sin número

Tras manejar toda una noche y camino a su habitación por un pasillo de envejecido tapiz, en el segundo piso, se detiene a algunos pasos de alcanzar su puerta, la dieciséis. Ni la vista, que se le pierde en el paisaje del gran ventanal al fondo, ni la mente, que navega un mar picado de cifras, porcentajes y costos, son capaces de pescar ese algo, fuera de lugar, en alguna parte entre el asiento del carro y la cama del hotel.

Tales detalles son suficientes para robarle el sueño una vez que ha encontrado una almohada sobre la cual pensar, lo sabe y es por eso que se decide a retroceder los pasos para pronto localizar el detalle: 15… 14…13…12… y la onceava puerta no tenía número.

   Eso, eso era. Consecuencia de un par de tornillos y un conserje flojos, quizá, pero luego una observación más atenta le revelaba un tono distinto a la madera de las demás puertas.

Ésta de aquí, incluso los bordes con el tapiz descarapelado, parecía por completo fuera de lugar.

 

Despertó antes del atardecer. Le quedaba poco tiempo para alistarse y asistir a su cita. De vuelta en el pasillo y a punto de llegar al elevador, se detuvo de nuevo delante de la puerta. Revivió la conjetura con la que se había dormido: que si los números faltaban, aquello no podía ser una habitación regular. Probó la manija. Tenía llave. Se inclinó para asomar el ojo delante de la cerradura:

Era un cuarto idéntico al que había utilizado para dormir, a excepción de ese peinador con un enorme espejo. La luz que se colaba por entre las cortinas de la enorme ventana le daba al interior un tono casi crema; y ahí, sentada sobre la cama, estaba una mujer vestida con una bata blanca y el cabello largo, de espaldas; en un momento pareció saberse observada y se incorporó de un salto, esto lo hizo sacar el ojo del orificio y continuar su camino, disimulando sus pasos hasta llegar a la salida.

La cena con el inversionista culminó en una gran fiesta. El ambiente cordial y la seguridad de haber cerrado un buen trato, le auspiciaron ese par de copas de más. Regresó al hotel pasada la media noche. Caminó, balanceándose con ligereza, por el pasillo de la segunda planta, entre las flores azul opaco en el tapiz y con la luna en la ventana del fondo. Se detuvo ahí, cinco puertas antes de su cuarto; sonrió solo y luego se permitió inclinarse y mirar:

Un mueble había sido puesto contra la puerta, un pedazo de tela, un papel, tal vez; tardó un tiempo en distinguir el color rojo del inmóvil obstáculo. Se resignó. No tendría para sí la vista de la secreta inquilina recostada en su cama, iluminada en tonos azules, mientras la cortina de la ventana bailaba con la brisa fresca de la noche. Se incorporó y terminó a tumbos el camino hasta su cuarto, durmió plácido, con la calma que dan los intentos que no se esperan prosperar.

 

La mañana siguiente llegó con el cielo cerrado. Se dio un baño, alistó su equipaje y bajó a la recepción para entregar el cuarto. Delante de la dependiente, no pudo contener la curiosidad más y pensando que, no volvería de nuevo, se atrevió a preguntar por la puerta que no tenía número.

«La usamos para guardar muebles rotos y cosas viejas», dijo la señora y olfateando la curiosidad en su inquilina, añadió para regocijarla: «Es el cuarto en el que mis familiares dormían cuando vivos. De ellos se decían cosas terribles: que vivían en pecado mortal al ser hermanos y que durante la noche practicaban ritos. Yo siempre pensé que las historias se inspiraron en su condición albina, ya sabe, para alguien del pueblo nadie con el cabello blanco y los ojos rojos podría ser normal».

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2 Comments

  1. “ya sabe, para alguien del pueblo nadie con el cabello blanco y los ojos rojos podría ser normal” …. memorable!

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