Seis

El epitafio en la tumba de mi padre dice: “viví una buena vida, y te amo”.  Si preguntas, mi familia te explicará que esas fueron sus últimas palabras; te contará que las exhaló con su último aliento y luego se elevó, incorpóreo, ya vuelto apenas un retrato de nuestra memoria; en una muerte digna del más noble rey, del más valiente general. Claro que miente.

Papá sirvió como oficial en el ejército y después, fue maestro, uno de los más recordados por aquí. Fue admirado, respetado e incluso amado por muchas de las personas que lo conocieron. La razón de la mentira estriba en el hecho, mucho más mundano, de que nadie escuchó sus últimas palabras. Lo encontraron muerto, en su estudio, con un agujero de bala en la sien izquierda.

También ignoro cuales fueron sus últimas palabras, pero me parece tener una idea mucho más cercana a la de los demás. Yo pienso que dijo: Todo por ti.

Tenía nueve años. Mis padres habían decidido levantar el campamento y recomenzar en algún lugar. Mi familia no es conocida por medias tintas, y esta vez no fue distinto. Llegamos al otro lado del país, tan lejos como pudimos de la pacífica vida en el pueblo costero que ahora llamo mi hogar.

Nuestra nueva casa era enorme, en serio enorme. Para un niño de nueve años, era un sueño vuelto realidad; un palacio del que se es dueño y señor, por el que se puede ir y venir a voluntad y elegir el cuarto en donde se pasará la tarde, con una excepción: el estudio de mi padre. Era su santuario, su fortaleza de la soledad; el lugar en donde podía ir y llevar sus pensamientos  (y, muy a menudo, bañarlos en Jeréz).

¿Qué si atendí a la regla; pero qué clase de infancia tuviste? Me colaba de vez en cuando, cuando papá estaba fuera y mamá ocupada; mi crimen era coronado al llevarme un arrinconado libro de anatomía o un diario de arquitectura; cualquier cosa estaba bien, en aras de volverme más sabio, justo como el hombre me resultó siempre.

Una mañana me levanté muy temprano. Quería regresar el libro que tenía y tomar uno nuevo; hacerlo mientras mis padres dormían parecía el crimen perfecto.

Papá ya estaba despierto; mientras pasaba los ojos por los lomos apilados en las estanterías que entonces me resultaban infinitas, pude escuchar su voz. No hablaba con el volumen en el que tú y yo charlaríamos en un cuarto contíguo; hablaba muy rápido, casi susurraba. Me siento mal por asociarlo a eso, pero su voz sonaba exactamente igual a la que escucharías de un hombre deambulando por la esquina de una calle, gritándole al tráfico.

No pude entender lo que decía; tal y como lo recuerdo, sus palabras me parecían extranjeras. Supuse que estaba leyendo algún texto en voz alta, o reflexionando en voz baja sobre lo que algún texto quería decir. Ahora que escribo eso, me doy cuenta de lo ridículo que suena, pero eso era exactamente la clase de actividad que me gustaba imaginar a mi padre realizando, a esa edad; ¿qué otra cosa podía entender por estudiar un libro, después de todo?

Cesó de golpe. Por unos momentos, pensé que me habría escuchado, pero entonces lo escuché hablar de nuevo. Dijo tres palabras, deliberada, lenta y claramente: “Todo por ti”. Hasta ese momento, no había logrado entender una sola de sus palabras, pero era obvio, incluso para mí, que papá le hablaba a alguien más.

Lo que ocurrió después de eso, fue una secuencia de sonidos muy distintiva, muy identificable para las personas que lo han escuchado alguna vez, pero no para mí y mis nueve años: escuché a alguien preparando un revólver para ser disparado, el chasquido del gatillo y el martillo cayendo en una recámara vacía. Después de eso, un silencio, largo, que me pareció incómodo y que terminó con un suspiro y esa voz, diciendo en voz alta: “un día más”.

Lo escuché jalando una silla y sirviéndose una copa. Lo escuché hablando de nuevo. Pero esta vez, estaba leyendo un libro en voz alta, y pude entender cada una de sus palabras. No me restaban deseos de permanecer ahí mucho más de lo requerido. Apuré con cuidado el paso a mi habitación y escondí el libro antes de bajar a mi rutina diaria. Tal vez te estés preguntando por qué no le dije a nadie sobre lo que escuché, sé que yo suelo hacerlo.

Hay dos razones principales: primero, no pude encontrar a mamá en ninguna parte; no en sus dominios habituales al menos, así que sólo asumí que había salido por unos momentos. Segundo, no podía recapitular sobre lo que había escuchado. Como recordarán por otras anécdotas, soy incapaz de conjurar palabras cuando estoy asustado, verbigracia.

No tenía motivos, sólo una mera corazonada y nueve años de vida; creía que la gente vivía para siempre y que nadie era capaz de suicidarse, eso no tenía sentido, mucho menos con papá. Mamá salió de su escondite cuando terminaba de almorzar. Me dijo que papá quería verme, en el estudio.

Mientras me dirigía a verlo, un sentimiento de profundo temor me invadió. Estaba seguro de haber hecho algo malo, aunque no pudiera entenderlo; me castigaría, seguro. Imaginen mi sorpresa cuando llegué a su santuario y él me recibió con una sonrisa en el rostro. Me dejó sentarme en su sillón de piel favorito, se columpió de adelante hacia atrás mientras me hablaba.

Alguien importante necesitaba verlo, pronto. Por ahora, tenía el día libre y quería pasarlo conmigo antes de atender ese compromiso. Ya había llamado a la escuela y hecho los arreglos para que me tomara el día; saldríamos en cuanto fuera a cambiarme el uniforme. Casi me explota la cabeza. Creo que, cualquier niño de nueve años que se va con sus padres de pinta siente lo mismo. Estaba listo y esperando en la puerta en tiempo record.

Nos fuimos a las ocho de la mañana, más o menos, y regresamos a las once de la noche. Me llevó al parque, comimos helado, fuimos al cine y a explorar al descampado; me mostró la forma de localizar varias constelaciones y cómo orientarme para regresar a casa, si algún día llegaba a perderme. Llegué al punto en el que las cosas que habían ocurrido en la mañana eran apenas un sueño que confundí con la realidad.

El siguiente día me quedó claro que no, no había confusión. Desperté con la mano de mamá en el rostro, a las seis y media de la mañana. La escuché contarme lo que había pasado o, más bien, lo que mi papá había hecho. Un tiro con su revólver de servicio, en su estudio; mamá lo escuchó y lo vio casi de inmediato. La policía concluyó que había estado planeando su suicidio por cerca de una semana. Había encerrado en un círculo rojo la fecha, en su calendario, y tachado los cinco días anteriores.

Me imagino que tener la completa certeza de lo que iba a ocurrir, era el motivo por el que el día anterior había estado tan lleno de paz; que es así como, reducido el azar por los inevitables trazos rojos de su propio sangre, cercándole el paso, desde la primera a la sexta recámara, uno renuncia a toda esperanza y se siente libre.

Sin sospechas al respecto, su cuerpo terminó en los servicios funerarios ese mismo nueve de Junio. Se le solicitó al encargado que se inventara un epitafio y sepultara el cuerpo en la primer fosa disponible. Mamá no quiso saber nada del asunto. Estaba tan afectada que ni siquiera se presentó al funeral. De hecho, ningún familiar lo hizo.

Hubo tres testigos en el funeral del hombre más valiente e inteligente que he conocido en mi vida: el primero fue el ministro encargado de la breve ceremonia. El segundo fue un vagabundo ebrio que solía ir a dormir ahí en los días de lluvia y el tercero fue una joven, con el rostro cubierto por un velo negro.

No recuerdo haber visto llorar a mamá, empacamos nuestras cosas y nos cambiamos algunos días después; supongo, creo, que en la dirección correcta: de vuelta a nuestro callado, aislado, solitario y hermoso pueblito costero a la mitad de la nada.

Hasta hoy, ignoro el motivo por el que mis padres decidieron irse en primera instancia y lo mismo puedo decir de nuestro retorno. Pregunté antes y después de la tragedia, pero sólo conseguí respuesta una vez, cuando recién desempacábamos aquí. Mamá me dijo: “Algo se complicó, pero lo superamos”.

One Comment

  1. Deseo imaginar que es la precuela de algún relato previo o, en un futuro no muy distante, me encontraré con una secuela de tan magnifico relato, que aun siendo autoconclusivo, me llenó de. . . . suspence, uno breve. . . pero también de nostalgia, ¿será su estilo? No lo sé, pero tal fue el sentimiento que no pude calmarme hasta no gratificar por tan grato retado. Saludos, y que tenga una hermosa lunada~~

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