por Pedro Solá, en: http://www.pedrosola.com/2012_05_01_archive.html

Punto de fuga

La clásica escena del artista torturado, que colapsa bajo el peso de su propio genio, es un resistente estereotipo que parece aparecer en todo momento y lugar de nuestra sociedad; todo el mundo sabe de la oreja de Van Gogh, de los agujeros extras de Hemingway y de la dieta poco convencional de la señorita Joplin. Ciertamente, el destino de uno de nuestros artistas locales, el paciente 249126-E, es mucho menos popular.

En su vida pasada, fue conocido como Lucian Van Der Geiste y, como muchos otros que terminaron su vida en El Hexágono, era ya originalmente un hombre profundamente aborrecible; aunque a diferencia de muchos de los casos, la naturaleza de Lucian no nacía de su excentricidad, sino de la detestable aura de autosuficiencia que permeaba cada una de sus acciones.

Lucian estaban tan convencido de su talento, que no tardaba mucho para corregir a cualquiera que intentara sugerir lo contrario; “cualquier bufón puede derramar pintura sobre un óleo”, solía decir, “pero se requiere de un genio como moi para volverlo arte”.  Y tal vez supongas que la arrogancia de Lucian, como en general lo es en su estereotipo, no era nada más que un medio de distracción sobre la mediocridad de su trabajo; pero estarías en un error: Lucian en verdad era bueno, y vivía de vender sus trabajos a los turistas que  disfrutaban del encanto rústico y ligero del pequeño artista de un pueblito como el nuestro.

Ahora bien, mientras que el talento de Lucian era poco cuestionado, el alcance de sus obras eran una cuestión distinta. De hecho, cada una de las ciento veinticinco pinturas que produjo, eran meras variaciones de una sola cosa: la vista desde alguna de las muchas ventanas de la casa Van Der Geisite, apuntalada por un gato sentado en el alfeizar, que de espaldas, contempla el paisaje.

Era la mascota de Lucian: un pequeño gato de pelaje rayado y rojizo, llamado Sal. El nombre se derivaba del rey judío de la biblia, Salomón. Una selección curiosa, dado que Lucian era un hombre ateo que a menudo solía aclarar que su intelecto era demasiado para prestarle atención a fantasías espirituales y aún así, aquí tenías a este gato llamado Sal, que normalmente podía ser encontrado rondando cerca de la casa de Lucian; como vigilándola de cualquier riesgo potencial.

El colapso de Lucian comenzó con los planes de una pandilla local de mocosos. Estaban cansados de la petulancia de Van Der Geiste y tenían el plan perfecto para arruinar su obra en proceso, y quizá todas las próximas: raptarían a Salomón y pedirían un rescate por él. El plan fue ejecutado sin  reparo. Uno de los muchachos abordó a Lucian cuando salió a caminar y lo retuvo con su parloteo, mientras otros dos entraban a la casa y echaban a Salomón en una bolsa de lona.

Hubo, sin embargo, un pequeño contratiempo; Van Der Geiste no reaccionó a la pérdida de su gato. No llamó a la policía, no leyó la nota de rescate y no hizo un solo intento por contactar a los secuestradores para recuperar a Sal.  Todo lo que hizo fue entrar a su taller, pararse delante de su caballete y empujarse en las tripas media botella de aguarrás, antes de sacarse los ojos, con el extremo opuesto de un pincel plano de tamaño seis.

Posteriormente, Lucian desvió su atención sobre su verdadero amor: la pintura. Tiró al suelo el boceto que llevaba a medias y comenzó con uno nuevo, sobre el que debió trabajar con una determinación que nunca antes había probado tener; tan grande, que sólo se detuvo un poco para cuando su hermana lo encontró, casi una semana después.

La señorita Van Der Geiste, arrastró con suavidad a su hermano, lejos de su lienzo, y lo llevó a un hospital. No tardó mucho para que los doctores decidieran que el problema principal del artista para ese momento, le requería una transferencia al Hexágono.

La psicosis del paciente 2429126-E, era particularmente interesante; en tanto al parecer había venido de absolutamente nada. Perder una mascota puede ser perturbardor, sí, pero no hasta el punto de la auto enucleación; además, un examen atento al historial familiar no reveló casos semejantes. La falta de pruebas, aunada a un estado absoluto de apatía por parte del artista, provocó que sus conjuras nunca fueran apropiadamente explicadas. Así, es verdaderamente una lástima que nadie se tomara el tiempo para examinar la obra final de Lucian.

Aunque el trazo es, por decir lo menos, tan inestable como suele serlo en el arte contemporáneo, dadas las limitaciones visuales del artista al tiempo de producción, la pintura es claramente otra variación del tópico central de toda su obra: la vista de una ventana, esta vez, desde el taller de Lucian, que, en esta ocasión, justo en donde debería encontrarse a su gato sentado y de espaldas, mirando atentamente el panorama, muestra a un demonio, al otro lado del cristal, mirando atentamente al espectador.

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