las botas de mamá

El aroma de la tienda es el resultado de mezclar olor a tela, piel, imitación de piel y el sudor de un ejército de empleados caminando por todos los pasillos, durante todo el día, llenándolo todo con su cebo y el hedor de su tristeza. Clientes caminando con la vista perdida en maniquís y exhibidores, ropa que se ensucia poco a poco conforme alguien más se la prueba en un vestidor. Odio cuando mamá me obliga a acompañarla. No hay nada para mí aquí, es vergonzoso. Le hago saber mi molestia a cada vez que a ella algo le parece lindo.

   Ya nadie se viste así mamá, respondo sin siquiera mirar el ardor que mis respuestas le provocan, ni la prenda que me señala. Luego, algo nuevo aparece en la canasta de compras. Son enormes. El color es rosa. Me sorprende que no las notara antes. Son vulgares.

   No vas a comprar eso, le advierto.

   Puede que… oh… ¿te parecen vulgares? Perdón, no sé en qué estaba pensando hijito. Puedo oler la premura en su voz, el absurdo y estúpido enamoramiento que siente en este mismo instante por esas botas. Puedo ver el duelo dentro de su cabeza, con la trayectoria de su mirada que baja hacia el suelo recién trapeado; una batalla entre lo que esas botas le demuestran de sí misma y lo que, ahora lo sabe, demostrarán ante el mundo.

   No va a comprar esas porquerías. No me importa herir sus sentimientos. Pienso en lo que mis amigos van a decir de mí si ven a mi madre vestida así. Pienso en lo que dirán de ella. Las deja en la esquina de un anaquel, no se atreve a mirarme.  Cuando salimos ya es de noche. De vuelta en casa, la escucho quedándose dormida delante del televisor de la sala a más o menos la una de la mañana. Yo me voy a la cama unos veinte minutos después.

   En el siguiente día he conseguido olvidarme de todo. Ella me deja, como siempre, a una cuadra de la entrada y para cuando son las tres, todo el incidente es apenas una de esas cositas tontas de las que quizás luego tendremos que reírnos. La espero recargado cerca de la puerta principal, sé que me veo bien así. El procedimiento es simple y a prueba de fallas: ella estaciona el carro un par de cuadras más allá, camina hasta la entrada de la escuela, pasa por delante de mí sin saludarme y entonces yo la sigo de vuelta al carro. Sólo la saludo hasta que nos hemos alejado lo suficiente.

   Es por eso que desde el momento en que ella pasa en el carro, delante de la puerta, se detiene un poco y levanta una mano para saludarme, tengo un mal presentimiento. Se ha arreglado el cabello, me digo, tranquilo; quizás es sólo la emoción de su nuevo corte de pelo, lo bien que se siente así y esas cosas, nada que no se pueda arreglar después. Entonces ella se detiene justo en la esquina y baja del carro. Me sonríe y vuelve a saludarme con la mano. A esta hora la escuela está llena de gente.

   Para cuando ha bajado y camina por la acera, yo caigo ya, lentamente, por un largo precipicio de humillación. Puedo ver como la miran. Puedo ver su estúpido rostro lleno de alegría. Puedo ver los murmullos cuando ella pasa a un lado de alguien más. Puedo ver el dominio y el orgullo pleno que siente de sí misma; las sonrisas diminutas, los ojos multiplicándose a su alrededor, las manos que han comenzado a señalarme. Miro hacia sus pies, no puedo dejar de mirarlos para el momento en que se detiene delante de mí.

   ¡Hola mi amor!, dice. Dos estudiantes se ríen ya, sin ningún cuidado, a sus espaldas. Es hasta entonces que ella se da cuenta.

   Te dije que no compraras esas putas botas. Su sonrisa se cae. Su rostro se apaga. No es suficiente, apenas si me consuela. Vámonos, ahora.

   El trecho de vuelta al carro se vuelve largo. Ella no levanta la vista. Parpadea. Está intentando contener el llanto. Sé que no lo va a lograr. La tomo de una mano, arrecio el paso.  Ella abre la puerta del carro. Alguien, atrás, grita: adiós Barbie. Está hecho. Las risas estallan. Al menos ha arrancado rápidamente, pero se detiene en la señal de alto y ahora, mientras veo aproximándose un carro lleno de idiotas, sé que todo está perdido, incluso tomando en cuenta su esfuerzo por mirarme sólo a mí y no mostrar su rostro por la ventanilla; nada importa, porque ella se da la vuelta, cuando el claxon al lado del carro suena.

   Aún guardo las botas. Es todo lo que queda de aquél día.