La Historia de Fantasmas de Humper-Monkey

Capítulo 7

Asesinos. Ladrones. Matones. Eso éramos.

Me quedé dormido alrededor de las 1900 y así pasé la noche. No dejamos guardia, no nos molestamos con nada. Todos estábamos hasta las manitas, algunos de nosotros lo suficiente para tener que vomitar en algún bote de basura antes de seguir tomando mierda.

Me desperté sin cruda. Encabronado. Era mi estado de default -estaba encabronado siempre. ¿Papá jode contigo, Todd jode contigo, el arquitecto de tus días jode contigo, el orientador vocacional jode contigo, joden contigo en los baños de la correccional, joden contigo unos putos fantasmas nazis, jode contigo el frío de Alemania? Yo diría que es momento de encabronarse. Encabronarse era parte de mi vida. Ser un puto soldado tiritando de frío, a oscuras, a miles de kilómetros de cualquier jodido tugurio que hubiera llamado casa iba a ser parte de mi vida; así que, qué tal.

Anduve mentando madres hasta el CQ y ahí tiré de varios cajones hasta que encontré un mapa de la base. Localicé el centro de carga eléctrica (¿dónde más iban a estar los putos fusibles?).

En la caldera

Pero dónde más. 

De acuerdo, sí esto iba a ser así, así sería. No tenía humor para sentirme intimidado por nazis muertos hijos de puta. Estaba demasiado peludito para creer en aparecidos y embrujos; esas cosas son para niños. Tiritando de frío. Encabronado.

Le cambié las pilas a la lámpara de mano y anduve por el pasillo, hacia las escaleras.

Me detuve en el descanso. El escalofrío me comenzaba a entrar, por lo empujé fuera, aferrándome a que no había forma en el mundo en la que yo iba a vivir asustado por cretinadas como estas.

La puerta de las escaleras se cerró a mis espaldas. Las luces se apagaron.

Entumí los hombros y atravesé la oscuridad. Gruñí pasando la puerta y el pasillo a oscuras. Gruñí hasta que mi mano dio con la manija que había la puerta hacia la caldera.

Me llevó un momento abrirla. Había ruidos viniendo de las escaleras a mis espaldas, los ignoré. Había tres ventanas en esas escaleras y no estaba fuera de lógica pensar que una de ella se hubiera abierto y cerrado con el viento.

Abrí la puerta y las luces se encendieron en el pasillo, inundándolo todo con una luz blanca y dura.

Púdrete cabrón, no te tengo miedo.

Caminé por el cuarto, siguiendo mentalmente el bosquejo del cuarto que había hecho en mi pequeña libreta verde. ¿Cómo no lo había visto? Estaba entre el calentador de agua y la boca de la caldera. El suelo de tierra negra crujió bajo mis botas, podía escuchar la respiración chillosa de las ratas en la oscuridad.

Una burbuja negra emergió en mi cabeza: Si me tropezara y quedara inconsciente, ¿vendrían a comerme? Cómo sobrevivieron durante todos estos años, en un edificio oculto y abandonado en las montañas.

No, no. Me importaba un carajo. No quería saber. Encontré las cajas de fusibles. Tres enormes cajas metálicas, con palabras en alemán grabadas en las tapas. No sabía alemán y no quería. Abrí la tapa y eché la luz dentro. Fusibles. Un montón de fusibles quemados y un breaker de palanca, de esas que sujetas de la pieza de madera para subir o bajar.

Busqué con la luz por una caja de repuesto, la encontré a la mitad de uno de los muros; revisé cada fusible con cuidado, asegurándome de que cada uno estuviera bueno, a veces teniendo que tallar con un dedo la tapa de cristal.

Algo murmuró detrás de mí, me importó un bledo. Escuché pasos, me importó un bledo. Escuché una respiración, me importó un bledo. Era un hijo del ejército, y que me dieran si iba a volver a correr porque estaba oscuro y había ruidos. ¿Cómo carajo iba a estar? Era el sótano de un edificio de cincuenta años, claro que no sería lindo.

Cambié seis fusibles, parte del circuito colector necesitaba cambiarse. Detalles: los fusibles tenían el doble relámpago de la SS. Puto-posicionamiento-de-marca.

Cerré la tapa, cargué el ahogador de la caldera y caminé, despacio, de vuelta a la salida.

De nuevo escuché ese crujido leve, pero dado que estaba de huevudo, no corrí. Di un par de saltitos. El suelo estaba flojo.

Ah mira.

El subsótano. Nadie había dado con el acceso porque era el único Juanito que había bajado hasta acá. Los planos de construcción todavía tenían las leyendas nazis; eran los planos originales y esa era la única razón por la que sabíamos que había un subsótano, pero el acceso no estaba marcado.

Nadie habría dado con él. Quién carajos habría escarbado en esa tierra negra, sucia, para dar con una escotilla. Salí, respirando con alivio de estar en el pasillo, bajo la luz. Fui de regreso a CQ.

Cuando atravesé las puertas de doble hoja, vi a Stokes saliendo de la oficina de atrás. El capitán Bishop estaba detrás del escritorio en el pequeño cuarto, con la caja que el oficial me había hecho llevar hasta su oficina. Vickers desvió la vista de lo que estaba escribiendo y me llamó con una mano.

—Raso Monkey, las líneas de tierra son operacionales hacia el puesto de avanzada, coma algo.

Una cosa curiosa: lo que comía en la correccional era peor que comer huevos en salmuera y jamón enlatado koreano. Comí caminando. Cuando terminé de lavar mis cubiertos, Thompson me avisó que Bishop quería verme.

Fui a su oficina y toqué tres veces, como dice el manual.

—Entre. —Pasé y me puse firmes delante de su escritorio.

—Siéntese, raso.

—Debido a mi rango, voy a cumplir las funciones de oficial hasta que la unidad recobre el paso —Tenia un fólder en la mano que reconocí como mi expediente de registros; ese tipo de expedientes venía con un historial como el mío.

—He leído que elegiste el ejército en vez de ser juzgado como un adulto…

—Señor.

—…Y vas a cumplir un período de tres años en el ejército; en cualquier clase de desactivación, vas de regreso al fresco; se te ha trasladado con esposas puestas…

—Señor.

—Esperaba ver un registro de bajo desempeño al seguir leyendo, Monkey. Me equivoqué: mención en entrenamiento básico, mención en entrenamiento individual y promovido; letras de recomendación de tus instructores…

No sabía eso último.

—No dice porqué te mandaron acá. Supongo que alguien leyendo las primeras páginas de tus expedientes tomó la decisión y te jodió la vida. Todos estamos en esto, así que espero que mantengas este estándar.

—Señor.

—¿Preguntas?

—Señor, sí señor.

Levantó una ceja, comencé a hablar.

—¿Qué es esta unidad, señor; dónde está el resto del personal, por qué estamos tan lejos del puesto de avanzada, por qué nadie más sabe que estamos aquí? —descansó las manos en el escritorio.

—La secretaría de Defensa decidió reactivar esta unidad hace dos meses, raso. Somos una unidad de armamento especial, lo que significa que…

Y ahí comienza una clase de historia. Las cosas estaban por cambiar en la República Federal Alemana. La zona en donde estábamos era información clasificada, el contenido de las bases era información clasificada; si nos preguntaban, éramos parte de inteligencia militar. Nuestra comunicación a América era limitada. Nuestro correo saliente y entrante sería revisado; estábamos restringidos a este puesto hasta nuevo aviso.

Lo resumió todo en una frase con la que puedo definir mi vida:

—putadas de la guerra fría, raso Monkey. Puede retirarse.

Salí y dejé pasar al raso Meyers. Vickers me hizo una seña.

—Te toca CQ esta noche. Los teléfonos están trabajando, pueden llamarnos a cualquier hora. —un aullido vino desde el pasillo. —¿Dónde estabas?

—Buscando el centro de carga.

—¿lo encontraste?

—Sí, no sólo eso.

—¿Qué más?

—El acceso al subsótano. Está en las calderas. —pareció sobresaltarse.

—Voy a necesitar unos veinte fusibles más para tener luz en todas partes. —Lo anotó en su libretita.

—No habíamos dado con el acceso. Stokes, Tandy, Cobb; tomen lámparas y vengan. —Me miró. —Muéstrame dónde está.

Nos equipamos para el frío, por prevención; baterías y lámparas extras, fuimos de regreso a la caldera.

—Hey, Stokes… ¿has leído El resplandor? —susurré.

—¿has tenido la mandíbula suelta? —me preguntó, logrando callarme.

Me llevó cerca de diez minutos volver a dar con el punto en donde el suelo estaba suelto. Tandy, Cobb y yo tomamos las palas para el carbón y levantamos la tierra. Había algo así como unas dos pulgadas de tierra antes del suelo de concreto que enmarcaban la escotilla de madera. Todo estaba ennegrecido por el tiempo y olía chistoso.

La escotilla estaría formada por unas seis tablas de madera; reventamos el candado con la pala y levantamos la tapa entre dos. Entonces nuestras linternas parpadearon y murieron. Stokes gritó. .

Grité.

Abrí mi linterna mientras todo el mundo estaba mentando madres, cambié las pilas e iluminé el rostro pálido y apretado de Cobb al encenderla.

—Cambien sus pilas. —Me esforcé para que mi voz no saliera frágil; murmuraron, le extendí a Tandy pilas nuevas. En unos instantes, recuperamos la luz.

Nuestras luces iluminaron unos peldaños de madera que se perdían hacia abajo.

—¿A qué mierda huele?

Apestaba. Me acordé de un viejo cadáver de venado que mi hermano y yo encontramos, hace mucho.

Monkey, tú primero.

Pisé los peldaños, crujieron y se hundieron un poco. Nervioso, comencé a bajar, esperando una caída repentina que me rompiera las piernas. Ustedes tranquilos, yo voy y reviso, este lugar no está embrujado, no está lleno de putos fantasmas nazis, nada más es una ruina.

—Jódanse. —murmuré, bajando y bajando mientras dejaba salir pequeños gruñidos. Alguien, atrás de mí, cortó el cartucho de su arma escolta.


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