Túnel

No asesiné a Paul Ledderman. No estoy muy seguro de lo que hice, pero estoy seguro de que no fue un homicidio. Puede que defensa propia, pero no homicidio.

Si debiera probarlo, me remitiría a un guante de piel; al recorte amarillento de un diario de lectura incomprensible, a un caracol marino de nombre científico Turitella communis (no que pudiera distinguir una concha de otra por mí mismo, pero se la he mostrado a Peterson, el biólogo, y a él le pagan por saber estas cosas). No deberé probarlo, para fortuna de los pobres forenses de turno, que intentasen certificar una causa de defunción, el cuerpo del delito no fue y no será encontrado.

El otoño pasado Ledderman me pidió que lo visitara. Viniendo de él no era solo inusual, sino sorprendente. No lo había visto en casi cinco años; nadie lo había visto, a no ser por el cartero y el repartidor ocasional que le llevaba materiales de la tienda del pueblo en el valle, a veinte millas de su residencia. Vivía en una casa automatizada y diseñada por él mismo en un terrenito en la cima de la montaña y a la mitad de la nada, eso sí, con una vista panorámica de ensueño.

§…odneyel eugiS