos contra la mesa y el suelo. Esperó hasta que el sonido de la caída terminara.

—Tal vez el parpadeo, como lo llaman, sea dios, mandándonos el memo sobre sus derechos de autor, antes de que tengamos que asumir las consecuencias.

Entonces sonrió. Su ateísmo asomó de pronto:

—Personalmente, mirando a los datos acumulados, creo que las respuestas están en otro lado.

Me disculpé para atender mi teléfono, salí de su casa y apagué la alarma que siempre programaba más o menos a esta hora, para despejar la cabeza un rato y sacudirme lo que fuera de lo que estuviera inundado. Cuando regresé, su cabeza se eencontraba adentro de una torre de PC, colocada en el escritorio en donde realizaba “labores mecánicas”. Estuvimos callados durante un tiempo, el silencio apenas interrumpido con su tarareo incesante desde adentro del aparato. De pronto comenzó a hablar de nuevo, desde dentro.

—Como te decía, creo que las respuestas se encuentran en un campo no examinado. Tengo pruebas estadísticas que así lo sugieren.

—Estadísticas, tú?

A Ben no le gustan las estadísticas. Suele burlarse de ellas y de hecho, las culpa por el 63.75% de las cosas que están mal en el mundo (ah, diseñó toda una fórmula que comprueba la cifra). Muy aparte, un día lo escuché decir que podría destruir el mundo con la hoja de excell adecuada; y en mis momentos de mayor confusión, he llegado a creerle.

—Acepto que la mayor infalibilidad de las estadísticas, las hacen ser las cosas más falibles del mundo. —contestó a mi risa desde dentro de la torre, tanteando con una mano manchada de grasa y chetos, à la recherche de un desarmador que le quedaba muy lejos.

—Toma toda ficción y añádale bonitos porcentajes, de pronto se vuelve no ficción. Métele una gráfica de pastel y un diagrama y se transforma en una verdad inviolable.

—Sandeces —dije, mientras metía la mano en una bolsa de botana cerrada con un clip y un alambre.

Sacó la cabeza de la torre, buscó mis ojos y dijo con cierto tono malicioso:

—Pásaselo a la gente correcta, en el lugar correcto, en el momento correcto; tendrás una ley.

—Mmm. —contesté, ignorando su bonito discurso, en favor de una revista que estaba en el suelo, junto a una enorme pila de basura que bien podía representar todo su estilo de vida.

Gruñó ante mi falta de entusiasmo argumentativo y continuó con uno de sus temas favoritos, metiendo la cabeza de regreso en la torre.

—En esos casos, me refiero a tus estadísticas básicas, demagogas incluso: marketing, grupos de presión, demográficas políticas… esa clase de mierda asusta-tontos. Ahora, el reconocimiento de patrones, esa sola zona dentro del campo de las convenientes estadísticas; para eso tengo tiempo.

Asomó de nuevo, miró hacia su escritorio y manoteó debajo de un montón de hojas impresas.

—Has escuchado de SETI, ¿no?

—Pausa, pausa, si vamos a territorio alien, puedes besarme el culo, colega.

Me dio un vistazo molesto y en respuesta levanté las manos como si me estuvieran asaltando.

—disculpe, disculpe, por favor continúe, ¡oh, iluminado!

—Gracias. SETI, la búsqueda de vida extraterrestre, tiene, entre sus muchos trabajos, analizar las señales rebotando de aquí para allá en nuestro vecindario galáctico.

—De las que han extraído cero pruebas concluyentes de vida inteligente.

—¿Qué tal si han estado buscando los patrones equivocados, qué tal si puedes analizar todo ese conjunto de señales de otra forma; qué tal si hay un patrón, pero está distribuido en un periodo de tiempo tan grande, que simplemente no hay manera de reconocerlo como tal?

Triunfante, su mano extrae un bloc de post-its, de junto a una pila de libros, regando estos últimos a lo largo de su escritorio; una pluma del bolsillo lateral de su pantalon, con la que escribe “pendiente” en el post-it superior y deja el papelito sobre la torre en la que tiene miles de años trabajando. Me mira con una enorme sonrisa de satisfacción.

—has estado viendo el History channel de nuevo, ¿verdad?

Su rostro demostró cierto aire de indignación. Me da la espalda y va derecho a cerrar una guía de televisión que tiene sobre otro escritorio.

—¿Qué tal si te digo que he escrito mi propio algoritmo de reconocimiento de patrones, qué tal si te digo que he encontrado un mensaje en los datos recolectados por SETI?

—Sandeces. —dije, intentando detener mi boca abierta, de pronto menos seguro de mí mismo, un poco más sacudido por la dirección que esto comenzaba a tomar.

—Bueno… no fue fácil. —falsa modestia —y tengo que agradecer, entre otros, a la NSA, aunque puede ser que si descubren que he estado corriendo este algoritmo en segundo plano dentro de su supercomputadora, tenga que desaparecer abruptamente… o disculparme… uno nunca sabe con esos tipos.

—Ben. El mensaje. —Me puse de pie.

—Ah, sí. El mensaje.

Miró hacia todos lados, buscando algún recurso con qué evadirme. Mis dudas volvieron en seguida.

—Bueno… era corto, y realmente no es muy elocuente… obviamente haría falta un protocolo de…

—Ben…

Se quedó callado unos segundos. Se le enrojeció la cara. Se cubrió los ojos de vergüenza y dijo, con una voz temblorosa:

—el mensaje dice: “hola, ¿está contento?”.

Pasaron varios segundos de silencio antes de que comenzara a reírme sin control, sintiendo un alivio épico.

—B-bueno, creo que es un mensaje muy puntual. Además, es mejor que “sooy el horror cósmico”.

—Ay dios mío… dame un segundo… no puedo respirar… voy a vomitar.

—¿Interpreto entonces que no crees que haya encontrado un mensaje de una raza alienígena? Te… ¿te puedes callar POR FAVOR?

—Perdón, perdón. Ah. Ben, tienes que admitir que si vas a imaginar el salud. de una especie alienígena estarías buscando un mensaje un poco más… no sé ¿profundo? Es decir, hemos mandado un disco dorado que intenta sintetizar a nuestra especie y lo que sabemos: música, matemáticas, tú nómbralo. ¿Y qué responden los aliens hiper- avanzados? ¿”ola ke ase”?

—¿Entonces no me crees?

Estaba de verde de enojado. Intenté ser más razonable.

—Ok Ben, mira… perdón. Creo que tu algoritmo encontró un patrón en donde no hay un patrón y generó un significado.

Regresé a la bolsa de botana, a la revista.

Me miró, de pie, sin moverme unos instantes, luego fue a tirarse en otra silla reclinable, detrás de otro escritorio, lleno con laptops en distintos estados de deconstrucción, conectadas por una red de cables que, de hecho, se veían lindos. Encendió tres de ellas y su rostro se iluminó con el fantasma de las pantallas. Su atención se columpió entre las pantallas y sus dedos teclearon en un tablero y en otro. No había terminado.

—No estoy de acuerdo. Yo creo que esta es una especie alienígena con interés en la raza humana. Una especie, de hecho, directamente involucrada en la evolución de nuestra especie.

—Ay no, la teoría de los ingenieros. ¿Riddley Scott te ha estado mandando mensajes secretos otra vez?

—Piénsalo. El cuerpo humano es una máquina asombrosa. Se regula a sí misma, se cura a sí misma y tiene la habilidad de duplicarpora si misma.

—Creí que sólo creías en cosas que has experimentado de primera mano.

—Como estaba diciendo antes de ser estúpidamente interrumpido, el cuerpo humano es una máquina increíble, porque eso es exactamente lo que es, una pieza de tecnología, construida a partir de pieza vivas, en vez de mecánicas; no es, además, una máquina perfecta.

—Eso significa…

—Tiene sus propias defensas contra enfermedades, es capaz de curar heridas y ocasionalmente, el diseño hace cosas no calculadas, sobre-reacciona a ciertos estímulos, algo en su código genera errores…

—Eso significa…

—…cáncer, por supuesto.

—¿Eh? —Esta sería otra de esas extrañas conversaciones con Ben, sin embargo, la palabra cáncer siempre me pone mal; he visto mucho de sus efectos en amigos y familiares para sentir adversidad a la mera palabra. Ben, ignorante de mi incomodidad, continuó:

—El cáncer es esta máquina realizando actos no esperados, creando células donde no necesita. No es un ataque externo, sino una falla interna en su sistema; un error, nada más. Tenemos, de hecho, errores de diseño y si nuestro dios o nuestros dioses son supuestamente infalibles, entonces la lógica dicta que no fuimos construidos por un ser así, sino por seres un poco más falibles. Deberíamos hacer algo para corregir estos errores. Hacer un reporte de servicio, si así me entiendes.

—Qué hiciste.

—Bueno… mandé un mensaje diciéndoles eso, claro.

No he visto a Ben en seis meses. El trabajo me ha mantenido ocupado en Londres y él no es de los que textea o atiende llamadas telefónicas sólo para platicar. Un día, me llama de nuevo y yo tengo tiempo.

Para este momento, algo de la información sobre el parpadeo se ha comenzado a filtrar a internet, incluso en algunos de los sitios y agencias de noticias de mayor seriedad a nivel global. La más de la gente lo ve como otra teoría de conspiración. Habiendo hablado con Ben antes de escuchar esos mismos datos en otro lugar, me da todavía, algo de escalofríos. Una cosa hubiera sido que se tratara de otra de sus teorías, pero esto se había convertido en un fantasma global, algo factible, más allá de su propia cabeza.

Abre la puerta al primer timbrazo, pero no estoy listo para su apariencia del otro lado de la puerta. Está desaseado, está cansado, como si no hubiera dormido en días; su ropa se ve arrugada y sucia, incluso más de lo normal. Lo miro a los ojos. Están rojos y tienen bolsas de cansancio; por el otro lado, el hombre está tranquilo como nunca lo he visto, incluso su voz suena así: relajada. He visto este tipo de comportamiento antes, aunque en el momento no se me ocurre: así se porta la gente que tiene cáncer terminal; esta calma viene de la aceptación.

Me quedé en el quicio de la puerta. Lo abracé, fuerte. Ben nunca ha sido fanático del contacto físico en todo lo que tengo de conocerlo, pero esta vez, acepta el abrazo e incluso intenta replicarlo.

—¿Estás bien, te pasa algo?

—Nada físico, al menos.

—Qué bueno, porque te ves hecho mierda.

Dio una carcajada débil y guardó silencio. Nos quedamos ahí, mirándonos un rato, antes de que me dejara pasar y nos sentáramos.

—Tu parapadeo ya llegó a internet. ¿Recibiste una respuesta?

Sonrió débilmente. Ignoró mi pregunta y me señaló una bolsa de botana. Su departamento estaba más desordenado que la última vez, pero de alguna forma, la impresión de que era un caos organizado, se había ido. Esto era sólo el resultado de acumular cosas, sin ninguna clase de objetivo.

Se sentó detrás del escritorio y movió algunas cosas en él. Encendió la computadora.

—¿Recuerdas de lo que hablamos?

—Te refieres a la cosa con los aliens. —Intenté bromear. En otro momento me hubiera contestado algo sabihondo, ahora no importaba.

—No sólo los humanos, sino toda la vida en la Tierra ha sido diseñada. Una fuente externa creó el planeta y lo mantuvo. Sospecho que la vida ha tenido diversas “etapas” de vida. Ha habido varias, probablemente, desde que la tierra fue formada, hasta el día de hoy. De estas primeras versiones no tenemos evidencia. La última antes de nosotros, ha dejado muchos indicadores, por el contrario.

Esperó a que yo interpretara, no me llevó mucho, aunque me sorprende la facilidad con la que estaba aceptando su teoría.

—Los dinosaurios.

Su sonrisa era lenta, era triste.

—¿Recibiste una respuesta?

—La tierra entera ha estado mandando señales de radio por mucho tiempo. Si nosotros podemos captar sus señales, ellos pueden captar las nuestras, incluso las que no van dirigidas a ellos.

—¿Qué estás sugiriendo?

—Recibieron nuestros mensajes y respondieron.

Pasé saliva por una garganta seca.

—¿Qué respuesta?

—Trabajas en soporte técnico, ¿qué es lo que sueles recomendar cuando algo deja de funcionar correctamente, Mark?

—No sé… usualmente, apagar y encender de nuevo suele resolver las cosas.

Mi voz se apagó en cuanto entendí lo que acababa de decir, lo que él estaba diciendo. 27 minutos, 54 segundos.

Ben comenzó a reírse, tosiendo tristemente en medio de la risa. Se fue por una tangente y comenzó a hablar de otra cosa. Yo seguía con un hueco en el estómago que presentí que no se iba a ir a ningún lado.

—¡Carrozas de los dioses!, ¡carrozas de los putos dioses!, imagina eso. Aliens bajando a enseñarle nuevos trucos a las primeras civilizaciones. O tal vez no. Tal vez la Versión 6.0 estaba bajo garantía todavía en ese momento y parte de la garantía incluía mantenimiento. Pongo mi dinero en que los dioses griegos son en realidad técnicos de reparación… te hace preguntarte qué error en el código desencadenó Pompeya.

—CÁLLATE. —De pronto estaba muy enojado. Muy enojado. La parte lógica de mí no quería más verdadázos, no podía con más, estaba seguro.

Ben me estaba mirando, sin molestia, con algo de empatía incluso. Se levantó y fue por otra bolsa de botana y un par de cervezas. Le di un trago largo a la mía, respiré. Continuó, con un tono más controlado de voz, menos histérico; como si hubiera alcanzado la cúspide de su locura y ahora regresara lentamente.

—Explicaría por qué todas nuestras civilizaciones tenían panteones de dioses en el pasado: ingenieros, echando una vuelta para ajustar alguna tuerca, mientras la garantía todavía nos cubría; justo como Microsoft llegando al final de su soporte en versiones anteriores de Windows; tal vez simplemente sobrepasamos la garantía de la versión 6.0 de la vida en la tierra, así que dejaron de venir.

Ahora, en esta era de radio y señales de microondas, la gente está finalmente enviando mensajes y correos electrónicos que pueden ser captados por los “dioses”, quejándose de esto y de aquello, de las fallas de sus cuerpos, de sus familias y el mundo a su alrededor, demandando respuestas; y estos mensajes van por el espacio y son captados por un escritorio de soporte técnico final, en alguna nebulosa lejana. El número de mensajes llega a un nivel crítico y en un punto estadístico, se toman decisiones y un equivalente a un interno en una oficina, llamado Gary, revisa un antiguo manual de un programa viejísimo.

Se acabó la cerveza de un trago.

  –entonces apaga y enciende, para ver qué pasa.

El silencio reinó por unos minutos, durante los que me paré y fui por otra cerveza al refri, esta vez trayendo varios envases más conmigo. Le pasé una nueva, antes de que continuara.

—Me respondieron.

—Jesús, Ben, ¿qué dijeron?

Sus ojos se oscurecieron, sacó algo de su bolsa del pantalón y desdobló una pieza de papel, diciendo entre dientes algo sobre “software de encriptación” y “análisis lingüístico” y “autoformateo de Word”, decía:

Estimada TIERRA,

Gracias por responder al respecto de nuestra solicitud de información respecto a su grado de satisfacción con nuestro programa. Hemos enviado sus múltiples cuestiones al equipo técnico relacionado.

Desafortunadamente, nuestro paquete de soporte para su versión activa de VIDA [6.0] ha terminado. El reinicio de su sistema, intentado en fechas recientes, parece no haber resuelto sus problema(s).

Así pues, estaremos refrescando su sistema a la última versión estable VIDA 5.3.

Su contrato no incluye respaldos ni restauración de los datos existentes, así que todos los datos posteriores a la versión mencionada, serán eliminados.

Gracias por usar VIDA y por favor, contáctenos en caso de que nuevos problemas aparezcan.

Nuestros mejores deseos.

—¿Refrescando?

—Usando la numeración de las versiones como guía, calculo que estaremos regresando a la tierra justo en la era jurásica. Mandé una respuesta, claro, solicitándoles que no hicieran nada. Incluso lo redacté en los términos apropiados: “Hemos decidido continuar con esta instalación, por favor no reinicie ni refresque nuestro sistema. Por favor ignore todos los reportes de errores a menos que sean enviados por mí. Ben Glover, Sysadmin de la Tierra. Ojalá que lo hayan recibido a tiempo.

—¿Reportes de errores?

—Rezos.

—Oh… ¿Sysadmin de la Tierra?

No me miró, bajó la vista a su botella, ahí se quedó.

—Bueno, tenía que sonar como si estuviera a cargo, ¿no?

—¿Crees que haya llegado?

—No sé. De verdad no sé. Tenemos esperanzas, al menos. Calculo que lo sabremos en las siguientes dos horas. Es por eso que te he invitado a pasar este rato aquí, supongo. Vamos a ver el fin juntos… o no, tal vez ni siquiera nos demos cuenta.

El silencio reinó de nuevo. Roto sólo por nosotros tomando de las botellas. No había mucho más qué decir.

Se terminó su cerveza y bostezó.

—Para ser por completo honesto, no creo que los dinosaurios hayan tenido una oportunidad justa.

Estaba a punto de contestar con toda la indignación de un ser en una realidad a punto de extinguirse, como una vela. Luego vi que apenas y se estaba aguantando la risa. Cuando todo fue dicho y hecho, ¿qué más quedaba además de esperar y reírnos de lo absurdo de todo? Él comenzó y yo me uní a él, hasta que las lágrimas nos llenaron la cara.

Ahí seguimos, riendo y bebiendo hasta que nuestro mundo terminara… tal vez.


2 Comments

  1. No había podido comentar la primera vez que leí esta historia, pero sólo he de decir que es sencillamente espeluznante. De mis preferidas.

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