un escalón extra

Verás, los astronautas podemos ser graciosos, Karla, de la misma forma en la que siempre encuentro graciosas las estaciones espaciales en una película. Cuando algo anda mal en esas, las luces comienzan a parpadear, las alarmas suenan y hay una voz que dice “Emergencia, emergencia”; como si una mala iluminación y algunos ruidos fuertes pudieran ayudar en algo. Si algo sale mal en una estación, Karla, simplemente no hay tiempo para asustarse, para tener una emergencia.


mímesis

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Esa cosa apareció una mañana, un cúmulo, un pedazo de algo asomando del suelo. En adelante me dediqué a cortarlo y desde ese día se dedicó a salir. Al principio creí que se trataba de algún tipo de planta pero al examinarla más de cerca me di cuenta que este era un bulbo de piel, un tumor. Lo cortaba con asco todos los días con la ayuda de un hacha y volvía a salir y yo la volvía cortar y ella volvía a salir. Soy una persona curiosa. Así que un día decido que la voy a dejar crecer un poco para ver qué pasa… grave error. El bulbo se levanta del suelo y se convierte en una esfera de carne que palpita. Una noche mientras intento dormir me asomo por la ventana y veo a la cosa moviéndose, como si algo empujara desde su interior pero realmente nada empuja desde su interior sino que se está esforzando. En un momento veo una silueta que me parece la de una mano y me llena de horror. Cierro la cortina y pretendo que no vi nada, que todo es mi imaginación. Mi imaginación me está engañando, me digo, y consigo dormir por esa noche. El siguiente día decido que haré guardia delante de ella, solamente para convencerme de que he visto mal. Me llevo una silla y me siento en el porsche. Me quedo dormido antes de que pase nada. Pasada una semana decido que ese día no voy a trabajar, duermo durante todo el día y me levanto a las ocho de la noche. Alrededor de las tres de la mañana la bola comienza a moverse y a adoptar una forma que me parece muy familiar. Pulso tras pulso, voy reconociendo los rasgos como si se tratara de un recién nacido: la nariz aguileña, la mirada fría que siempre ha incomodado a todos. Se está burlando de mí, pienso, porque ha formado una mecedora con sus propios bultos e incluso algo que parece ser una pipa. La cosa extraña camina a la par de mí. Se mueve con tal sincronía con mis propios sentimientos que de pronto me siento delante de un espejo. Levanto una mano y la cosa también. Levanto la otra, la cosa también. Nos rodeamos contemplándonos, buscando una falla, un momento para atacar al otro. Corro a la casa a la par que él, atravesamos el porsche como en una coreografía, los dos sabemos lo mismo, los dos pensamos lo mismo, los dos queremos lo mismo, pero yo alcanzo la escopeta primero y le disparo. la criatura se desploma con los perdigones. Me sujeta y me ensucia la ropa nueva con su sangre. Me miro morir, despacio, a poco de su último respiro, me doy un tiro en la cabeza y ahí acaba la similitud. Estoy cansado. Arrastro mi cuerpo afuera y lo lanzo lejos de mi casa. Lo enterraré mañana, me digo, luego me recuesto a dormir.


Silvia

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Comencé a vivir en el complejo cuando tenía 24 años. “Complejo” es, probablemente, decir demasiado, porque en realidad es sólo un bloque de departamentos para la rehabilitación de pacientes mentalmente inestables. Tenemos de todo, desde esquizofrénicos hasta diagnósticos muy severos de depresión y todo lo que pueda definirse en medio de esos dos polos. Si voy a contar esta historia, debo regresar un poco más atrás. Entrené en Australia para convertirme en un enfermero. Me inscribí a un programa doble de humanidades y cuidado terapéutico; para el componente de humanidades, me licencié en psicología; que es también en donde descubrí mi interés por el cuidado psiquiátrico. Hice mis internados en hospitales psiquiátricos y hospitales; en mi último año, se me localizó en un gran manicomio. Fue aquí donde conocí a Brian. Era un caso interesante. Sufría una esquizofrenia paranoide, aunque había adquirido los síntomas de modo prematuro; siendo detectado a la edad de 16 años. Era resistente a muchos tipos de narcóticos, encontraba de poco a nada de alivio en la terapia ocupacional y de grupo y había resistido un ciclo completo de terapia electroconvulsiva, sin mejoras. Su familia debió depender más y más de internamiento para cuidar de él, hasta que finalmente, cuando cumplió 22 años; fue admitido permanentemente en en manicomio en el que yo también me encontraba; el hospital psiquiátrico St John of God, en Burwood, Sydney. Me atrajo desde el momento en el que lo conocí. Aunque padecía de síntomas comunes entre esquizofrénicos, si bien, en un nivel bastante avanzado (alucinaciones auditivas, táctiles y visuales de grado mayor y un cuadro paranoico completo), me cayó bien. Me pareció un tipo normal, de más o menos mi edad, de cabello revuelto y mal cuidado.

Tenía buena complexión, se mantenía ejercitado en su propia celda; que le habían permitido adaptar con pequeños cambios (una barra atravesada por encima de la puerta, para hacer brazo), debido al largo tiempo que ya tenía internado. Hablaba con mucha soltura conmigo e incluso, durante mis descansos, iba a la zona de fumar con él, para compartir un cigarrillo. Mi internado duró un mes entero, pero mi trabajo les impresionó tanto que me contrataron cuando terminé mis estudios. Acepté. Cuando me fui, Brian y yo mantuvimos contacto por eMail, nos habíamos vuelto amigos. Pasaron unos cinco meses antes de que me titulara y luego un par más, para las vacaciones de fin de año. Luego fui directo al St John of God, a tomar mi plaza. Compartíamos un montón de gustos, rasgos de personalidad y opiniones. Le solía llevar discos, libros y sets completos de DVD, para fomentar la conversación sobre temas y su vida en estos pasillos.

Durante la integración de un nuevo programa gubernamental, se compró un huego de departamentos y en asociación con otras autoridades de la salud y otros hospitales, se decidió que serían utilizados como un espacio de rehabilitación o estancia permamente de pacientes con síndromes mentales que requirieran terapia de largo plazo o se encontraran lo suficientemente bien para readapatarse a la vida pública. Me ofrecieron un lugar ahí, como cuidador, que implicaría que tendría que vivir ahí y hacerme cargo de la medicación y amenjo de los pacientes. Era un gran paso para mi edad, les dije que lo pensaría. Luego, durante un descanso y fumando, lo discutí con Brian. Me dijo que sabía del proyecto, porque era de los candidatos que ocuparían un departamento, me rogó que tomara el trabajo y entonces dijo con un tono más bajo “podrías protegerme”.

La cosa interesante con los pacientes esquizofrénicos, es que su condición es una realidad para ellos. Creen en todo lo que experimentan y en lo que las voces dicen. Brian contaba con lo que solemos llamar insight, que puede explicarse como el entendimiento de su enfermedad, así como de los síntomas y el hecho final de que nada de esto es real; sino solo una parte de su condición. Era, sobre todo por esto último, que escucharlo expresar que necesitaba protección de mi parte, me sorprendió.

—¿de qué, Brian?

—de Silvia.

Es muy frecuente que quien padece de esquizofrenia establezca rapports con sus alucionaciones, que tengan alguna en particular, muy recurrente durante todo su curso, que compacte características y rasgos por completo únicos. En reportes iniciales, Brian llegó a hablar de ser visitado por una “mujer gato”; luego de que se le explicara que esto era parte de su condición, había dejado de mencionarlo.

—Brian, sabes que no es real, ¿lo sabes, verdad?

—ella no, ella es real.

Me preocupó, pero mantuve la calma y le pedí que me describiera lo que creía estar viendo.

—no hay manera de describirla, a menos que la veas tú mismo y la escuches aullar.

 

Luego de pensarlo por un tiempo, tomé mi decisión. El incremento en la paga era muy notable y era exactamente el tipo de trabajo que me imaginaba desempeñando, sentía que podía hacer carrera en este puesto y me mudé a Camden. Camden es una comunidad relativamente rural, aunque queda cerca de la ciudad de Sydney y está llena de desarrollos urbanos por todas partes. Este, el bloque en el que viviría, se localizaba bastante lejos del distrito central de Camden, en una zona no muy poblada. No me preocupó mucho, pensé que el espacio y el silencio, de hecho, me vendrían bien. Durante el siguiente par de años, la gente vino y se fue, la vida fluyó en automático y aunque me hubiera hecho de una respetable nómina de amigos fuera de mis labores, mi relación con Brian, floreció. Vivíamos a un par de puertas de distancia y varias veces a la semana, me visitaba o lo visitaba, para tomar un par de cervezas, ver películas, pasarla (probablemente no debí dejarlo beber, pero vamos a suspender las apreciaciones éticas por un rato).

 

Como fuera, su condición empeoraba. Reportaba constantemente ver a la “mujer gato”, lo visitaba por la noche y a veces, incluso durante el día. Reporté su condición a los médicos que llevaban su caso, pero estos dijeron que no había necesidad de relocalizarlo hasta que su cuadro se definiera por completo. Brian no era tonto. Creo que me hablaba a mí con honestidad y le decía otra cosa a los médicos. Sabía que, de otra forma, lo encerrarían de vuelta y lo llenarían de narcóticos, para repetirle, una y otra vez, cosas que había escuchado por años. Hice lo que pude para apoyarlo y cuidar de él. Se notaba más tranquilo cuando estaba conmigo, hablaba de sus experiencias con libertad y me repetía que no se sentía seguro a solas. A menudo me encontré escuchando lo que me contaba, suspendiendo mi escepticismo y creyéndole quizá, demasiado, sólo para recordar, en determinado momento, su enfermedad.

Nunca contó las cosas con demasiado detalle, excepto en algunas contadas ocasiones e incluso en ellas, los detalles eran supérfluos. Me dijo que tenía calculado exactamente el momento en que era visitado. Los ruidos comenzaban, siempre, a las tres con veinte de la mañana.

—¿Qué ruidos, Brian?

—Los maullidos. Suena como si hubiera un gato atrapado en mi departamento, pero no tengo un gato y no hay ningún gato por aquí cerca. A veces voy y reviso, pero tan pronto como me aproximo o enciendo una luz, se detiene.

Los maullidos comenzaban lejos, se aproximaban por el pasillo y llegaban hasta el otro lado de su puerta. Entonces la veía.

—¿Cómo se ve?

Brian se estremecía visiblemente, murmuraba “sucia” y se negaba a continuar, a elaborar mucho más, reptiéndome lo que siempre me decía:

—no hay manera de explicarlo, a menos que tú mismo la veas.

El tiempo pasó y Brian empeoró. Me pidió que le permitiera tener una cámara, para que pudiera grabar sus alucinaciones y así creyera que de verdad estaba en peligro. Sabía que no podía hacer eso. Brian tenía dinero de sus padres, pero no hubiera podido hacer eso sin reafirmar sus alucionaciones y empeorar su condición. Se volvió reclusivo, volviendo a la comunicación por email, como solíamos hacerlo al comienzo y lentamente, distanciándose, hasta que sólo lo veía para asegurarme de que estuviera tomando sus medicamentos y comiendo y limpiándose apropiadamente. La conversación por email se mantuvo.

 

Regresé tarde de una noche de parranda con mis amigos del pueblo. No hay mucho qué ver en Camden, pero hay algunos pubs que al final están bien, que son relativamente limpios y tranquilos. Los departamentos estaban oscuros y callados. Entré al mío, me quite los zapatos y encendí la computadora; lo había vuelto un hábito. Había perdido a Brian socialmente y ahora sólo podía conversar con él via correo electrónico. Eché un vistazo a mi bandeja de entrada, revisando notificaciones y borrando spam, hasta llegar al mensaje de mi amigo, con el asunto y el cuerpo del mensaje en blanco. Había un archivo adjunto. “xlivid.avi -42mb”.

Decidí abrir el archivo en vez de guardarlo. Una habitación a oscuras apareció en la ventana del reproductor. La luz de la luna iluminaba la ventana de Brian y una respiración pausada me hizo pensarlo dormido. La puerta estaba a la izquierda de su cama. Entendí que había decidido filmar todo con la cámara de su laptop, cuando se dio cuenta de que yo no lo ayudaría. El video duraba 10 minutos. Miré los primeros veinte segundos sin que nada pasara. Salté un minuto. Nada.

Estaba a punto de avanzar un poco más cuando escuché un sonido. Era casi indistinguible de la respiración de Brian, pero estaba ahí. Conecté unos audífonos y escuché con atención. Un canturreo venía de algún lugar, afuera del cuarto. Comenzó a crecer en magnitud. Era un maullido. Vi a Brian contraerse y jadear, despertando mientras el sonido se incrementaba. Vi su cara pálida iluminada por la luna mientras tomaba la laptop y la ajustaba para captar parte del techo; se asomó nuevamente antes de apuntarla bien hacia la puerta. El maullido, sin duda, se encontraba en el pasillo, afuera de su habitación. Esto duró unos cuatro minutos, hasta que la manija de la puerta comenzó a moverse y la puerta recorrió sus goznes.


Vox y el rey Beau

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¿qué harías si descubrieras que Beau es real?

No tengo idea. Creo que ese es el motivo por el que me he acostumbrado a venir aquí y charlar con ustedes. Estoy por completo dispuesta a creer que me estoy volviendo loca o tengo un tumor en el cerebro. Fui criada por un médico, tengo fe en la medicina moderna y la ciencia.

Por otro lado, sé lo que vi la otra noche. Ese hombre en mi cuarto estaba ahí, el sonido del suspiro estaba ahí, afuera de mi cabeza, nada imaginario. Además, mi mamá me vio moverme como una araña por su cuarto cuando era niña y algo le pasó a mi gato. Tal vez así sea como la gente loca se siente. Pero si esto es real, de verdad, no tengo ni la menor idea de lo que debería de hacerse.

Lo siento, acabo de colgar con un amigo. Es el mismo que vino el otro día y me ayudó a revisar que no hubiera nadie en mi casa. Al parecer acaba de sufrir uno de esos casos de “parálisis de sueño”. Abrió sus ojos y creyó estar escuchando voces en su habitación. Como en esta clase de casos, no podía moverse y una figura oscura lo estaba observando desde los pies de su cama. No sabe cuanto tiempo duró, la figura se desvaneció y él despertó y pudo moverse de nuevo.

No le he contado todo, sólo sabe que creí ver a alguien en mi casa la otra noche. Está asustado por que nunca ha experimentado una parálisis de sueño antes, así que probablemente vendrá de visita para calmarse. A estas alturas estoy tan cansada de estar sola que probablemente le contaré todo.


Los ojos de Lily Palmer

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Lily Palmer no había llegado a los 4 años de edad cuando sufrió lo que sus doctores llamarían un agudo principio de alucinación sensorial. Esta foto, tomada por la mamá de Lily, Annette, durante la noche de Halloween en 1952, captura el momento exacto en que comienza su padecimiento. Lily y su nana filipina habían estado dando dulces a los niños cuando la niña gritó de pronto y comenzó a arañarse los ojos.

Pasó algo de tiempo antes de que pudiera recuperar el habla y cuando lo hizo, Lily habló de “cosas caminándole por los ojos”. Varios días después, siendo dejada momentáneamente sola en su habitación, Lily se perfora los ojos con una aguja para tejer de su madre.

Fue diagnosticada e internada, permaneciendo así durante el resto de su vida, primero en Bellevue (en el Este de Manhattan) y luego en el centro psiquiátrico Rockland, en Orangeburg; donde fallecería de un ataque cardíaco en Marzo de 2001. Una llamada a los cuidadores de Lily confirmó que sus episodios eran mucho más intensos durante las noches de Halloween, pero por la mayor parte de su vida, pudo ser escuchada rogando al equipo del sanatorio para que la ayudaran a “quitarse estas cosas de los ojos”.


Come perro

—Le ofrezco una disculpa, señor Roberts. En verdad esperaba que usted fuera idóneo para este trabajo. De vez en cuando, alguien como usted lo es.


La puerta de Bernhard

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La puerta de Bernhard (condición del sueño)

Los investigadores responsables de analizar los datos recolectados creen que todos, en algún momento, han experimentado La puerta de Bernhard.

32% de los sujetos entrevistados [de una batería de 1,300 individuos] reportan haber experimentado [una vez o más] sueños durante los últimos 5 años donde había una puerta. 16% recuerdan la puerta en alguno de sus sueños de la infancia, al menos a diez años de distancia de la entrevista. Un 19% adicional son capaces de recordar el sueño únicamente bajo la inducción de un estado de hipnosis.

67% en la batería de pruebas, han experimentado el fenómeno.

Descripción:

En la mayor parte de los casos, el sueño comienza en el hogar o casa que el sujeto habitó durante su niñez. En el sueño, el sujeto se encuentra solo, vagando por la casa [en algunos casos, en busca de alguna cosa]. La puerta es descubierta en un lugar oculto e inaccesible, comúnmente detrás de una pieza grande y pesada de mobiliario [un librero, una estantería]. El sujeto siente una fuerte sensación de Dejà Vu; como si siempre hubieran sabido que esa puerta existía, pero lo hubieran olvidado a través de los años. Adicionalmente, suelen sentir que casi recuerdan lo que hay adentro.

El sujeto es tentado a mover los obstáculos y entrar. La puerta por sí misma es casi siempre pesada y difícil de abrir [en algunos casos requiere de una llave, que ocurre que el sujeto, sin explicaciones, tiene]. Una vez abierta, la puerta da paso a una larga escalera que sube [aunque en un mínimo porcentaje, baja] a un nivel no visible desde el inicio del ascenso; un sentimiento de nerviosismo y miedo irracional comienza a crecer en el sujeto mientras sube los peldaños.

Los datos se vuelven inconsistentes a partir de este punto, las descripciones tienen amplias variaciones. Un escenario en particular cuenta con cierta frecuencia digna de análisis [alrededor del 27% de los casos]: el sujeto llega a un cuarto al final de la escalera. Aquí se encuentran con un juguete viejo, una pintura o una fotografía que parecen recordar vagamente de su niñez. Conforme el sujeto se acerca al objeto, este adquiere vida. El sujeto percibe que el objeto es “malo” y quiere lastimarlo o realizar un acto de hostilidad deliberado contra él. Los reportes varían en los sucesos subsecuentes, con algunos de los sujetos siendo “matados” por el objeto, mientras otros consiguen huir en una persecución angustiante.