Túnel

No asesiné a Paul Ledderman. No estoy muy seguro de lo que hice, pero estoy seguro de que no fue un homicidio. Puede que defensa propia, pero no homicidio.

Si debiera probarlo, me remitiría a un guante de piel; al recorte amarillento de un diario de lectura incomprensible, a un caracol marino de nombre científico Turitella communis (no que pudiera distinguir una concha de otra por mí mismo, pero se la he mostrado a Peterson, el biólogo, y a él le pagan por saber estas cosas). No deberé probarlo, para fortuna de los pobres forenses de turno, que intentasen certificar una causa de defunción, el cuerpo del delito no fue y no será encontrado.

El otoño pasado Ledderman me pidió que lo visitara. Viniendo de él no era solo inusual, sino sorprendente. No lo había visto en casi cinco años; nadie lo había visto, a no ser por el cartero y el repartidor ocasional que le llevaba materiales de la tienda del pueblo en el valle, a veinte millas de su residencia. Vivía en una casa automatizada y diseñada por él mismo en un terrenito en la cima de la montaña y a la mitad de la nada, eso sí, con una vista panorámica de ensueño.

No me imagino cuánto debió costarle; media moneda por el terreno y algunos buenos millones por lo que ahí levantó. Más que una mansión, era una comunidad para un solo individuo, cubierta por paneles de cristal templado; una bóveda de acero y concreto, todo espacio y luz; una máquina qué habitar.

Suficiente electricidad para alimentar una fábrica era enviada directamente de una hidroturbina instalada en el río a menos de media milla; los módulos externos disimulaban una cantidad ilimitada de circuitos y cables; era como la versión arquitectónica de una madre amorosa. Filtraba el aire, cocinaba (enlatados que eran resurtidos cada quince días), lavaba su ropa, hacía su cama e incluso aspiraba el polvo de sus pulimentados interiores, con una mezcla de sistemas de extracción de aire y cargas electroestáticas. Para ser una esposa habría tenido qué cumplir con otro par de asuntos, siendo uno de ellos, el de entrometerse en los asuntos del hombre; Ledderman no pareció ver un conflicto en prescindir de ellos.

Había desaparecido en su monasterio de fantasía hacia 1964. La casa se encontraba tan lejos de su época como lo estaba su dueño, y eso sólo por hablar de la casa y no mencionar su equipo de laboratorio. De comienzo, tuvo ciertas dificultades con mantener lejos a la prensa especializada en avances tecnológicos, así como a las corresponsales de revistas para mujeres, pero un silencio disciplinado, unido a un perímetro electrificado, terminó por disuadir hasta a la periodista más insistente.

Botó a sus amigos uno por uno, aunque algunos de nosotros continuamos teniendo noticias suyas ocasionalmente, hasta entrada la primavera de ese mismo año. Después de eso, tal vez una felicitación en navidad (si entiendes como una felicitación, algunas palabras garrapateadas sobre un separador de archivero), tal vez un par de cartas, como las que yo mismo llegué a recibir. Decían poco y me hacían pensar en si Paul no había diseñado un escriba autómata y cretino. Para el tiempo, tenía otras cosas en la cabeza (dos de esas cosas han alcanzado la edad para reclamar su privacidad y la otra hacía todas las cosas que Ledderman decidió arreglar con su talento, más el par que decidió omitir).

La carta que llegó en Septiembre de 1967 me causó la misma impresión que un recibo de teléfono. Luego, claro, la abrí y terminó por alarmarme. Para comenzar, tal vez el pierde-amigos se había roto, porque estaba escrita a mano; pero además estaba la forma en la que había sido escrita. Sumergida en cierto tono de arrogancia y urgencia, empujaba dolorosamente una invitación, casi una súplica por ser visitado. Pero además, estaba la forma en la había sido escrita, he perdido la carta, así que no puedo citar textualmente, pero puedo explicarlo de memoria; decía algo así:

de problema, pero también sobre la pista de algo.

verte de inmediato. Creo que estoy metido en una especie

largo silencio se entrometa en lo que te digo. Debo

Por dios, Steve, por favor, no dejes que nuestro

No había un “Querido Steve”, y no había rúbrica, ni despedida; eso me hubiera servido para orientarme. Se veía loco, se leía peor. Sentí cierto escalofrío vago mientras intentaba encontrar un sentido entre todas esas frases inconexas y urgentes. Me dieron la impresión de ser el equivalente escrito a una señal de auxilio en repetición, transmitida desde algún lugar remoto y entrecortada por la interferencia de una tormenta. Cuando descubrí que se leía perfectamente, de abajo para arriba, no me sentí muy aliviado. He visto traductores automáticos hacer cosas así, pero no seres humanos. No al menos que se traten de hombres un poco alterados, o bien, de da Vinci.

Y Leo escribía con su mano izquierda, al revés. Tiene cierto sentido luego que imaginas lo fácil que es decodificarlo con ayuda de un espejo posicionado al margen: los signos se invierten. Pero invertir el orden de abajo hacia arriba no parecía tener ninguna explicación razonable; ¿para qué hacerlo, para qué hacerle algo así a un viejo amigo? Paul, diestro, tal vez habría sido genial en su campo, pero esta excentricidad resultaba, como dije hace un momento, alarmante.

Me llevó cuarenta y ocho horas persuadir a Judy de que debía visitar a Paul; creí mejor no mostrarle la carta y dejar que ella deduciera que Paul pasaba por alguna suerte de colapso después de todos estos años. Me llevó otras veinte llegar hasta allá.

Era de noche para cuando comencé a subir la pendiente hacia la casa de Paul. El camino, desierto, estaba, además, lleno de curvas. La terraceria en la que luego me interné, no llevaba a ningún otro lado más que a mi destino; dudé de que fuera cruzada más de una docena de veces al año por el repartidor o el cartero. Paul tenía un carro también, pero había escuchado por ahí que habían pasado año y medio desde su última visita.

Los chismes del pueblo lo describían con algunas cualidades extravagantes; una mirada penetrante y el hábito de hablar solo, por citar unas cuantas; y los niños pequeños solían ser aplacados a la media tarde con algunas advertencias sobre el hombre que vivía en la montaña, pero se trata de un pueblo que tendía a la superstición y las letrinas, ambas de las que al parecer no se alejaría hasta el próximo siglo, o tal vez el siguiente después de ese.

A un cuarto de milla de la mansión, llegué al perímetro enrejado. Las luces del carro iluminaron algunos de los letreros de “PELIGRO”, levantados en intervalos de veinte yardas hasta la entrada (más un efecto psicológico que un peligro real, el voltaje de Ledderman se encontraba calculado para apenas atontar a un conejo, pero era un gran efecto).

La casa se encontraba rodeada de árboles que Paul había importado y, debido a la oscuridad, de lejos era imposible ver alguna cosa. En los viejos tiempos, Paul solía recibir a sus invitados justo a la entrada, pero ahora no había nadie por aquí, a exceptuar uno de sus ayudantes electrónicos. Cuando alcancé la reja de entrada, esta se retrajo franqueando un paso que de cualquier manera no me resultó muy acogedor; no me gustan las puertas que se abren solas a la mitad de la noche.

Entré y comencé a subir la última pendiente. Escuchar cómo la reja se cerraba detrás de mí no me hizo muy feliz, con un sonido inapelable. Estuve tentado a poner la reversa y ver si el recibidor automático funcionaba también desde dentro; pero tengo mi orgullo, así que seguí adelante.

Rodee la barrera de árboles. La casa estaba justo como la recordaba: una cosa adorable, una plataforma de un solo piso, flotando delicadamente en la oscuridad. Cada cuarto de la fachada al frente y al lado que elegí para rodear la casa tenía las luces encendidas; como por un niño que no soporta la oscuridad, y así, la intensifica al dibujar una suerte de frontera sobre el límite del camino de grava; haciendo a lo negro verse más negro.

Adelante, la cochera, uno de los módulos diseñados para interactuar con el exterior, retrajo su hoja hacia arriba. Gracias, supongo, pensé para mí. Entré. La puerta se cerró detrás de mí, con un tono un poco más cortés, pero firme. Aceleré la máquina un par de veces antes de apagar el carro. En el intenso silencio en el que me vi envuelto, estaba la silueta de un hombre, esperándome en una de las salidas de la cochera que conectaban con la casa.

Un hombre puede cambiar un poco en tres años. Puede terminar viéndose un poco más viejo, un poco más definido, más maduro. Paul había cambiado mucho más que eso. Había cierto tono enervante en su apariencia, no muy fácil de describir. Si me lo hubiera encontrado en alguna calle, me habría quedado mirándolo, pensando que lo conocía, sin ser capaz de nombrarlo ni hacerlo coincidir con la imagen de mi memoria.

Sus ojos estaba hundidos en su cara y sus párpados mostraban un poco más del blanco de los ojos de lo que recordaba que mostraban. Había más cambios, que no me pude detener a analizar, en el contorno de su cara, en la complexión de su cuerpo. Cierta familiaridad con el Paul Ledderman que conocía. Él pareció encontrarme así de ajeno.

—Steve Kassner. —pronunció suavemente, casi preguntándolo, a nada de ser una suposición precavida, casi en la forma célebre en la que en el África salvaje, Livingstone preguntó, “El señor Stanley, me supongo”. Era tal vez la primera vez en quince años que había utilizado mi apellído.

El saludo me rodeó de una vaga sensación de extrañeza, su mirada, nerviosa, inmóvil sobre mí, me incomodó. Extendí mi mano en un modo casi automático. Hubo una pausa curiosa. El miró hacia sus manos, como intentando elegir con cual de ellas debía coincidir conmigo. Después, terminó resolviéndose por ponerme una de sus manos en el hombro y franquearme el paso como a veces se hace con conocidos muy queridos.

Bajo la brillante iluminación del pasillo, obtuve la instantánea de un vendaje circulando sus muñecas, cojeaba visiblemente. La sensación de extrañeza se intensificó. En el fondo de mi mente, seguía preguntándome acerca de quién era este hombre y qué le había pasado a Paul.

Al fondo de pasillo, fuimos recibidos por dos rostros; el mío, el de Paul. Para mi sorpresa, encontré en el reflejo del metal pulimentado el rostro de mi amigo, el rostro que conocía, de vuelta a la forma familiar que esperaba, limpio de debilidades. Dos pensamientos se arrastraron en mi cabeza: el primero fue el impulso de adelantarme a ese reflejo, gritando el nombre de mi amigo, dejando atrás el extraño momento que había experimentado; el segundo fue que, el hombre del reflejo era el verdadero Paul, atrapado en otra dimensión detrás de una barrera transparente.

La imagen en la superficie pulida cedió a nuestro paso y el reflejo se fue a donde quiera que se van esas cosas, dejándome solo con este tipo que se hacía llamar Paul Ledderman. Llegamos a un cuarto espacioso, en parte biblioteca, en parte estudio, que, tal y como recordaba, mostraba la pradera por medio de un enorme ventanal que de día, hacía sentir al lugar casi como esculpido en la campiña. Intentó prepararse un trago, pero al parecer cierto problema de coordinación con sus manos lo hizo ceder ante el intento y terminó por extenderme el agitador.

—Steve —habló, una vez que nos instaláramos —creo que te debo una explicación.

—Lo creo también, Paul. —respondí en un esfuerzo deliberado por utilizar su nombre. Me repetía a mí mismo que este hombre era Paul Ledderman, el mismo que había sido mi mejor amigo antes de que se encerrara detrás de una jaula automatizada de concreto y cristal sobre la cima de una montaña, que la sensación de extrañeza, casi de peligro, era algo que se había gestado en el lapso de cinco años, que en cualquier momento recuperaríamos el ritmo con el que solíamos hablar; que el reflejo de la puerta no había sido nada más que un efecto de la iluminación y que el hombre sentado delante de mí, sosteniendo un vaso largo de cristal en la mano izquierda, era realmente Paul Ledderman. Era inútil, yo era una suerte muy desafortunada de caperucita roja.

Qué ojos tan extraños tienes, Ledderman, qué vendajes de muñeca, qué tendencia a sostenerlo todo ahora, con tu mano izquierda; ¿eres un lobo disfrazado de Paul, Ledderman? ¿Qué le ha pasado a mi amigo, o más bien, qué has hecho con mi amigo Paul, Ledderman; qué hay debajo de los vendajes, detrás de esta apariencia ajada, que por más que intento, no logro sentar en una perspectiva adecuada —excepto por el momento en el que pude ver tu reflejo?

—Quiero mostrarte el proyecto en el que he estado trabajando, Steve. —dijo mientras agitaba el vaso con su mano izquierda y al parecer pensaba en qué explicarme, tal vez en qué tanto explicarme.

—Espero que valga la pena.

—Valdrá más que la pena —rebatió, con una media sonrisa sobre el ángulo izquierdo de sus labios —es revolucionario. —Esto pareció resultarle divertido y, riendo por lo bajo, repitiendo la palabra “revolucionario” para sí mismo y jugando con el cristal de su vaso, añadió —no sólo es revolucionario, es siniestro. Siniestro significa zurdo, ¿sabes? —Lo sabía, sí, pero no quise interrumpirlo. —¿Por qué tantas sociedades coinciden en temer y aislar a los zurdos; por qué es mejor ser diestro, usar la mano derecha; cómo es que siniestro adquirió una connotación de locura y diestro una de maestría?

—da Vinci era zurdo —dije intentando diluir el compás de loquito que ya comenzaba a adquirir. —Los soldados comienzan a marchar con el pie izquierdo. Los respetables ingleses ponen en ese lado el asiento del conductor; la izquierda en términos políticos, siempre es una alternativa.

—No estoy pidiéndote que coincidas conmigo en que lo zurdo es malo, lo que me pregunto es cómo es que tantas personas, en tantos tiempos distintos, han coincidido en la decisión de que lo izquierdo es malo.

—Me doy.

—Porque es el reverso de la normalidad —concluyó en un arranque que esbozaba cierto aire epifánico. Buscó algo en su bolsillo, parando un poco cuando uno de sus vendajes quedó al descubierto, y extrayendo una de esas cartas que se usan para enseñarle el alfabeto a los niños pequeños. Era una letra F. Colocó la tarjeta en la mesa de centro que nos separaba, de su lado.

—Una F —apuntó con solemnidad. —Hay millones como esta. —Si se hubiera visto menos enfermo, si la luz en sus ojos me hubiera hecho sentir menos incómodo, tal vez si esto hubiera ocurrido en la mañana, la tarde, me hubiera carcajeado. Algo me previno de dejarme llevar por la impresión.

—Millones como esta. —repitió. —Pero, de vez en cuando, la variable siniestra ocurre, sin ningún motivo. —Cubrió la tarjeta con una de sus manos, hizo un par de movimientos que me recordaron a los de un mago y al retirar las manos, descubrió una F al revés. —El reverso de la normalidad —dijo, mirándome intensamente.

—Está al revés.

—La he rotado a través de una tercera dimensión —pareció corregirme —, para las criaturas bidimensionales habitando esta mesa, algo siniestro ha ocurrido: entre un millón de efes, de pronto ha aparecido un ser siniestro, invertido; una abominación, algo que se debe atar a una estaca, antes de prenderle fuego.

Hay algunos momentos, algunos detalles que la mente retiene porque representan la suma de una experiencia entera. Este momento con Paul se había quedado conmigo, incluso para el momento en que entramos, unas tres horas después, en uno de los edificios más extraños en los que jamás he estado. De fuera, era un cilindro geométrico de unos seis metros de alto, por unos doce de diámetro. Se accedía a su única entrada, elevada unos tres metros del suelo por medio de una escalera metálica.

Más que una puerta, nos detuvimos delante de un tapón de concreto que giró lentamente revelando un interior hueco, por cuyo diámetro corría un delgado andador, protegido apenas por un pasamanos. El suelo de la estructura, tres metros, abajo me permitió calcular el grosor de los muros que nos circundaban; serían un buen metro y medio.

Arriba y abajo del andador en el que estábamos parados, en el fondo y el techo de la estructura, se extendía un enrejado de vigas muy delgadas, que me hizo recordar el iluminado sendero de grava desde el que no había nada más que oscuridad, visible desde la biblioteca, en la que compartimos una cena desangelada y silenciosa.

—Un filtro —dijo señalando hacia abajo —un filtro que enfoca la totalidad del campo hacia sí mismo y establece una corriente. Hay algo de antigravedad en esa corriente, Steve. Si sueltas algo ahí, flotará.

—¿Hacia dónde? —pregunté, no desprovisto de cierto sarcasmo.

—Al carajo, —respondió después de una pausa de silencio en la que pareció reflexionar la respuesta —y de regreso.

Mirando desde el andador, no pude ver nada de sorprendente en ese pozo. Lo llamativo de la estructura, asomaba al imaginar el obsesivo trabajo que debió llevar construirlo, instalar los enrejados opuestos, acabar los gruesos muros internos en esa cubierta de plomo.

—Se lleva medio megawatt. Me cargué tres transformadores en las pruebas iniciales. Me llevó dieciocho meses calcular las resistencias. —Podía sentir su mirada penetrante a mi lado, mientras yo pretendía mirar su trabajo con interés.

—¿Qué hace?

Me había dado ciertas pistas durante la cena, pero no me habían significado nada en términos de física, y tampoco en los términos de deducción psicológica en los que me gustaba sentirme especializado. No explicaban, por ejemplo, por qué había servido la comida desde dos fuentes distintas, por qué sostenía todo con su mano izquierda, por qué de los vendajes en sus muñecas. Sobre todo, fallaban en explicar el evento más extraño de toda la velada, el que estuvo a punto de hacerme correr de regreso a casa y del que apenas si el orgullo del que he hablado pudo contenerme: Cuando comenzó a usar términos como “campo de inversión”, “envolturas” y “flujo de plasma” e intentó constituir, mostrarme alguna premisa, por medio de una fórmula, que por supuesto garabateó con la mano izquierda.

—¿Qué hace esta cosa? —insistí.

—Observa.

Alcanzó un interruptor a mis espaldas, lo giró y un sonido estridente, algo lastimoso, comenzó a emanar desde el fondo del pozo mientras que, algo, a decir verdad no puedo explicarlo claramente ni ahora; algo, comenzaba, de alguna forma, en alguna dirección, a girar. El sonido fue elevándose en intensidad y tono hasta que fui capaz de sentir su vibración en los dientes. La estructura entera se estremeció y yo sentí un jalón hacia el centro, más allá de la baranda de la que tuve que aferrarme con ambas manos. El enrejado comenzó a brillar en un tono marrón y luego verde, que se volvió cada vez más intenso, mientras, el gemido, el alarido, alcanzaba decibeles más altos, mucho más allá del umbral; pasados unos treinta segundos, cesó de pronto y un silencio innatural lo inundó todo. Me incliné sobre el pasamanos y miré al fondo del pozo, sentí vértigo.

Allá abajo, un estallido de andadores idénticos al que nos sostenía se abrían paso en un patrón similar a la de una grieta en un cristal. Dibujaban un eje hacia el centro, un túnel, desde cada uno de los andadores, un hombre asomaba el rostro directamente hacia acá. Conté veinte rostros, antes de que los reflejos se aproximaran, como enfocándose y volviéndose uno solo y posteriormente duplicándose; tal vez por cientos. Me llevé una mano a la frente y ahí abajo, un bosque de manos se elevaron cubriendo cientos de rostros estupefactos. Miré hacia arriba y me encontré con un reflejo exacto del fenómeno visual que ya había logrado provocarme náuseas.

—Los reflejos están conectados —dijo la voz de Paul a mis espaldas, —en algún lugar, allá afuera, conforman un circuito cerrado, una secuencia.

—¿y los rostros?

—Unos cuantos cientos de Steve Kassners, un lote entero de graduados en psicología por Oxford. —dijo Paul, con la primera y última vez que escuché ese tono de sabelotodo al que estaba tan acostumbrado. —Techo y fondo en la torre, actúan en parte como dos espejos confrontados: un reflejo, y un reflejo del reflejo, y un reflejo, del reflejo, del reflejo, del reflejo, hasta al infinito; todos unidos en un eje de cualidades secuenciales.

—De acuerdo… —respondí asumiendo con franqueza mi posición, —¿pero qué hace?

—Produce monstruos. Abominaciones, cosas que deberían amarrarse a una estaca antes de prenderles fuego. Observa, —me ordenó mientras se quitaba uno de los guantes de piel con los que se había cubierto las manos antes de venir aquí y lo tiraba hacia el pozo. Mis músculos saltaron en una suerte de respuesta instintiva mientras seguía con la vista la lenta caída de esa parodia de una mano humana en piel, cayendo por el túnel.

No cayó como las cosas normalmente caen en el mundo. Flotó, en parte. Ciertamente, se hundía, pero a un ritmo lento y estable, como dentro de una corriente que poco tenía que ver con la gravedad a la que se someten los cuerpos. Habría perturbado al mismo Galileo. Me pareció que la estructura se estremecía otra vez, como si fuera jalada a colapsar; el guante fue desapareciendo lentamente de la vista, mientras se adentraba en un banco de reflejos de sí mismo.

Apareció de nuevo, en el techo, y fue bajando lentamente. Cuando llegó hacia el centro de la estructura, arriba del pasamanos, Paul giró el interruptor de nuevo, y la luz y los reflejos se fueron, como si nunca hubieran estado ahí. El guante cayó en el suelo, como debió de haber caído la primera vez.

Paul se agachó y bajó por una escalera que daba hasta el fondo, recogió el guante y volvió con él para mostrármelo.

—¿Bien?

—Un guante de piel. —respondí con cierta decepción, —un guante ordinario de piel.

—¡Exacto! —dijo Paul, —un monstruo. Se sacó el guante que aún tenía en una de las manos y me lo extendió. Las cosas no me habrían quedado tan claras si no hubiera sostenido dos guantes izquierdos, por mí mismo.

—Todo lo que atraviesa se invierte, rota a través de una dimensión más allá de la tercera.

Sostuve el caracol de mar que había encontrado en la playa en un viaje con Judy y los niños ese verano, que por alguna razón había sobrevivido en mi abrigo. Me había deshecho de todos los recuerdos del viaje sin pensarlo demasiado, este había permanecido olvidado, hasta hace diez minutos. Un espiral que corría en dirección de las agujas del reloj, vista desde arriba —y por tanto, una concha muy inusual, una en un millón —me había explicado Peterson, cuando se la mostré hace un par de peses —casi todas las espirales giran en dirección contraria. —Así la mía, hasta que la lancé a ese pozo.

Leí —o intenté leer —un recorte de periódico, sacado de “La Tribuna”, de hace un par de días. Podría haberlo hecho con un espejo, las letras avanzaban de derecha a izquierda.

—¿Y tú, Paul? —pregunté con curiosidad genuina.

Paul tomó mi mano y la puso sobre el costado derecho de su pecho. Su corazón latía felizmente, en donde no debería de haber ningún latido.

—Monstruoso —completó. —Uno en cien millones. A veces ocurre en la naturaleza, pero el pobre diablo se muere, siempre, de inanición; no puede sobrevivir en base a las dextrosas de las que ustedes se nutren; requiere de levulosas, las que producirían un chispazo bioquímico polarizado a la inversa de lo que normalmente se requiere. No es posible sintetizarla en cantidades suficientes.

—Entonces, tú…

—Vivo de lanzar todo al pozo, los resultados son mi alimento. Fue una comida diestra, lo que te serví, Steve; la mía era siniestra. ¿Entiendes, entiendes lo que te estoy diciendo?, no puedo abandonar este lugar. Estoy tan solo como ningún hombre lo ha estado antes. Soy un Adán siniestro, sin su Eva. Incluso las manzanas del conocimiento me habrían resultado inútiles, Steve; habrían contenido dextrosas, ajenjo casi, para mi organismo.

—Entonces lánzate al pozo de nuevo.

El me tomó del brazo fuertemente. Sentí que estaba a punto de golpearme.

—Casi lo intento —dijo con los ojos llenos de lágrimas, —casi. Miró sus muñecas vendadas, habían sostenido su peso y la fuerza de la corriente, sosteniéndose del pasamanos al aparecer en el techo; evitando un segundo ingreso en el pozo.

—¿Quieres ver qué ocurre en un segundo viaje? —Activó el interruptor, el pozo gritó y calló. Los grandes ejes aparecieron de nuevo, arriba y abajo. Tomó el guante que había cruzado el circuito entero previamente. Lo lanzó al pozo, de un solo manotazo, enojado. Pasó un minuto, dos. Atrapó el guante cuando estuvo al alcance y me lo extendió. Estaba vuelto del revés.

—Es una nueva inversión.

—¿Qué pasa en la tercera vez?

—Desaparece.

—Así que estás… atorado. Dios, Paul, ¿por qué lo hiciste?

—La curiosidad es la pasión que alimenta mi vida.

Hubo una larga pausa. Había dejado corriendo el sistema y los ejes brillaban en ese verde enfermizo, arriba y abajo. El silencio era un océano de ondas sonoras inaudibles.

—Hay una solución. —dijo, con la voz muy apagada. Me sujetó del brazo otra vez, firmemente. —Tú, Steve. Estás en el otro lado del cristal. Por lo que más quieras, ven a este plano.

Entendí por fin lo que pretendía, di un paso hacia atrás y me sacudí su mano.

—Judy puede acompañarte, —rogó —y los niños… puedes pedirles que vengan, puedes escribirles.

—No lo harían. —Dije, intentando ganar algo de tiempo para pensar. La puerta estaba en el extremo opuesto de la estructura, él era más alto y pesado que yo. Di otro paso hacia atrás, casi resuelto a huir en la dirección contraria. —No lo harían, pusiste esa carta tuya en el pozo para hacerla legible, invirtió tu letra de derecha a izquierda, a la normalidad, pero también la volvió de arriba hacia abajo; ¿quién vendría con una carta así?

—Tú viniste. —Dijo Paul, con una sonrisa que me pareció la de un muñeco roto y se lanzó sobre mí, empujando hacia el pozo, intentando derribarme; perdí el equilibrio y me incliné hacia atrás, jalándolo conmigo; fue como un truco de Judo, la energía que nos jalaba a ambos hacia el pozo, lo hizo flotar de pronto, dando de gritos. No pude sino aferrarme a la baranda, mientras él descendía hacia el eje. Terminó por gritar mi nombre, una y otra vez: Steve, Steve, Steve. Hasta que desapareció en el fondo. Me dejé caer hacia mis espaldas, intentando tomar aire.

Pasó un largo tiempo, tal vez dos minutos. Algo bajó por encima de mi cabeza, suave, magistralmente. No se parecía a nada que hubiera visto antes o desee ver de nuevo: una colección de arterias y venas, huesos por encima de carne viva; un bulbo de entrañas, un hombre vuelto del revés, algo para prenderle fuego.

Se hundió de nuevo en el pozo. El siguiente lapso se sintió de horas. Esperé, asqueado, a nada del llanto, pero nada apareció. Nada visible, al menos. Había, apenas, un sonido. No puedo imaginar qué le ocurre a una onda de sonido que cruza por el pozo que Ledderman construyó, pero sé que suena horrible, como nada en este mundo. Un grito, lo que obtendrías al invertir la palabra “Steve” en alguna forma retorcida; un grito de murciélago que iba y venía, iba y venía, hasta que dejó de ser audible. Seguí escuchando por unas horas más antes de apagar el aparato.

No asesiné a Paul Ledderman. No estoy muy seguro de lo que le hice, pero no fue un homicidio. Defensa propia, tal vez, pero no homicidio. No tengo nada para probarlo, excepto un guante de piel, un caracol de mar y un recorte de periódico.


»Versión Original: ‘Warp’, por Ralph Norton, en:

4 Comments

  1. Muy bueno tu blog lo encontré en mxchan y me alegra saber que existen personas que hacen este tipo de trabajos ya que es molesto que la mayoría de este material se encuentre solo en ingles

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