La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

Capítulo 5

¿Dónde estaba? Ah, sí, la tercera noche que pasé aquí.

Me desperté temprano, eran alrededor de las 430 y la sala comunitaria estaba helada como la mierda. Me levanté, me estiré, me puse las botas y el saco. Curioso, tomé mi encendedor, le di llama y lo pasé por las juntas de las ventanas.

Nada, la llama no se movió.

No se movió cerca de las ventilas, tampoco. No había nada de viento entrando en el cuarto por las ventilas o las ventanas.

Puta. Un momento.

Ay carajo, el horno estaba apagado de nuevo. No. Carajo no. No iba a volver a ese cuarto, nunca. Ni siquiera armado. Ni siquiera con un lanzamisiles. Ni siquiera en un puto tanque.

Cobarde.

¿Contra un hombre? No. ¿Contra un animal? No. ¿Contra un calentador de agua que respiraba y un horno que probablemente fue utilizado para inicinerar personas vivas? Carajo. Sí. No era como si fuera la única persona asustada. Estos muchachos y muchachas eran gente que tenía esto años y se salieron de sus cuartos por esta cosa. No. Me rehusé a tener miedo. No existe tal cosa como el puto Coco y no existe tal cosa como un fantasma. 1980, por el amor de dios, ya nadie le tiene miedo a los fantasmas.

Me levanté y anduve a vigilancia. Carter estaba recargado en una silla, jodiendo con una antena de conejo encima de la pequeña televisión, intentando captar Plaza Sésamo con mayor claridad. Otro tipo que andaba por ahí pero con el que no había tenido ninguna interacción estaba leyendo un libro. Levanté la mano para los dos y anduve hacia mi cuarto. Las luces del pasillo estaban encendidas, pero el ambiente se sentía… opaco.

Abrí mi cuarto, saqué un uniforme y algo de ropa interior, tomé una toalla y fui a darme un baño y rasurarme. Uno siempre se siente mejor en un uniforme limpio. Reuní mi costal de la ropa sucia y me dirigí a la lavandería. Me había memorizado el mapa de las barracas que estaba en uno de los libros de registro cuando había apoyado al oficial. Aventé mi ropa sucia en una de las máquinas y la eché a andar, entonces regresé a Vigilancia.

—¿Durmio bien, raso Monkey? —preguntó Carter, estirándose y bostezando.

—Seguro que sí, especialista. —un gemido se escapó desde las escaleras.

—Soldados, buenos días. —Bishop. Sonaba demasiado contento para ser un hombre que había pasado su primer noche en este agujero. Podía escuchar a Vickers levantando personas en el cuarto aledaño. Bishop se acercó y descansó uno de los codos en la barra de despacho.

—Vamos a registrar las barracas hoy. Hay veinte de nosotros; nos vamos a separar en equipos de cuatro. Quiero cada locker, cada cuarto, cada closet y cada baño revisados. Si la puerta no abre con las llaves que tenemos, vamos a tirarla a patadas. —Stokes se había integrado al grupo.

—¿Qué hay con el arsenal y el área de telecomunicaciones? No tenemos llaves para esos cerrojos y son bastante resistentes a las patadas. —preguntó Carter, sacando un juego de llaves de un gabinete. —Tenemos seis llaves maestras y cuatro copias para cada cuarto, a menos que alguien tenga el cuarto asignado, lo que nos deja con tres en ese caso.

—Desayunamos, los divido en equipos y resolvemos eso. Hay que ir por la comida a la base central.

Asentí y esperé a que todo el mundo llegara a a CQ. Toda la unidad, los veinte, eramos mucho menos que los que estábamos en instrucción. Comenzaba a familiarizarme con sus rostros. Cobb se veía como si no hubiera dormido en un mes y al menos tenía la esperanza de que alguien se hubiera tomado la molestia de avisarle a Vickers que el tipo había pasado un mes entero aquí, solo.

Se me asginó con Mann, una mujer llamada Stevens y un tipo negro llamado Smith. Nos tocó la zona más lejana del sótano. El cuarto de los calentadores, el cuarto de provisiones de emergencia, el de herramientas y el de mensajería, un juego de oficinas.

No dije una palabra, pero podía darme cuenta de que mis compañeros estaban algo intrigados por el área a la que nos dirigíamos. Juro que escuchó una pequeña rosita saliendo de una de las ventilas. Caminamos silenciosamente por el pasillo, pasamos las puertas dobles y luego bajamos las escaleras. Cuando abrimos un viento helado nos recibió de lleno. Me puse los guantes.

—Carajo, debí pensar en eso yo también —Stevens. —Carajo, Monkey es el único al que se le ocurrió traer abrigo, también.

—Silencio, vamos a terminar con esto para poder irnos. —Mann. Bajamos las escaleras. El pasillo estaba a oscuras, silencioso. Yo ya estaba listo para correr en este punto.

—Este cuarto primero —ordenó Mann. Abriéndolo y empujándo la puerta junto con el polvo acumulado de años que había del otro lado. Sentí algo caminándome en la espalda cuando miraba de reojo el cuajo de oscuridad que continuaba por el pasillo. ¿Era mi imaginación o la oscuridad se había vuelto más oscura?

A la mierda. Soy un soldado norteaméricano. No hay tal cosa como los fantasmas. No hay ningún nazi muerto, acechando en estas barracas.

Empujé a Mann para pasar, apagué mi linterna y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta de campo. Los otros me siguieron.

—Extiéndanse a distancias de dos brazos. —Mann. Anduve entre Mann y Stevens, así no estaría en el final, por un lado, ni tendría que tocar los muros, por el otro. Era un Monkey muy listo.

—No estoy cerca de un muro. —Smith. Mann se adelantó para ayudar a Smith.

—Mierda, ¿dónde está el muro? —Mann. Suprimí el impulso de comenzar a respirar más rápido. Tomé de la mano a Stevens. Stevens apretó.

—Ok. Carajo. Este cabrón cuarto es tan largo como ocho personas acostadas. —Mann. Hice cálculos en mi cabeza. El cuarto vendría siendo casi del tamaño de los dormitorios, pero la puerta se abría en el límite de la construcción.

—Las dimensiones no cazaban.

Mann regresó y me agarró de una mano, entonces comprendí que probablemente el sótano se extendía por debajo de la explanada. Duh.

Caminamos hacia adelante, con las linternas encendidas, Smith estaba apuntando la suya al muro opuesto. Vimos varias ratas colándose entre las grietas del muro de concreto y el calentador de agua se veía mucho más triste que amenazante. Debía haber tenido alrededor de unos veinte años y no había aguantado bien.

Finalmente llegamos al lado opuesto.

—Voy a recargar el horno. —avisé. Mann asintió y los tres se pusieron a platicar mientras yo sudaba como puerco paleando carbón dentro del ahogador.

—¿Listo?, vámonos de este puto cuarto, me da escalofríos. —Mann. Todos asentimos a la luz del horno y nos fuimos a la mierda de ahí. En el pasillo, Mann pateó el quinqué que yo había dejado hace dios sabe cuánto, haciéndo que impactara contra el muro y se estrellara.

—Muy bien Mann.

—¿Qué carajo fue eso?

—Un quinqué. Lo usé el otro día cuando vine a rellenar ese puto horno.

—Y una mierda, no existe nadie que hubiera venido aquí solo. —Stevens.

—Silencio. Vamos al carto de provisiones de emergencia.

—¿Qué carajo es eso?

—Bueh, nuestra unidad tiene que tener provisiones en caso de que los soviéticos o Alemania del este se dejen venir y esas privisiones están guardadas aquí… Ah cabrón. —Miré por el hombro de Mann.

—Nada. El cuarto era una piscina de oscuridad absoluta.

—Me lleva… Cobb y yo trajimos aquí cerca de cinco toneladas de… más que nadie yo sé que este cuarto debe estar hasta el copete. —Mann entró en el cuarto.

El viento hizo resbalar la perilla de la puerta de la mano de Stevens, cerrándola de golpe.

Podíamos escuchar a Mann gritando y forcejeando con la puerta. La jalamos duro. Estaba helada. El aire seguía dando vueltas alrededor de nosotros, gimiendo como una bruja.

El viento cesó y la puerta cedió. Mann cayó al suelo y se arrastró lejos del boquete de la puerta. Sus ojos estaban muy abiertos. Era lo más asustado que había visto a alguien aquí. Pateó la puerta para cerrarla y trastabilló hasta ponerse de pie.

—¿Qué?

—Hay alguien ahí.

—Mamadas. Abrí la puerta y entré. Lo esperaba, sabía lo que iba a pasar, pero aún así di un saltito cuando el vientó chilló y la puerta se cerró.

El suelo era de concreto. Comencé a caminar. A la mierda, no hay tal cosa como un fantasma, no hay tal cosa como un monstruo. Encontré las dos enormes puertas gemelas que se abrían al compartimiento de carga de acuerdo al mapa que había memorizado. Las puertas estaban bien cerradas con cadenas, desde dentro.

Algo de madera, nada más.

Ignoré el sonido de una respiración en el interior del muro. Ese era el calentador de agua. Ignoré la baja y extraña risilla. Ese era el calentador. Ignoré los pasos; eran el eco de mis botas sobre el concreto.

Cuando comencé a caminar de regreso a la puerta, sentí que el cabello de mi nuca se levantó. Un soplido de viento tibio me había dado justo detrás de la cabeza.

Debí haber pasado debajo de una ventila o una grieta.

Un paso, dos pasos.

Sssssssssssssh

Ay… Un paso, dos pasos, tres…

Sssssssssssssh

El viento.

Ssssssssssssssh

¡CORRE PENDEJO!

Impacté la puerta con mi hombro, como si estuviera tirando un gordo quarterback. La puerta cedió con el golpe. Stevens y Smith retrocedieron, patee la puerta para cerrarla y empujé la espalda contra ella, para detenerla.

—¿Hay alguien ahí? —Mann. Me paré derecho y me acomodé la casaca.

—Sólo mi imaginación. —Smith le echó llave a la puerta.

—¿Encontraste las estibas? —le dije que no con la cabeza. —¿los gatos para levantarlas?

—Tal vez otra unidad los robó… o comerciantes de mercado negro. —me froté las manos. Estaban heladas. Todos asintieron. Sí, eso había pasado.

Le diremos a la policía militar y a investigación criminal, ellos investigarán.

Los uniformes de supervivencia, las TA-50, el cable de concentina, las bolsas para dormir, las tiendas y las redes de camo nunca fueron encontradas.

El cuarto de herramientas estaba vacío, me quedé en la puerta “calentándome”, mientras Stevens y Smith lo revisaban. Sin herramientas, pero Mann aseguraba que el equipo aún no había llegado.

Él y Cobb habían pasado los primeros tres días moviendo las camas, los vestidores, los escritorios y los refrigeradores en los cuartos al otro lado del sótano.

Mientras hablaba, abrió el cuarto de correspondencia y deslizamos nuestras luces adentro. Nada.

De acuerdo a Mann, justo habían terminado de mover los muebles el día que yo llegué.

—Tengo una pregunta.

—Dispara.  —Sostuvo la puerta mientras Stevens y Smith salían.

—Si la única línea que funciona es la que está fija a la base central, ¿cómo carajos fueron por mí? —Había estado pensando en eso desde la noche anterior.

Mann sonrió y se explicó. Al parecer el número que tenían para mi unidad en el centro de recepción era el de la base central y ellos les habían avisado.

Empujamos la puerta hacia el exterior, pero sólo logramos moverla un par de pulgadas. La nieve se había acumulado del otro lado, la devolvimos a su sitio.

—¿Dónde crees que el oficial terminó? —preguntó Smith, más soltando la pregunta para cualquiera, mientras regresábamos a la escalera.

—Que se joda, tuvo lo que se merecía. —Stevens.

—Probablemente esté en el estacionamiento de atrás, si intentó rodear el edificio, se habrá perdido por allá. No hay un carajo atrás del edificio, además de nieve, árboles y en algún momento del año, un hotel de temporada. —Nos encotramos con el grupo que registraba el primer piso.

Ni siquiera habían empezado, así que nos unimos a ellos y los ayudamos a registrar.

—Bishop y Vickers están revisando el tercero. —Nos avisó Stokes escaleras arriba mientras Mann y yo nos preparábamos para registrar la siguiente barraca.

—¿Qué hacen allá arriba?, no hay un carajo allá, excepto cuartos vacíos y el acceso al ático.

—Creen que quien esté jodiendo con nosotros puede estar oculto ahí. —Mann soltó una risotada.

—¿Cuál es el chiste?

—Los cabezas cuadradas de construcción se negaron a redecorar allá arriba. Ni siquiera repintaron las oficinas. Ninguno de los dos sabe la que los espera.

—¿Cabezas cuadradas?

—Alemanes.

—¿Cuál es la sorpresa?

—Los muros aún tienen el diseño Nazi. Swastikas, truenos y aguilas; como si lo hubieran sacado de una película de la segunda guerra mundial.

—¿Cómo es que los Nazis dan tanto miedo? Yo viví en el Sur y tenemos la guerra civil allá, pero no hay cuentos de rebeldes muertos matando gente.

—No eran malos. —Smith, saliendo al pasillo. —Podrían haber sido esclavistas, pero no eran ni la mitad de lo malos que estos culeros fueron.

Nos quedamos en silencio mientras revisábamos el cuarto de lavandería, el de las escobas y finalmente terminábamos en la sala comunitaria. Los otros grupos fueron llegando, finalmente el Sargento Vickers y Bishop aparecieron. Los dos se veían perturbados.

—Reúnanse, vamos a base central por algo de comida caliente. —Bishop.

¿Sabías que si de verdad te esfuerzas puedes meter a diez personas en una Chevy Blazer?

Llegamos a un cuarto comunitario. La comida no fue increíble, pero estaba caliente y fresca, eso la hacía increíble.

—Hey Monkey, ¿todavía tienes esa botella que te di?

—Si. La dejé enmi cuarto, se me olvidó que existía.

—El CO me dijo que tomara la camioneta y fueramos por algo de provisiones clase VI. Todos nos vamos a sentar en el cuarto comunitario a ponernos hasta el culo. ¿Gustas algo?

Saqué mi cartera y llené un cheque de viajero por veinte dolares. Lo firmé y se lo di.

—Agarrame una botella de Bourbon; compra para los demás con lo que sobre. —Me miró con sorpresa.

Cobb encendió dos cigarrillos y me ofreció uno, ausente. Lo tomé, aunque no fumara y me recliné en la silla antes de eructar, lo que hizo reir a todos, en breve Smith me siguió el juego eructando de nuevo.

—Di Monkey, ¿ya averiguaste por qué la base está embrujada? —Negué con la cabeza y tosí con el humo que me caló del cigarrillo. —Bien, esta base no fue descubierta sino mucho tiempo después de que la segunda terminara, por un par de tipos que se perdieron en la nieve.

»Este es uno de los campos de entrenamiento de la SS. El centro de bienvenida ha salido en algunos documentales de la época, teniendo de protagonista a Hitler, inspeccionando las unidades SS ahí mismo. Nuestro edificio, no fue descubierto sino hasta entrados los sesentas, e incluso entonces, nunca realmente examinado hasta los setentas.

»El rumor dice que los primeros tipos en intentar habitarla desaparecieron, y el área fue marcada como “restringida”. Asentí. Había escuchado al mayor quejarse de que esta zona estaba marcada como restringida en el mapa. —Aquí está la parte jodida, Monkey.

»Este lugar es donde el equipo de trabajo de la SS, los entrenadores, estaban instalados. También eran donde ponían a prueba nuevas… “técnicas”, y mantenían sus habilidades “afiladas”.

—Tortura. —Las cabezas alrededor de la mesa afirmaron. —¿Me están diciendo que el ejército, el ejército de Estados chingado Unidos nos está instalando en un lugar en donde hijos de perra que son el estandard de la maldad, torturaban personas hasta matarlas?

Afirmaciones, afirmaciones por todos lados. Pasé el resto de la hermosa velada, hasta que Bishop y Vickers fueron a levantarnos, intentando imaginar a quien había encabronado para terminar aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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