Come perro

¡Bzzz!

Bajé mi taza de café recién hecho sobre la barrita para desayunar. Pensé en los motivos razonables por los que alguien, cualquier persona, viene y toca el timbre de una casa a las dos de la mañana. Quise pensar en niños bromeando. Quise pensar en un accidente cercano. Quise pensar en una emergencia. Encendí las luces del pórtico.

¡Bzzz!

Quienquiera que fuera, se la acababa de ganar. Corrí los pasadores, boté el seguro y abrí de golpe. Siempre olvido que la puerta a la calle, en esta casa, tiene un ojo de buey.
—¿Qué quiere? —Lo más notable era su altura, dos metros fácil. Traje de color negro ajustado, como una segunda piel. Brazos delgados, largos. Manos con guantes blancos sobre los que corría un bordado extraño, de un patrón que no pude decidir si era romboidal o paralelo.
—Señor… ¿Roberts? —el tipo pronunció mi nombre formando una sonrisa. Ugh. Quise pescarlo del cuello y darle de puñetazos. Al menos gritarle. No había notado lo mucho que ahora podía mantener el control, gracias al grupo de autoayuda. Su piel era un poco más pálida que sus guantes. Sus dientes eran parejos y sus ojos tenían un tono sucio que tiraba hacia el azul pálido. Así todo, me daba la impresión de haber sido impreso en el mundo sin suficiente toner.
—¿Qué quiere? —Si el pedazo de cabrón intentaba venderme alguna cosa, ese sí iba a ser todo un reto.
—Siento mucho, uhm… molestarlo, comprendo que esta es una noche muy fría, pero estoy seguro que su café puede esperarnos unos minutos. —¿Pero qué putas?
—Tengo un mensaje qué entregarle, una propuesta. Como estoy seguro que sabe, este es un mundo duro. Allá afuera, el perro come perro, señor Roberts.
Asentí despacio. De pronto me pregunté qué estaba a punto de preguntarle, qué estaba a punto de reclamarle. Había escuchado esa frase antes. No sólo la frase, sino la frase dicha justo así, como él la acababa de decir, ¿en dónde? Sentí temblar mis piernas. La vida, ¿cierto? Trabaja duro y algo logras, hasta que luego, debes defenderte, habrá quien quiera lo tuyo. Perro come perro. Así que hay que morder de regreso, o mejor, primero. ¿Dónde, quién? rostros se sucedieron en mi cabeza, todos aquellos con los que terminé en deuda, todos aquellos que me debieron algo, o me lo debían aún. ¿Quién, quién?
—Señor Roberts, ¿está feliz con su vida?
—S-sí.
—¿De verdad? ¿No le quedan más sueños, no más ambiciones? habría creído que luego de la demanda y el juicio… —el hombre hizo el ademán de dar la media vuelta y prepararse para irse, ya casi hablando solo, como cuando uno titubea antes de entrar a la licorería o no está seguro de a qué venía a la tienda. Sentí una urgencia por detenerlo. Sentí curiosidad.
—No bueno… claro que tengo sueños. Es sólo estoy satisfecho con cómo han terminado las cosas.
—Aaah. Cómo han terminado las cosas, señor Roberts. —El tipo dejó de darme la espalda y me encaró con una sonrisa en la que sentí que algo andaba mal. —Creo que puedo trabajar con, cómo han terminado las cosas, sí, dígame, ¿no le gustaría que las cosas hubieran terminado mejor, más rápido?
Tuve el impulso de cerrar la puerta. Esta no era una conversación para el umbral de la casa, a las dos de la mañana. Quise dejar a este tipo ahí y olvidarme de lo que fuera que estuviera a punto de ofrecerme, de ver cómo terminaba. Quise. Estaba lleno de curiosidad. El tipo estaba loco, ¿pero era un loco peligroso o solamente era un loco que vendía mentitas, seguros a las dos de la mañana? Tragué saliva. Si era un loco peligroso entonces…
—Señor Roberts, tengo un mensaje qué entregarle, una propuesta. —De detrás de la solapa sacó, lento, despacio, muy, muy despacio, una escopeta de caza, de doble cañón. Los movimientos que realizó me recordaron a los de un mago jugando a materializar cosas de detrás de su capa, sacando una tira de pañuelos del sombrero de copa, un acto de magia, pues. Una ilusión. Me sentí mareado, me encontré asintiendo sin razón alguna, cerrando los ojos, como a punto de desmayarme.
—Señor Roberts, ponga mucha atención, ahora. Mañana, a las nueve de la mañana, usted llegará a su trabajo como todas las mañanas, justo como han terminado las cosas. Entonces sacará esta escopeta, señor Roberts, la cargará y le disparará a todos, a cada uno de esos hijos de puta buenos para nada de la cafetería. ¿Quién se creen, que pueden contratarlo y mandarlo como a cualquier otro empleado? Usted es un héroe. Según entiendo, usted aún guarda cartuchos útiles, ¿no?
—Así es.
—Lleve suficiente munición, señor Roberts, asegúrese de cómo van a terminar las cosas. Apuntará bien, apuntará con calma, tendrá más de veinte minutos antes de que nadie más llegue. Nadie debe quedar vivo. Sobre todo, las personas que están anotadas en esta lista. —me extendió una libreta, conocía todos los nombres. Continuaba asintiendo, sentí la boca floja. Me resistí de golpe, me forcé a despertar, me hice para atrás y le pegué un portazo a la puerta.
—Lárguese de aquí, voy a llamar a emergencias.
Mientras corría los pasadores, sentí una sombra pasándome por encima. No sé cómo más explicarlo. La sentí pasar por la puerta y atravesarme con un golpe que se sintió como un cubetazo de agua helada. Me di la vuelta, estaba ahí, delante mío, con la cabeza inclinada contra el techo, sonriendo, mirándome; tuve la impresión de estar delante de una botarga. Caí en cuenta de que tenía la escopeta en las manos.
—Le ofrezco una disculpa, señor Roberts. En verdad esperaba que usted fuera idóneo para este trabajo. De vez en cuando, alguien como usted lo es.
El corazón se me salía por la boca. Doce pasos hasta la mesa de noche, bajo la que había ocultado el revolver que usé durante mis años como policía. El hombre no era un hombre. Estaba mal. Como si estuviera hecho de hebras muy finillas que se movían de aquí para allá. ¿Podía llegar hasta la mesa? Su cara no era una cara, ni tenía boca, ni ojos, ¿una máscara?, un engaño. Una ilusión. No recordaba si había guardado el revólver cargado. Demasiado tiempo.
—O puede tratar con la escopeta, señor Roberts. Está cargada, por supuesto.
Amartillé y levanté el mango hasta mi hombro. Tras la mira, la figura permanecía inmóvil, inmutable. Disparé.
—Oh, hace mucho que no mato a nadie yo mismo, señor Roberts.
—¡No, no, basta! ¡Soy un hombre bueno, seré bueno, por favor! —Sin pensarlo, había soltado la escopeta y me había tirado al suelo cubriéndome con una mano, como nunca jamás en mi vida, nada había provocado que lo hiciera. Escuché los pasos y traté de mirar. Temblaba. La figura se acercó a mí y fue encogiéndose. De pronto sólo era un hombre, ahí, de pie. Levantó la libreta del suelo, anotó algo en ella y luego levantó la escopeta.
—Un placer hacer negocios con usted, señor Roberts. —Me rodeo, corrió los pasadores y salió por la puerta. Me levanté tras él y cerré la puerta de golpe. Miré por el ojo de Buey. Parecía haber estado esperando a que me asomara para ponerse un sombrero sobre la cabeza. Dio la espalda a la puerta y comenzó a caminar. Suspiré con alivio. Un puto loco, nada más, seguramente. Ayudado por mi insomnio. Necesitaba dormir.

¡Bzzz!

Estaba a punto de conseguir recostarme en la cama cuando lo escuché. No era mi timbre. Sonaba algo lejos, pero no demasiado. Anduve hacia la ventana del cuarto y miré.

¡Bzzz!

El vecino de la casa de enfrente había encendido las luces de la calle, el tipo estaba de pie, esperando a que le abrieran en el recibidor, lo que ocurrió enseguida. Comenzó a hablar, haciendo los mismos ademanes que le había visto ejecutar de cerca. Apagué todas las luces de la casa y me senté sobre la orilla de la cama durante unos veinte minutos.

¡Bzzz!

Mi vecino está delante del ojo de buey, no parece preocuparle que pueda verlo sujetando la escopeta contra su hombro.

Árboles altos y gruesos

La mujer que se sienta a la mesa conmigo no es mi esposa. Se ve como mi esposa, sonríe como mi esposa, su voz suena justo como la de mi esposa, desayuna lo que mi esposa y se siente justo, exactamente como mi esposa.

Pero yo sé que ella no es mi esposa.

Hay algo en sus ojos, en la manera en la que se dispara como un dardo a través de las habitaciones y me evita. Algo en la forma en la que habla y algo en su voz un tono aplanado al final de cada frase. Hay algo fuera de lugar en la forma en la que se pasea por el suelo, balanceando sus caderas demasiado, levantando sus pies un poco, apenas un poco de más. No tengo idea de qué clase de cosa pueda ser la que se sienta conmigo a la mesa, pero no es mi esposa. Y tengo razones de peso para pensar que intenta matarme.

»sembrar las dudas

la discusión

Eres el manager de una tienda pequeña. Contratas a uno de tus amigos y recién descubres que ha estado tomando dinero de la caja registradora, robándose la mercancía y dejando su puesto para ir con su novia a la bodega de atrás cuando es el único empleado en funciones; no sientes que la discusión que acabas de tener con él haya arreglado nada.  Vas y golpeas su puerta. Cuando abre, se pone pálido, comienza a temblar y se hace para atrás, boquea por aire.

No te sorprende, la verdad: asumes que él creyó que vendrías acompañado de policías, hasta que atraviesas el umbral y miras a un lado tuyo, donde te das un buen vistazo en el espejo de cuerpo completo, o al menos, le das un buen vistazo a lo que queda de ti después del escopetazo con el que tu amigo resolvió la discusión.

 

mecanismos de fe

Hace un par de horas, uno de mis asistentes me preguntó qué caso tenía dedicar tanto tiempo y tantos recursos al proyecto. Le arrebaté la automática a uno de mis subalternos de seguridad y le vacié todo el cargador encima. Acaban de llevarse el cuerpo y notificarle a la familia. He estado en mi oficina desde entonces; mirando por el ventanal, por los monitores de seguridad y por el cristal de ese viejo reloj de ébano cuyo mecanismo, pienso, hace mucho que dejó de funcionar. Estoy esperando, en vano.

Acabo de asesinar a un hombre con mis propias manos, intento mantenerlo nítido en mi cabeza: soy un criminal, soy escoria; pero también sé que soy intocable, que mi papel en la trama admite estas pérdidas colaterales y que a fin de cuentas, son esta clase de arranques los que, precisamente, se esperan de mí. La culpa va desapareciendo conforme mi propia sombra la devora. Mi último esfuerzo se enfoca así, ya nada más, en recordar el nombre de aquél pobre diablo, en repetirme a mí mismo que no importa cuán insignificante haya sido su rol, yo debo mantenerlo aquí.

Me he cansado de repetirme que todo está cubierto, que la pensión por accidente que su familia va a recibir supera con creces la pérdida, que también hubiera podido morir en un choque de tráfico, en un asalto o en un accidente aéreo, que incluso, tal como su cláusula de su contrato real y el interno lo asegura, hubiera podido morir en un accidente de trabajo genuino porque su trabajo era en realidad peligroso; a fin de cuentas, soy la única fuerza de la naturaleza que paga su propia póliza de seguros.

Al parecer, pensar en los motivos de mi reacción es el último bastión que me queda. Fue la pregunta, me sacó de balance. Tenía razón: en un ritmo paulatino mis planes se vuelven cada vez más excéntricos, yo mismo he entendido que mi empresa es inútil y en lo que respecta a mi papel, se encuentra calculado para hacerme perder la cordura. No a que pretenda estarlo, sino a que pierda completamente la cabeza. El único consejo con el que cuento es que me relaje y me deje llevar, que no piense demasiado en ello.

»it’s not what you think

anoche, por teléfono

Mi esposo, llamémoslo Joe, ha sido abogado por casi doce años; durante los últimos seis ha trabajado como defensor público (si el estado lo designa para representar un criminal) o un abogado defensor (si un tercero le contrata para representar un criminal). Se especializa y trabaja primarimente con apelaciones y así, muchos de sus clientes son criminales convictos. Piensen lo que quieran de lo que hace para vivir, pero a mi me consta que su intención es proteger los derechos humanos y constitucionales con su trabajo.

Ha pasado mucho tiempo con su último cliente durante esta fase del caso, esto significa que ha tenido que pasar mucho tiempo en prisión. Su cliente es un criminal de alto perfil, fue acusado un par de veces de asesinato en primer grado… si dijera su nombre, lo reconocerían y entonces sería secillo deducir quién es mi esposo, así que lo vamos a dejar así. Este tipo tiene condena de muerte y está esperando ser ejecutado por dos asesinatos… pero como una buena mayoría de sus clientes, mi esposo cree que este hombre es 100% inocente.

Su cliente fue acusado de matar a una conocida y al hijo de su conocida. No había evidencia física del crimen y de hecho, las autoridades nunca lograron localizar la escena del crimen. Más que algunos cabellos y siete minúsculas gotas de sangre, la evidencia primaria usada para condenar al cliente de mi esposo era toda circunstancial: algunos emails, un par de incidentes que involucraban al acusado y la víctima, una línea de tiempo hipotética establecida en base a los testimonios de algunos supuestos testigos, un registro de videovigilancia en una gasolinera a algunas cuadras del lugar del hallazgo de los cuerpos y una llamada al 911 de un hombre sin identificar en la noche que la fiscalía alega que el asesinato se cometió…  datos blandos, pero si el acusado pertenece a una minoría étnica y vive en un estado pro pena de muerte, te sorprendería saber lo poco que la fiscalía necesita para convencer a 12 personas de ejecutarlo.

»call her

Globo

Cuando tenía cinco años fui a un kínder que, desde lo que puedo recordar, estaba enfocado en la importancia del aprendizaje a través de la experiencia. Era parte de una iniciativa basada en el ritmo propio de aprendizaje de los niños; tal vez para facilitar esto era que la dirección permitía que los maestros crearan programas de trabajo muy inventivos. Cada maestro se enfocaba en cierta área de especialidad y formaba grupos que duraban durante todo el año, en la dirección de su área de conocimientos. Los grupos tenían nombres: había un grupo espacial, un grupo marino, un grupo terrestre; yo estaba en el social.

En este país, durante el kínder, aprendes tanto como amarrarte bien los zapatos y compartir cosas, no hay mucho más que recordar. Recuerdo un par, muy claramente: que fui el primero en aprender a escribir correctamente mi nombre y el proyecto del globo; la piedra angular del grupo social, que pretendía describir en un nivel muy simplificado, cómo es que funciona una comunidad.

Probablemente has escuchado de esta actividad. En un viernes (recuerdo claramente que era un viernes, porque había estado emocionado por el fin del proyecto durante toda la semana), hacia comienzos del año, entramos una mañana al salón para encontrar un globo flotando y unido a nuestro pupitre con cinta adhesiva. En cada uno de nuestros pupitres, había un plumón, una pluma, una hoja de papel y un sobre de carta. El proyecto consistía en escribir una nota, meterla dentro del sobre y pegarla al globo, en el que podríamos dibujar algo con el plumón, si queríamos. La mayoría de los niños comenzaron a pelear por los globos, porque querían un color distinto, pero yo fui directamente a escribir mi nota, porque era en lo que había estado pensando.

Todas las notas debían seguir una estructura básica y flexible dentro de cuyos márgenes se nos permitía ser creativos. Mi nota decía algo así:

¡Hola, encontraste mi globo!, Mi nombre es [mi nombre], y voy al kínder [nombre del kínder]. Te regalo mi globo, pero me gustaría que contestaras mi carta, me gusta Bob Esponja, explorar, construir fuertes, nadar y estar con mis amigos. ¿A ti qué te gusta? Ojalá me escribas pronto. Te dejo un dólar para el correo.

En el dólar escribí, a lo largo PARA LAS ESTAMPILLAS, lo que mi mamá me dijo que no era necesario, pero yo creí que sería un detalle genial.

»Mantener correspondencia

el suicidio de Calamardo

Quiero advertirte que si estás esperando una explicación al final te vas a desilusionar, no hay ninguna. Fui un interno de los estudios Nickelodeon hacia 2005, por mi título en animación. Por supuesto, no había sueldo, pero eso es normal en los internados; sin embargo uno siempre termina por obtener algunos privilegios; para los adultos no parecerán la gran cosa, pero cualquier niño mataría por cualquiera de ellos.

Gracias a mi trabajo podía ver los nuevos episodios de las series con muchos días, a veces semanas de anticipación. Recientemente se había estrenado la película de Bob Esponja y eso había dejado al equipo entero algo cansado, así que comenzar con la nueva temporada llevó más tiempo de lo esperado; sin embargo, ese retraso bien pudo deberse, también, a razones más sombrías.

Yo y dos internos nos reunímos en el cuarto de edición con los jefes de animación y los editores de sonido para revisar un corte final, habíamos recibido una copia de “Miedo a la Cangreburger” y nos encontrábamos ya todos delante de la pantalla para revisarlo. Dado que el capítulo aún pasa por un proceso de posproducción, animación solía dejar títulos falsos, “Cómo es que el sexo no funciona” en vez del oficial para el capítulo en donde Patricio y Bob adoptan una ostra, por ejemplo. Simples chistes locales para hacernos sonreír un poco a todos.

Cuando vimos el título de este: “El suicidio de Calamardo”, no lo pensamos sino como uno de esos juegos. Uno de los internos rió un poco al leerlo. El capítulo abrió con el tema acostumbrado, mostrando a Calamardo practicando con su clarinete, dando unas cuantas pisadas deprimentes, como es su costumbre. Bob Esponja ríe afuera y Calamardo le grita desde la ventana, avisándole que tendrá un concierto esa noche.

»Hacerlo