Después de una borrachera épica, despiertas para descubrir que la noche anterior, por algún motivo, te tatuaste una carita feliz en uno de los pies. Ni hablar, una lección para no volver a beber tanto. Al siguiente día, la carita feliz está en tu rodilla. En el siguiente, está sobre el muslo, y los trazos han comenzado a acumularse hasta darle rasgos al rostro. Te preguntas cómo te verán mañana, ahora que es del tamaño de tu propia cara y se encuentra sobre tu cuello.