El Retrato de la familia Stevenson

¿Quién dice que los fantasmas no tienen sentido del humor? Los Stevensons eran una familia rica de Boston, orgullosa de gozar con los privilegios de la industria de la ciudad y una longevidad absoluta. Este retrato, tomado en 1945, conmemora un esfuerzo por reunir a los Stevensons más viejos alrededor de la más joven. Emelia (al centro), de 102 años de edad, obtuvo entonces el título de “Matriarca”, mientras que la pequeña Ophelia, se convirtió en el niño insignia con apenas 18 meses.

Lo que los Stevensons no notaron hasta que la fotografía fuera revelada era que alguien, de entre los muertos, se había dado cita con ellos para celebrar ese día. James Pullman Stevenson (1835-1932), sentado a la izquierda, entre su nieta Ginny y su sobrino Alfred, fue fácilmente identificado por los allí presentes y recordado, principalmente, por su bondad y su humor pesado y un tanto negro.


Silvia

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Comencé a vivir en el complejo cuando tenía 24 años. “Complejo” es, probablemente, decir demasiado, porque en realidad es sólo un bloque de departamentos para la rehabilitación de pacientes mentalmente inestables. Tenemos de todo, desde esquizofrénicos hasta diagnósticos muy severos de depresión y todo lo que pueda definirse en medio de esos dos polos. Si voy a contar esta historia, debo regresar un poco más atrás. Entrené en Australia para convertirme en un enfermero. Me inscribí a un programa doble de humanidades y cuidado terapéutico; para el componente de humanidades, me licencié en psicología; que es también en donde descubrí mi interés por el cuidado psiquiátrico. Hice mis internados en hospitales psiquiátricos y hospitales; en mi último año, se me localizó en un gran manicomio. Fue aquí donde conocí a Brian. Era un caso interesante. Sufría una esquizofrenia paranoide, aunque había adquirido los síntomas de modo prematuro; siendo detectado a la edad de 16 años. Era resistente a muchos tipos de narcóticos, encontraba de poco a nada de alivio en la terapia ocupacional y de grupo y había resistido un ciclo completo de terapia electroconvulsiva, sin mejoras. Su familia debió depender más y más de internamiento para cuidar de él, hasta que finalmente, cuando cumplió 22 años; fue admitido permanentemente en en manicomio en el que yo también me encontraba; el hospital psiquiátrico St John of God, en Burwood, Sydney. Me atrajo desde el momento en el que lo conocí. Aunque padecía de síntomas comunes entre esquizofrénicos, si bien, en un nivel bastante avanzado (alucinaciones auditivas, táctiles y visuales de grado mayor y un cuadro paranoico completo), me cayó bien. Me pareció un tipo normal, de más o menos mi edad, de cabello revuelto y mal cuidado.

Tenía buena complexión, se mantenía ejercitado en su propia celda; que le habían permitido adaptar con pequeños cambios (una barra atravesada por encima de la puerta, para hacer brazo), debido al largo tiempo que ya tenía internado. Hablaba con mucha soltura conmigo e incluso, durante mis descansos, iba a la zona de fumar con él, para compartir un cigarrillo. Mi internado duró un mes entero, pero mi trabajo les impresionó tanto que me contrataron cuando terminé mis estudios. Acepté. Cuando me fui, Brian y yo mantuvimos contacto por eMail, nos habíamos vuelto amigos. Pasaron unos cinco meses antes de que me titulara y luego un par más, para las vacaciones de fin de año. Luego fui directo al St John of God, a tomar mi plaza. Compartíamos un montón de gustos, rasgos de personalidad y opiniones. Le solía llevar discos, libros y sets completos de DVD, para fomentar la conversación sobre temas y su vida en estos pasillos.

Durante la integración de un nuevo programa gubernamental, se compró un huego de departamentos y en asociación con otras autoridades de la salud y otros hospitales, se decidió que serían utilizados como un espacio de rehabilitación o estancia permamente de pacientes con síndromes mentales que requirieran terapia de largo plazo o se encontraran lo suficientemente bien para readapatarse a la vida pública. Me ofrecieron un lugar ahí, como cuidador, que implicaría que tendría que vivir ahí y hacerme cargo de la medicación y amenjo de los pacientes. Era un gran paso para mi edad, les dije que lo pensaría. Luego, durante un descanso y fumando, lo discutí con Brian. Me dijo que sabía del proyecto, porque era de los candidatos que ocuparían un departamento, me rogó que tomara el trabajo y entonces dijo con un tono más bajo “podrías protegerme”.

La cosa interesante con los pacientes esquizofrénicos, es que su condición es una realidad para ellos. Creen en todo lo que experimentan y en lo que las voces dicen. Brian contaba con lo que solemos llamar insight, que puede explicarse como el entendimiento de su enfermedad, así como de los síntomas y el hecho final de que nada de esto es real; sino solo una parte de su condición. Era, sobre todo por esto último, que escucharlo expresar que necesitaba protección de mi parte, me sorprendió.

—¿de qué, Brian?

—de Silvia.

Es muy frecuente que quien padece de esquizofrenia establezca rapports con sus alucionaciones, que tengan alguna en particular, muy recurrente durante todo su curso, que compacte características y rasgos por completo únicos. En reportes iniciales, Brian llegó a hablar de ser visitado por una “mujer gato”; luego de que se le explicara que esto era parte de su condición, había dejado de mencionarlo.

—Brian, sabes que no es real, ¿lo sabes, verdad?

—ella no, ella es real.

Me preocupó, pero mantuve la calma y le pedí que me describiera lo que creía estar viendo.

—no hay manera de describirla, a menos que la veas tú mismo y la escuches aullar.

 

Luego de pensarlo por un tiempo, tomé mi decisión. El incremento en la paga era muy notable y era exactamente el tipo de trabajo que me imaginaba desempeñando, sentía que podía hacer carrera en este puesto y me mudé a Camden. Camden es una comunidad relativamente rural, aunque queda cerca de la ciudad de Sydney y está llena de desarrollos urbanos por todas partes. Este, el bloque en el que viviría, se localizaba bastante lejos del distrito central de Camden, en una zona no muy poblada. No me preocupó mucho, pensé que el espacio y el silencio, de hecho, me vendrían bien. Durante el siguiente par de años, la gente vino y se fue, la vida fluyó en automático y aunque me hubiera hecho de una respetable nómina de amigos fuera de mis labores, mi relación con Brian, floreció. Vivíamos a un par de puertas de distancia y varias veces a la semana, me visitaba o lo visitaba, para tomar un par de cervezas, ver películas, pasarla (probablemente no debí dejarlo beber, pero vamos a suspender las apreciaciones éticas por un rato).

 

Como fuera, su condición empeoraba. Reportaba constantemente ver a la “mujer gato”, lo visitaba por la noche y a veces, incluso durante el día. Reporté su condición a los médicos que llevaban su caso, pero estos dijeron que no había necesidad de relocalizarlo hasta que su cuadro se definiera por completo. Brian no era tonto. Creo que me hablaba a mí con honestidad y le decía otra cosa a los médicos. Sabía que, de otra forma, lo encerrarían de vuelta y lo llenarían de narcóticos, para repetirle, una y otra vez, cosas que había escuchado por años. Hice lo que pude para apoyarlo y cuidar de él. Se notaba más tranquilo cuando estaba conmigo, hablaba de sus experiencias con libertad y me repetía que no se sentía seguro a solas. A menudo me encontré escuchando lo que me contaba, suspendiendo mi escepticismo y creyéndole quizá, demasiado, sólo para recordar, en determinado momento, su enfermedad.

Nunca contó las cosas con demasiado detalle, excepto en algunas contadas ocasiones e incluso en ellas, los detalles eran supérfluos. Me dijo que tenía calculado exactamente el momento en que era visitado. Los ruidos comenzaban, siempre, a las tres con veinte de la mañana.

—¿Qué ruidos, Brian?

—Los maullidos. Suena como si hubiera un gato atrapado en mi departamento, pero no tengo un gato y no hay ningún gato por aquí cerca. A veces voy y reviso, pero tan pronto como me aproximo o enciendo una luz, se detiene.

Los maullidos comenzaban lejos, se aproximaban por el pasillo y llegaban hasta el otro lado de su puerta. Entonces la veía.

—¿Cómo se ve?

Brian se estremecía visiblemente, murmuraba “sucia” y se negaba a continuar, a elaborar mucho más, reptiéndome lo que siempre me decía:

—no hay manera de explicarlo, a menos que tú mismo la veas.

El tiempo pasó y Brian empeoró. Me pidió que le permitiera tener una cámara, para que pudiera grabar sus alucinaciones y así creyera que de verdad estaba en peligro. Sabía que no podía hacer eso. Brian tenía dinero de sus padres, pero no hubiera podido hacer eso sin reafirmar sus alucionaciones y empeorar su condición. Se volvió reclusivo, volviendo a la comunicación por email, como solíamos hacerlo al comienzo y lentamente, distanciándose, hasta que sólo lo veía para asegurarme de que estuviera tomando sus medicamentos y comiendo y limpiándose apropiadamente. La conversación por email se mantuvo.

 

Regresé tarde de una noche de parranda con mis amigos del pueblo. No hay mucho qué ver en Camden, pero hay algunos pubs que al final están bien, que son relativamente limpios y tranquilos. Los departamentos estaban oscuros y callados. Entré al mío, me quite los zapatos y encendí la computadora; lo había vuelto un hábito. Había perdido a Brian socialmente y ahora sólo podía conversar con él via correo electrónico. Eché un vistazo a mi bandeja de entrada, revisando notificaciones y borrando spam, hasta llegar al mensaje de mi amigo, con el asunto y el cuerpo del mensaje en blanco. Había un archivo adjunto. “xlivid.avi -42mb”.

Decidí abrir el archivo en vez de guardarlo. Una habitación a oscuras apareció en la ventana del reproductor. La luz de la luna iluminaba la ventana de Brian y una respiración pausada me hizo pensarlo dormido. La puerta estaba a la izquierda de su cama. Entendí que había decidido filmar todo con la cámara de su laptop, cuando se dio cuenta de que yo no lo ayudaría. El video duraba 10 minutos. Miré los primeros veinte segundos sin que nada pasara. Salté un minuto. Nada.

Estaba a punto de avanzar un poco más cuando escuché un sonido. Era casi indistinguible de la respiración de Brian, pero estaba ahí. Conecté unos audífonos y escuché con atención. Un canturreo venía de algún lugar, afuera del cuarto. Comenzó a crecer en magnitud. Era un maullido. Vi a Brian contraerse y jadear, despertando mientras el sonido se incrementaba. Vi su cara pálida iluminada por la luna mientras tomaba la laptop y la ajustaba para captar parte del techo; se asomó nuevamente antes de apuntarla bien hacia la puerta. El maullido, sin duda, se encontraba en el pasillo, afuera de su habitación. Esto duró unos cuatro minutos, hasta que la manija de la puerta comenzó a moverse y la puerta recorrió sus goznes.


La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

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Capítulo 9

Levanté la linterna y la apunté hacia atrás. La luz hizo brillar la daga. Me levanté y alcancé el arma. La sopesé en la mano antes de empuñarla. El ejército no enseña a los reclutas a defenderse con un cuchillo, pero, la primer regla es que te van a cortar; debes esperarlo, debes aceptarlo y rebanar al otro cabrón mientras cree que ya te jodió porque te hirió primero. El cuchillo no se gira en la mano, no se pasa de una mano a la otra y tampoco se finta con él; juega al mamón en una pelea y disfruta tu nuevo agujero. Se mantiene bajo, hacia un costado de tu cuerpo y con la punta ligeramente angulada hacia arriba y al frente. Lo que estás buscando es cortar en diagonal sobre el pecho o los brazos; o, mejor, un viaje directo hacia el abdomen, debajo de las costillas; adentro y hacia arriba.

El ejército no enseña a sus reclutas a defenderse con una navaja, pero mi viejo sí. Viejos tiempos. Buenos tiempos. Más sangre en la boca, menos nazis fantasmas.

Busqué por la oscuridad con mi linterna, esperando dar con alguna silueta. Había escalones rotos y charcos de lodo y aguanieve. El agua goteaba del techo del subsótano; elevar la luz me mostró una bonita colección de protuberancias y colmillos de hielo, colgando sobre la estructura de metal que sostenía la placa de concreto del suelo de arriba.

—¡MONKEY, DÓNDE ESTÁS! —escuché de arriba.

—¡SUBSÓTANO, CAMINE CON CUIDADO, LA ESCOTILLA ESTÁ ABIERTA!

Una luz asomó del hueco y me acerqué a la luz para dejarme ver.

—¿todo bien? —dijo Vickers tras la luz —no podía abrir la puerta, el viento estaba sosteniéndola cerrada.

—Sí, eso pasa mucho por aquí. Me duelen las costillas y la esp-

[¿qué fue eso?]

—Un segundo. —Me acerqué al lugar de donde había escuchado algo caerse. Era un paquete de Marlboro. Tandy fumaba Marlboro. Recogí la cajetilla y encendí un cigarro con las manos temblando. Yo no fumo, por cierto.

Regresé a la luz de Vickers.

—Creo que ha estado aquí, encontré sus cigarros.

Vickers se tantea el bolsillo del pecho.

—Creo que… creo que son míos. Se me acaban de caer. Lánzamelos, quiero uno.

Le saqué tres a la cajetilla y la lancé.

—Gracias. ¿Estás bien?

—Tan bien como se puede estar aquí abajo, está cabrón.

—Vas a tener que esperar, vamos a necesitar una cuerda, la escalera está hecha mierda; ¿puedes esperar?

[Hijo de puta, me vas a dejar aquí]

—Claro, vaya con calma.

—Cacha.

Solté el cuchillo para atrapar la .45 con ambas manos. Me fijé la daga en la bota y le corté cartucho a la pistola.

—Puede que tengas que usarla… con… con Tandy, ¿serías capaz?… ¿puedes hacer eso?

—Sí sargento, puedo usar fuerza letal con el raso Tandy, de ser necesario.

—Excelente. Ya vuelvo.

La luz desapareció.


09_07_10

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Hace un par de meses comencé a asistir a la Universidad Estatal de Chico. Tenía casi todo lo que necesitaba para mi primer año como universitario, excepto una laptop. Soy algo tacaño con el dinero; sobre todo en casos en los que siento que puedo reducir algún costo y este era uno de esos casos.

Exploré la web en busca de alguna buena oferta y descubrí que ninguno se ajustaba a mi frugalidad. Las clases comenzaban en dos semanas y comenzaba a desesperarme, cuando vi un anuncio en el periódico, ofreciendo una laptop a unos seiscientos dólares; el lugar no estaba muy lejos de dónde vivía, era un modelo Dell no demasiado viejo, además; habrían podido darla por más.

Fui al domicilio del vendedor el siguiente día. La casa estaba algo lejos de la ciudad y cerca del bosque, afuera, había una vieja Chevrolet y un tiradero de antiguas señales de tránsito y demás fierros. Toqué el timbre y un hombre delgado, en una chaqueta de franela salió a atenderme. Al escucharme mencionar la laptop noté cierto alivio en su rostro; me dijo que estaba listo para venderla de inmediato, lo repitió una vez más, y luego una vez más (estaba intentando disminuir el precio aún más). Había llevado el dinero conmigo y esa misma tarde regresé a la casa con una nueva computadora.

En casa, emocionado por haber comprado mi primer computadora con mi propio dinero, la encendí y comencé a instalarle los programas y aplicaciones que solía usar. Sólo por curiosidad, revisé los archivos del disco duro y encontré una carpeta escondida; el hombre me aseguró que el disco duro estaba formateado, pero así es esto; mucha gente ni siquiera entiende que significa realmente “formatear”.

El fólder se llamaba “09_07_10”, una fecha. Contenía seis videos y tres imágenes. La curiosidad pudo más que yo y decidí cargar los videos al reproductor para verlos.

El primer video (001) había sido grabado con una handycam y una mano con muy poco pulso, desde el interior de un carro; seguía a una mujer saliendo de un bar y subiéndose a un carro, de noche. Después de un par de segundos, la mujer arrancó y casi de inmediato, la persona grabando comenzó a seguirla. El video duraba veinticuatro segundos; me dejó con la impresión de que “el acosador” (por llamarlo de algún modo), había estado esperando a la mujer por bastante tiempo.

No me alarmé mucho en el momento, tal vez simplemente me sentí incómodo. 002 comenzaba con la cámara encima del tablero del carro, apuntando por el parabrisas. Llovía. Asumí que no habría pasado mucho tiempo entre un archivo y otro. En la autopista, pude reconocer el carro al que la mujer se había subido, dos carros adelante de la posición del acosador. El archivo duraba cuarenta y siete segundos. Comencé a sentirme algo nervioso, comenzaba a suponer que esto no podía terminar bien; pero quería ver en donde terminaba.

003 comenzaba con el mismo pulso tembloroso de 001; fuera del carro, llueve a cántaros y la cámara sigue lo que apenas alcanza a distinguirse como una silueta abrigada con una gabardina larga y una sombrilla, caminando hacia la entrada de una casa. Creí reconocer a la mujer entrando a la casa y cerrando la puerta detrás de sí.

Luego, no ocurrió nada. La inmovilidad (ni siquiera es posible escuchar la respiración del acosador) logró incomodarme; tal vez porque continuaba pensando, una y otra vez, en el objetivo de lo que estaba viendo. Durante unos dos minutos de tensión, apenas acompañados por el ruido de la lluvia golpeando el toldo del carro, las luces de la casa se apagan. La cámara se coloca en el tablero de nuevo y se escucha abrir y cerrar la puerta del piloto. Una nueva silueta aparece cruzando el cuadro, esta vez con una parca que le cubre la cabeza y camina hacia la casa. Verla ahí hizo aparecer un nudo en mi estómago que comenzó a apretarse, mientras el extraño rodeaba la propiedad y desaparecía camino a la parte de atrás. Quien fuera que se tratara, en definitiva no debía de estar ahí.