un escalón extra

¿Conoces esa sensación, Karla, de esperar un peldaño más en la escalera y llegar al suelo? ¿Ese medio segundo en el que te desorientas por completo? Eso es lo que los astronautas solemos sentir, hasta que nos acostumbramos.
Perdón por divagar, hablar me ayuda.
Te preguntabas si me habían dado píldoras de suicidio antes de la misión. Me reí, te dije que ese era un mito, que para morir en una estación basta con desatornillar una exclusa y que, de cualquier modo, los astronautas no pensamos así.
Antes de la primer misión a la luna, se cuenta que un reportero le preguntó a alguien en la tripulación qué haría si de pronto el módulo no pudiera despegar y se quedaran varados.
¿Su respuesta?

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Ultimatum

Recuerdo el día en que las arañas salieron de sus agujeros y cubrieron la superficie de la luna. Los telescopios de la NASA capturaron en video de alta definición a las olas de criaturas, arrastrándose como un líquido hasta donde el cuadro alcanzaba. Eran tan grandes como carros. Distinguir la forma de una sola, de entre la multitud, me llenó de asco por días.

Los temblorosos meses siguientes, la humanidad reaccionó a la presencia de formas de vida en el sistema solar, no en una remota luna como Titán, no en algún planetoide inhóspito del cinturón, sino en nuestro propio satélite. Muchos querían cristalizar el polvo de la superficie con cabezas nucleares. Otros querían la paz. Algunos los creían dioses.

Yo dejé de mirar hacia arriba por la noche: el rojo marrón de las criaturas se había devorado al conejo entero.

»clic clic clic clic

La píldora

No te la tomes.

Es un milagro glorioso y la cosa más grande que haya pasado, dicen, y probablemente dentro de poco la ley se la administrará a los bebés, tal vez al mismo tiempo que sus primeras vacunas. El fragmento de la cosa ahí dentro pesará apenas un par de gramos y será producida directamente de una piscina que se instalará en todos y cada uno de los hospitales, muy pronto.

Esos gramos son suficientes. Seguro, jamás tendrás cáncer, vivirás hasta los ciento cincuenta años, tendrás huesos más resistentes y el sistema inmunológico más resiliente que el planeta haya visto; nunca vas a necesitar anteojos o ayuda auditiva y si llegaras a perder algo pequeño, como un dedo, lo recuperarás en menos de medio año; si pierdes algo como un brazo completo, estarás acostumbrándote a sus torpes movimientos en dos. Es la clase de milagro médico que es lo suficientemente creíble para adoptar; no resolverá todos nuestros problemas y tal vez cree algunos nuevos, una sobrepoblación épica, por usar la lógica un poco. Pero funciona y es barato y no se termina y es todo lo que necesitamos. Seguro, todavía no pueden explicar por completo cómo es que la cosa realmente reescribe nuestro código genético después de comernos unos gramos; pero la promesa de respuestas en el futuro inmediato está hecha y no se han registrado efectos secundarios.

Viene de una variedad de estrella marina previamente desconocida; pero no te vas a enterar de eso en las noticias. Creo que por ahora, la versión oficial afirma que están produciéndola artificialmente. Estas estrellas viven en las zonas más profundas y oscuras del océano y no son muy grandes, ni muy llamativas. Probablemente las hemos visto antes, cuando enviamos alguna sonda, y las hemos ignorado. Muy curioso que ese idiota con el show en el que come cosas raras se haya hecho con una, dios sabe cómo, y creído que sólo se había comido una estrella marina algo rara, antes de recuperar el pie que perdió un año después. Te aseguro que hubieran despedazado su casa, que hubieran analizado galones y galones y de su sangre y secuestrado a toda persona que hubiera tenido el más mínimo contacto con él; pero resulta que justo durante la interrogación, dieron con la razón: el tipo recibió el espécimen con vida y seguramente, después de cortarle un pedazo, le dio lástima y la dejó vivir en una pecera. Una cosa llevó a otra y en menos de lo que me he tardado, tenían una tonelada de esas porquerías.

§él está loco, todo esta bien

Un parpadeo de Dios

El 25 de Marzo a las 14:57 hora de Greenwich, el mundo se detuvo por 27 minutos y 54 segundos. No hubo sacudida repentina, nadie se quedó inconsciente, no hubo una ida a negros y de regreso.

Para todos, el tiempo pareció estar y seguir normal: un segundo después del otro. Los pájaros volaron, la gente habló, el viento sopló, la lluvia cayó; nada pareció indicar que algo inesperado le hubiera ocurrido a los habitantes del mundo. Para ser capaz de notarlo debiste tener una perspectiva externa de planeta y sus torpes satélites artificiales; La NASA y las agencias espaciales por ejemplo, que perdieron comunicaciones satelitales y señales entrantes de casi media hora. Naturalmente, la primer conjetura descansaba en un problema de las computadoras en Tierra; pero esto acarreó una pregunta más grande -un error en una computadora es posible, pero, ¿todas las computadoras de los centros espaciales alrededor del planeta, con la misma falla, al mismo tiempo?

La siguiente conjetura descansó en la posibilidad de un virus o una brecha de seguridad informática, un hacker. Un equipo internacional se ensambló con la finalidad de investigar lo que debía ser la mejor y más gigantesca operación coordinada de toda la historia, cuando los primeros reportes de astrónomos confundidos y preocupados comenzaron a arribar; con ellos, la verdadera dimensión de lo que en realidad había ocurrido.

Utilizando datos extraídos de los observatorios telescópicos en Jodrell Bank, Palo Alto, Mount Pleasant y otros a lo largo del mundo, contrastados contra los registros estelares y los modelos computacionales vigentes del vecindario galáctico, pudo determinarse que durante veintisiete minutos y cincuenta y cuatro segundos, la tierra perdió sincronía con el resto del continuo conocido de espacio-tiempo. El mundo como lo conocemos, parpadeó fuera de la existencia durante este lapso y luego regresó sin ningún cambio, como si nada hubiera pasado. Para toda referencia y resumen, durante esa breve ventana de tiempo, todos dejamos de existir.

El equipo de investigación internacional fue reasignado, se firmó un cheque en blanco, poniendo a disposición el máximo de recursos y atrayendo a las mayores mentes de todos los campos científicos, para investigar este hecho bajo la mayor confidencialidad posible. Nadie necesitó una explicación del pánico resultante de volver esta información pública antes de encontrar una racional y ojalá que tranquilizante explicación. Aquellos que no deseaban guardar silencio, fueron invitados a colaborar con métodos menos ortodoxos.

Al margen de los distintos nombres códigos asignados a los equipos de investigación, aquellos involucrados en el hecho comenzaron a llamar a la anomalía, con cierto tono cómico: “el día que dios parpadeó”. En conversaciones casuales entre los miembros del proyecto, eventualmente esto terminó siendo acotado bajo el término de “el parpadeo”.

  §reiniciar…

Los muros

Llovía agua nieve y  eran las dos de la mañana. Tiré mis huesos en el asiento de un camión de transporte público, recién salido de la guardia. Estaba muy cansado para manejar mi viejo armatoste. Me senté hasta el fondo esperando dormir. Había un par de muchachos darkis sentados hasta adelante. Recargué la cabeza en el vidrio y cerré los ojos mientras el camión aceleraba.

—Pensé que te encontraría aquí.

Abrí los ojos pensando que me hablaban. Eran dos hombres, vagabundos típicos vestidos con harapos. El de barba se había sentado. El alto, de gabardina, seguía de pie. No los había visto al subir, ni al sentarme. Estaban a dos lugares de mí. Temía que me pidieran algo de cambio o se dirigieran a mí. Estaba a nada de cambiarme de lugar cuando volvieron a hablar.

—Es un buen lugar, todos suelen estar muy ocupados.

—Si nos oyeran nos ignorarían —Gabardina se sentó junto a su interlocutor, —debemos estar locos, ¿recuerdas?

Ok. Me sentí muy intrigado, lo admito. Esto se veía con algo de potencial, al menos para pasar el tiempo. Así que cerré los ojos y simulé dormir mientras escuchaba con atención, esperando que nunca se dirigieran a mí. Este es mi mejor esfuerzo de recrear la conversación, de memoria (y créeme, he pensado en ella lo bastante):

§Escuchar de paso

abajo

Este es el fin de el hombre y todo lo que ha logrado. He tenido bastante tiempo para pensar en ello desde la última vez que vi el sol. No es el fin del mundo. Es sólo el nuestro.

Comenzó hace poco más de un mes, aunque pudo haber pasado más tiempo. Sólo cuento con los relojes que tengo por la casa para calcular hace cuanto y la mitad de ellos se han detenido. Estaba en las noticias, un crucero hundiéndose, sin razón alguna. No estaba dañado, símplemente fue jalado hacia abajo. Luego el resto de las noticias comenzaron a aparecer. Todo en el agua se estaba hundiendo: las plataformas petroleras desaparecían, la gente en las playas se sumergía y no volvía más. Nadie explicaba lo que estaba pasando. Las cosas no flotaban más. No se habló de otra cosa durante un rato.

Fue durante una transmisión en vivo, desde alguna bahía. La corresponsal estaba reciclando lo que se sabía delante de la cámara: los mismos hechos, las mismas preguntas que todos nos habíamos estado haciendo. De pronto la reportera grita y la cámara se inclina hacia abajo para ver sus pies. Está hundida en la arena, casi hasta las rodillas. Me recuerdo sonriendo, pensando que se trata solamente de sugestión, pero luego la cámara se le cae de las manos al camarógrafo. El circo entero de equipos de producción de noticias presente en esa playa se está hundiendo. La reportera está hundida hasta el pecho. El sonido de gente gritando, pidiendo ayuda, se pierde mientras el cuadro de la imagen se llena de arena.

Las noticias continuaron algunos días más, pero realmente no había nada qué decir. Algunos culparon a ciertos huecos bajo la arena del fenómeno, otros intentaban enfocarse en posibles soluciones para el fenómeno. Era una pérdida de tiempo, todo. Era mucho más sencillo mirar por la ventana. Afuera, la ciudad se había convertido en un pueblo fantasma. Todo el mundo estaba en sus casas, con demasiado miedo de salir. No parecía tener sentido: los caminos, el pavimento mismo se rajaba y se hundía bajo la tierra; señales de tráfico y semáforos eran rebasadas por míseras plantas, las casas crujían y temblaban mientras eran consumidas desde sus cimientos mismos.

Hubo quien intentó escapar, saltando de una azotea a otra, buscando “terreno alto”. Ocasionalmente, uno podía ver, en los canales que seguían emitiendo, refugios improvisados en la punta de rascacielos. He salido una sola vez fuera de mi casa desde que esto comenzó, a través de las azoteas de las casas vecinas. Intentaba conseguir provisiones de una tienda cercana, pero todo resultó una pérdida de tiempo. Era un baldío para cuando llegué: había sido saqueado ya y estaba lleno de toda la evidencia que necesitaba para entender qué tan mal iban las cosas. Es fácil entrar en negación respecto a algo como esto, hasta que te afecta directamente. Cuando regresé a mi casa, noté que mi carro había desaparecido, casi. Podía verse parte del techo asomando desde lo que parecía una piscina de tierra suelta. No era solo mi carro, eran todos. Los camiones, abandonados a la mitad del camino, parecían resistir mucho más por sus dimensiones, pero todo era cuestión de tiempo.

Algunos días después, toda la planta baja de mi casa se había convertido en un sótano. Me las arreglé para trabar las ventanas y las puertas de tal manera que resistieran la presión de la tierra por al menos un tiempo, pero ahora me parecía una celda de prisión, un mausoleo en el que definitivamente no quería pasar ni un solo momento. Paso ahora casi todo mi tiempo en la planta alta, junto a una ventana casi al ras del suelo, mirando al mundo hostil del que un día me creí parte.

Mi vecino murió ayer. Se cayó de su azotea, la tierra se lo tragó. No es el primero que veía. Lo que llamó mi atención, fue el motivo por el que se cayó: estaba intentando evitar que su perro saliera. El perro está bien. Eso creo. Corrió. Los animales no parecen ser afectados. Este es sólo nuestro destino. Ese pequeño descubrimiento ha probado ser demasiado para mí. Todo esto. Una pesadilla viviente. Me puse borracho y me quede dormido.

Desperté por el dolor de cabeza, en medio de la oscuridad. Probé los interruptores de luz y los fusibles. No había corriente. Tomé la lámpara de mano que tengo cerca de la caja de fusibles para moverme por la casa. Mientras miraba en la planta alta, me encontré con el último vistazo que tendría de luz natural. Afuera estaba amaneciendo. Para el momento en que alcancé la ventana, la luz había desaparecido y yo me encontraba aquí, abajo. Intenté escapar rompiendo el techo, sólo para encontrarme con finas líneas de tierra del otro lado. No estoy muy seguro de cuanto tiempo más duraré aquí, en mi ataúd de conveniencia social. Queda poca comida, el aire se siente enrarecido. Tengo un par de velas y una caja de cerillos. Las baterías de la lámpara se terminaron hace poco. Este es nuestro destino. El destino del hombre.

Nuestro regreso a la tierra.

esta no es una voz que te dice algo

Vamos, tarde o temprano todos llegamos a escuchar esa voz; es la misma voz de la certeza que un día te explicó que delante de esa sensación a media noche tu única defensa es la cobija o que no era una buena idea seguir por aquella calle por la que decidiste no seguir; esa misma voz, un día, sugirió que existen cosas que tu especie nunca entenderá, con las que su mente es incapaz de convivir, ideas capaces de transformar por entero cómo lo entiendes todo.

Por supuesto que tiene razón, pero no es como si eso haya detenido a nadie nunca. Todos, en cierto punto de su vida, han deseado “la verdad”, sobre la que llegan a sentirse dueños o merecedores por el simple hecho de respirar o bien, por algo más cercano a la ambición que a la búsqueda de conocimiento. Algunas veces la encuentran, otras nunca, pero lo de verdad interesante ocurre cuando se detienen y deciden dejar de escuchar.

Reconoces estas palabras también, ha llegado a ser repetida por uno, dos, o tres filósofos: que no hay nada más tonto para un hombre que creer en lo que sus sentidos le dictan; nunca sospechar que alguna entidad maliciosa puede estar detrás, tergirversándolo todo, trastocando las direcciones: ¿estás leyendo esto, estás delante de tu ordenador, sostienes un aparato en una mano mientras miras pasar el tiempo “entreteniéndote”?

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