Cabrárbol

Lo tenía en la punta de la lengua. Lo había tenido en la punta de la lengua durante las últimas tres horas. Le parecía que le había estado ocurriendo demasiado. Tal vez debía de buscar en línea si eso era síntoma de… no, no más consultas médicas por Internet.

Por otro lado, había podido reunir suficiente del contexto como para realizar una consulta: una técnica aplicada en los árboles para provocar que dejaran de crecer. Árboles miniatura. Árboles japoneses.

¿Por qué no podía dar con la palabra? Era frustrante. Y la necesitaba justo ahora porque durante su novela, su personaje bromeaba con su chica sobre una subasta de cabras; le compraría una, siempre y cuando no creciera.

Es decir que necesitaban buscar en la subasta una cabra… una cabra… la puta que parió a todas las cabras. Tecleó desesperada (a veces esto funcionaba): cabra japonesa, cabra miniatura, cabra como los árboles que no crecen. Cabrárbol.
Mierda.

Podía buscarlo, seguro daba. ¿Pero dónde estaba la magia en eso? Si el buscador fuera consciente, tendría ya suficiente para estar harto de la raza que lo había creado y razones de sobra para buscar nuestra extinción.

Cruzó los codos y se acostó sobre el teclado. Cerró los ojos. Imaginó a una cabra linda, una cabra bebé (¿cachorro? ¿cabrezno?) y a continuación, junto a ella, un árbol de copa circular, apenas de su altura.

La cabra la miró y se acercó lentamente al árbol. La cabra mordió el follaje y comenzó a mascar, su mirada le resultó penetrante y de pronto se preguntó cuánto conocimiento de sí misma tiene una cabra.

Pero esos árboles son podados para mantener su tamaño, ¿no? Tendrías qué cortar a la cabra para mantenerla pequeña. En el jardín, entre la cabra y la chica apareció un cuchillo. Se miraron.

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