empujón

Hay un bosque pasando aquellas montañas, en una valle nublado que generalmente no se ve desde el aire. En el centro del bosque hay un lago. A las orillas del lago hay un enorme monolito de color negro. Si nadas hacia el centro del lago, algo te jalará hacia el fondo.

En el agua, dejarás de ver la luz y todo se volverá sombras; la textura, la piel idéntica, tibia e impenetrable que nos envuelve en sueños. Cuando seas liberado e intentes regresar a la superficie (no importa la dirección que tomes), aparecerás en el callejón de una ciudad en ruinas. Amplios y adoquinados techos, arcos despostillados sobre los andadores y torres levantadas desde una ciénaga hedionda e inabarcable. No debes hablar con nadie, si llegaras a hacerlo quedarás atrapado para siempre.

La población es gris y deforme, muchos se acercarán a maldecirte en un lenguaje del que el hombre ya no tiene memoria y sus atroces y extrañas mujeres te ofrecerán, sobre su escamada carne, placeres incomprensibles, capaces de volverte loco.

Más allá de la frontera de la ciudad hay una autopista. Camina por el lado izquierdo, en sentido contrario, con el pulgar arriba. Después de un rato una camioneta negra se detendrá.

La ciudad habrá desaparecido y el conductor podrá llevarte a cualquier parte del mundo, en tanto puedas nombrarla y exista un camino hacia allá.

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