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La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

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Capítulo 9

Levanté la linterna y la apunté hacia atrás. La luz hizo brillar la daga. Me levanté y alcancé el arma. La sopesé en la mano antes de empuñarla. El ejército no enseña a los reclutas a defenderse con un cuchillo, pero, la primer regla es que te van a cortar; debes esperarlo, debes aceptarlo y rebanar al otro cabrón mientras cree que ya te jodió porque te hirió primero. El cuchillo no se gira en la mano, no se pasa de una mano a la otra y tampoco se finta con él; juega al mamón en una pelea y disfruta tu nuevo agujero. Se mantiene bajo, hacia un costado de tu cuerpo y con la punta ligeramente angulada hacia arriba y al frente. Lo que estás buscando es cortar en diagonal sobre el pecho o los brazos; o, mejor, un viaje directo hacia el abdomen, debajo de las costillas; adentro y hacia arriba.

El ejército no enseña a sus reclutas a defenderse con una navaja, pero mi viejo sí. Viejos tiempos. Buenos tiempos. Más sangre en la boca, menos nazis fantasmas.

Busqué por la oscuridad con mi linterna, esperando dar con alguna silueta. Había escalones rotos y charcos de lodo y aguanieve. El agua goteaba del techo del subsótano; elevar la luz me mostró una bonita colección de protuberancias y colmillos de hielo, colgando sobre la estructura de metal que sostenía la placa de concreto del suelo de arriba.

—¡MONKEY, DÓNDE ESTÁS! —escuché de arriba.

—¡SUBSÓTANO, CAMINE CON CUIDADO, LA ESCOTILLA ESTÁ ABIERTA!

Una luz asomó del hueco y me acerqué a la luz para dejarme ver.

—¿todo bien? —dijo Vickers tras la luz —no podía abrir la puerta, el viento estaba sosteniéndola cerrada.

—Sí, eso pasa mucho por aquí. Me duelen las costillas y la esp-

[¿qué fue eso?]

—Un segundo. —Me acerqué al lugar de donde había escuchado algo caerse. Era un paquete de Marlboro. Tandy fumaba Marlboro. Recogí la cajetilla y encendí un cigarro con las manos temblando. Yo no fumo, por cierto.

Regresé a la luz de Vickers.

—Creo que ha estado aquí, encontré sus cigarros.

Vickers se tantea el bolsillo del pecho.

—Creo que… creo que son míos. Se me acaban de caer. Lánzamelos, quiero uno.

Le saqué tres a la cajetilla y la lancé.

—Gracias. ¿Estás bien?

—Tan bien como se puede estar aquí abajo, está cabrón.

—Vas a tener que esperar, vamos a necesitar una cuerda, la escalera está hecha mierda; ¿puedes esperar?

[Hijo de puta, me vas a dejar aquí]

—Claro, vaya con calma.

—Cacha.

Solté el cuchillo para atrapar la .45 con ambas manos. Me fijé la daga en la bota y le corté cartucho a la pistola.

—Puede que tengas que usarla… con… con Tandy, ¿serías capaz?… ¿puedes hacer eso?

—Sí sargento, puedo usar fuerza letal con el raso Tandy, de ser necesario.

—Excelente. Ya vuelvo.

La luz desapareció.

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Estampida

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Escuchar pasos no es inusual cuando duermes en un sótano, así que decido no ponerles atención, asumir que es mi hermano y continuar con cualquier cosa tonta que esté haciendo en ese momento. Los zapateos no cesan, ni van, ni vienen; parecen venir de un mismo lugar. Me da la impresión de que se están burlando de mí y eso comienza a molestarme. De pronto comienzan a aumentar de volumen hasta el punto en el que me hacen dar un suspiro de exasperación, ¿qué está haciendo mi hermano? Me quedo sentado sobre la orilla de la cama, porque es imposible concentrarse en otra cosa. Es como si estuvieran dando de pisotones por todo el espacio arriba del cuarto.

Los pasos se vuelven más rápidos… más agresivos. Continúan, hasta que comienzan a formar un ritmo, más fuerte, más duro; termino por entenderlo: lo que está haciendo ese ruido, no es humano, nadie puede moverse así.

—¡Qué Carajo! —interrumpo. Todos los sonidos se detienen. Todo está callado. Entonces escucho unos pasos tranquilos, curiosos, dirigiéndose a la puerta de mi sótano. La puerta se abre y los pasos se detienen de nuevo. Escucho mi respiración por los siguientes tres minutos. Pensando que ha terminado, exhalo. Los pasos se aceleran por las escaleras. Tiro una silla al levantarme. Corro hacia el closet, veo de reojo una criatura grotesca, lampiña, en cuatro patas, bailando hacia mí, regolpeteando sus patas deformes en un ritmo intoxicante. Salto al clóset y cierro la puerta. Hay una pausa de medio segundo, antes de que el ritmo comience a sonar sobre la madera de la puerta.

No se detiene. No hay descanso. No hay alivio. Ha estado ahí por horas. Me descubro regolpeteando los dedos con su ritmo. Tan súbito como ocurre, termina. Espero algunos segundos antes de asomarme. Se ha ido. Enciendo una luz y me siento. Terminó. Me relajo y pienso. Mis pies están regolpeteando contra el suelo. Esta canción no es tan mala, me comienza a gustar tanto que podría bailar, bailar con ella. Me dejo caer sobre mis manos y mis pies, comienzo.

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modelo T

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Hasta los dieciséis años, viví a la mitad de la nada en la Arkansas rural, en medio de kilómetros y kilómetros de sembradíos, interrumpidos sólo por la autopista, a unos dos kilómetros hacia el sur. Hacia el Oeste de la propiedad (que era la dirección en la que miraba la fachada de la casa), había un pedazo de bosque. Además de eso, había un largo camino que llegaba hasta la casa y conectaba con otro camino después de algunos kilómetros.

En general, vivir a la mitad de la nada era muy tranquilo. Con nadie para molestar, uno es libre de hacer lo que le venga en gana. Pero a los trece, vivir ahí dejó de gustarme tanto. Desde los ocho escuchaba cosas, casi siempre, un golpe metálico, como una puerta de carro que se azota; conforme fui creciendo comencé a notar que los golpes variaban.

Sé que podía tratarse de algún animal vagando afuera, eso era común, considerando que dejábamos nuestras sobras afuera, pero había noches en que se sentía como otra cosa.

Puedo recordar mi primer encuentro. Había cumplido doce años y eran algo así como las dos de la mañana. Me había quedado despierto, mirando la televisión y jugando videojuegos, creo que estaría jugando Driver cuando la luz se fue. La mayoría de mis amigos a mi edad se asustaban con eso, yo estaba acostumbrado: muchas de las líneas rurales eran antiguas y habían estado ahí desde unos 40 años. Hacía viento afuera, así que no era descabellado pensar que algún cable se hubiera aflojado. La luz podía volver o no, si no, había que llamar a la compañía de luz en la mañana.

Como sea, me senté ahí, en la oscuridad, a leer un libro. Me asomé por una ventana, buscando ver qué tan duro soplaba el viento sobre los árboles; noté pequeñas luces que brillaban, en la orilla del bosque. Pensé que podía tratarse de cazadores, pero se movían muy rápido. Había unas cinco, iban en dirección oeste, manteniendo una distancia muy medida entre ellas. De pronto todas se volvieron una sola y luego, despacio, comenzaron a elevarse, poniéndose una encima de la otra, conectándose y formando una línea vertical de luz. Me sorprendió. Nunca le dije nada a mi mamá, no me hubiera creído. Seguí diciéndome a mí mismo que no eran nada más que cazadores, tal vez algo raros, pero cazadores.

Más o menos un mes después, me había olvidado del asunto. Era la noche de un martes (por ahí de la una de la mañana) y no podía dormir. Así que me levanté y encendí la televisión. Algo golpeó contra la pared de fuera. Podía ser un mapache, intentando escalar la pared, así que fui a buscar el rifle. Abrí la puerta y asomé la cabeza para inspeccionar el muro. No había nada. Salí y le di la vuelta a la casa. Lo que fuera, había escapado. De vuelta en el porsche, di un vistazo al terreno, en dirección al bosque.

Tal vez fue lo que más me dio miedo en mi corta vida. Bajo la leve luz de la luna, noté una docena de siluetas negras, de pie sobre el campo. Diría que estaban a unos cuarenta o cincuenta metros. Estaban regados por ahí, como aventados al azar, de pie y a juzgar por la forma de sus siluetas, encarándome.

Por supuesto que me cagué de miedo y corrí dentro de la casa. Desperté a mi mamá. Enojada por ser despertada por una razón tan ridícula, fue hacia la puerta conmigo y la abrió sin dudar.

Aún estaban ahí, excepto que más cerca. Algunos de ellos se notaban más, por la cercanía de la luz de seguridad que teníamos en la orilla de nuestra propiedad. No era la falta de luz, su silueta, su piel, era de color negro, un negro seco y marchito. Sus ojos brillaban con un suave color amarillo.

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Vox y el Rey Beau

[caption id="attachment_8635" align="aligncenter" width="750"]QuietPlace_by_aelur Quiet Place by Aelur[/caption]

De lo que mamá recuerda y porqué creo que terminé llorando una noche

Cuando le conte a mi mamá sobre Beau, se puso muy seria. Normalmente, mi mamá es tan radiante como un girasol, hornearía brownies para el mundo, si la cocina no terminara en llamas cada vez que toca un trasto; he crecido creyendo que es imposible sugestionarla. Es una doctora brillante y tal vez la única excepción a las reglas de racionalidad bajo las que me hizo crecer, sea que también es muy religiosa. De verdad que no le gusta hablar de temas oscuros.

Para el tiempo que cumplí siete, ya se había acostumbrado a escuchar sobre Beau, pero ella sola no era capaz de tener una opinión concreta sobre él. Todos los libros y pediatras le aseguraban que era normal, incluso si Beau resultaba un tanto sombrío. Fuera del asunto, yo era una niña feliz y sana que socializaba sin problemas con otros niños (reales), a la que le gustaba el color rosa y los ponis y si Beau me estaba ayudando con miedos y pensamientos complejos, tal vez estaba bien. Nunca le conté algunas de las historias; la del monstruo del closet, por ejemplo. Incluso entonces me recuerdo razonando que no reaccionaría bien.

Con mi hermano bastante mayor y por lo tanto “demasiado cool” para jugar conmigo, normalmente me quedaba a mis anchas, para inventar mis propios juegos y fantasías. Beau siempre lo protagonizaba todo. Si ocurría que no andaba por ahí, entonces pretendía ser él, peleando con monstruos terribles y andando a la aventura. Si estaba conmigo, entonces mi mamá me encontraba sola en mi cuarto, hablando con alguien que no estaba ahí, terminándome las crayolas azules y negras en dibujos un poco extraños. Cuando crecí, comencé a jugar otro tipo de juego.

Un día mi mamá me encontró arrastrándome por el suelo de la casa cubierta con una cobija. Le dije que estaba aprendiendo a ser un cazador, como Beau. No lo pensó mucho en ese momento, pero mi entrenamiento terminó por volverse un poco molesto cuando me volví una especie de ladrona y mi mamá comenzó a notar que algunas cosas aparecían en mi cuarto y a veces, mi cuarto tenía cosas que ni yo ni ella sabíamos de dónde habían salido. Por supuesto, en esos casos siempre le echaría la culpa a Beau; así fue que terminó por pedirme que le informara a “ese Beau” que no toleraría ese jueguito y que deberíamos encontrar otro.

Esto probablemente tiene más qué ver conmigo que con cualquier cosa paranormal. Era tan traviesa como cualquier otro niño desatendido y la verdad es que quién sabe cuantas cosas me robé. Después de que me amenazó con dejarme sin postres, no dejé de hacerlo y cuando lo dejé, de verdad Beau y yo habíamos cambiado de juego, pero había comenzado a caminar dormida.

En la mañana mi mamá me encontraría en lugares extraños. Comenzó con poco, despertando en el suelo de mi cuarto o en el sofá de la sala. De nuevo, sus fuentes le aseguraron que esto era por completo normal, pero las cosas comenzaron a empeorar. Comenzó a encontrarme en lugares a los que no hubiera podido llegar sola o lugares en donde hubiera tenido qué escucharme entrar: las alacenas de la cocina, el baño del cuarto para invitados, el escritorio de mi hermano… y por cierto que mi hermano siempre ha tenido el sueño muy ligero; así que habría tenido que escucharme entrar y subirme ahí. La alacena habría tenido que ser imposible de alcanzar con mi estatura, y una vez que me encontró, sacarme implicó sacar la mayor parte de las latas y las cosas detrás de las que me encontraba.

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