un escalón extra

¿Conoces esa sensación, Karla, de esperar un peldaño más en la escalera y llegar al suelo? ¿Ese medio segundo en el que te desorientas por completo? Eso es lo que los astronautas solemos sentir, hasta que nos acostumbramos.
Perdón por divagar, hablar me ayuda.
Te preguntabas si me habían dado píldoras de suicidio antes de la misión. Me reí, te dije que ese era un mito, que para morir en una estación basta con desatornillar una exclusa y que, de cualquier modo, los astronautas no pensamos así.
Antes de la primer misión a la luna, se cuenta que un reportero le preguntó a alguien en la tripulación qué haría si de pronto el módulo no pudiera despegar y se quedaran varados.
¿Su respuesta?

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Silvia

Comencé a vivir en el complejo cuando tenía 24 años. “Complejo” es una palabra que no se le ajusta tan bien, porque en realidad se trata de un bloque de departamentos, para la rehabilitación de pacientes mentalmente inestables. Tenemos de todo, desde esquizofrénicos hasta diagnósticos muy severos de depresión y todo lo que pueda definirse en medio.

Si voy a contar esta historia, debo regresar un poco más atrás. Entrené en Australia para convertirme en un enfermero. Me inscribí a un programa doble de humanidades y cuidado terapéutico; para el componente de humanidades, me licencié en psicología; que es también en donde descubrí mi interés por el cuidado psiquiátrico. Hice mis internados en hospitales psiquiátricos y albergues; en mi último año, se me asignó un gran manicomio. Fue aquí donde conocí a Brian. Era un caso interesante. Sufría una esquizofrenia paranoide, aunque había adquirido los síntomas de modo prematuro; siendo detectado a la edad de 16 años. Era resistente a muchos tipos de narcóticos, encontraba de poco a nada de alivio en la terapia ocupacional y de grupo y había resistido un ciclo completo de terapia electroconvulsiva, sin mejoras.

Su familia debió depender más y más de internamiento para cuidar de él, hasta que finalmente, cuando cumplió 22 años, fue admitido permanentemente en el manicomio en el que yo iba a trabajar; el hospital psiquiátrico St John of God, en Burwood, Sydney. Me atrajo desde el momento en el que lo conocí. Aunque padecía de síntomas comunes entre esquizofrénicos, si bien, en un nivel bastante avanzado (alucinaciones auditivas, táctiles y visuales de grado mayor y un cuadro paranoico completo), me cayó bien. Me pareció un tipo normal, de más o menos mi edad, de cabello revuelto y mal cuidado.

Tenía buena complexión, ejercitaba dentro de su propia celda, que le habían permitido adaptar  (una barra atravesada por encima de la puerta, para hacer brazo), debido al largo tiempo que ya tenía internado. Hablaba con mucha soltura conmigo e incluso, durante mis descansos, iba a la zona de fumar con él, para compartir un cigarrillo. Mi internado duró un mes entero, pero mi trabajo les impresionó tanto que me ofrecieron un contrato al término de mis estudios. Acepté.

Cuando me fui, Brian y yo mantuvimos contacto por eMail, nos hicimos amigos. Pasaron unos cinco meses antes de que me titulara y luego un par más, para las vacaciones de fin de año. Luego fui directo al St John of God, a tomar mi plaza. Compartíamos un montón de gustos, rasgos de personalidad y opiniones. Le solía llevar discos, libros y sets completos de DVD, para fomentar la conversación conmigo.

Durante la integración de un nuevo programa gubernamental, se compró un juego de departamentos y en asociación con otras autoridades de la salud y otros hospitales, se decidió que serían utilizados como un espacio de rehabilitación y estancia permanente de pacientes con síndromes mentales que requirieran terapia de largo plazo, o se encontraran lo suficientemente bien para readapatarse a sociedad. Me ofrecieron un lugar ahí, como cuidador. Implicaba vivir ahí y hacerme cargo de la medicación y el manejo de una larga lista de pacientes. Era un gran paso para mi edad y les dije que lo pensaría. Luego, durante un descanso y fumando, lo discutí con Brian. Me dijo que sabía del proyecto, porque era de los candidatos que ocuparían un departamento, me rogó que tomara el trabajo y entonces dijo con un tono más bajo “podrías protegerme”.

La cosa interesante con los pacientes esquizofrénicos es que su condición es una realidad para ellos. Creen en todo lo que experimentan y en lo que las voces dicen. Brian contaba con lo que solemos llamar insight, que puede explicarse como el entendimiento de su enfermedad, así como de los síntomas y el hecho final de que nada de esto es real; sino solo una parte de su condición. Era, sobre todo por esto último, que escucharlo expresar que necesitaba protección de mi parte, me llamaba la atención.

—¿de qué, Brian?

—de Silvia.

Es muy frecuente que quien padece de esquizofrenia establezca rapports con sus alucionaciones; que tengan alguna en particular, muy recurrente durante todo su curso, que compacte características y rasgos por completo únicos, una personalidad única, si se quiere; en reportes iniciales, Brian llegó a hablar de ser visitado por una “mujer gato”. Luego de que se le explicara que esto era parte de su condición, había dejado de mencionarlo.

—Brian, sabes que no es real, ¿lo sabes, verdad?

—ella no, ella es real.

Me preocupó, pero mantuve la calma y le pedí que me describiera lo que creía estar viendo.

—no hay manera de describirla, a menos que la veas y la escuches tú mismo.

 
 

Luego de pensarlo por un tiempo, tomé mi decisión. El incremento en la paga era muy notable y era exactamente el tipo de trabajo que me imaginaba desempeñando, sentía que podía hacer carrera en este puesto y me mudé a Camden. Camden es una comunidad relativamente rural, aunque queda cerca de la ciudad de Sydney y está llena de desarrollos urbanos por todas partes. Este, el bloque en el que viviría, se localiza bastante lejos del distrito central de Camden, en una zona no muy poblada.

No me preocupó mucho, pensé que el espacio y el silencio, de hecho, me vendrían bien. Durante el siguiente par de años, la gente vino y se fue, la vida fluyó en automático y aunque me hubiera hecho de una respetable nómina de amigos fuera de mis labores, mi relación con Brian, floreció. Vivíamos a un par de puertas de distancia y varias veces a la semana, me visitaba o lo visitaba, para tomar un par de cervezas, ver películas y pasar el rato (probablemente no debí dejarlo beber, pero vamos a suspender esa consideración ética por un rato).

 
 

Como fuera, su condición empeoraba. Reportaba constantemente ver a la “mujer gato”: lo visitaba por la noche y a veces, incluso durante el día. Lo reporté a los médicos que llevaban su caso, pero estos dijeron que no había necesidad de readmitirlo hasta que su cuadro se definiera por completo. Brian no era tonto. Creo que me hablaba a mí con honestidad y le decía otra cosa a los médicos. Sabía que, de otra forma, lo encerrarían de vuelta y lo llenarían de narcóticos, para repetirle, una y otra vez, cosas que había escuchado por años.

Hice lo que pude para apoyarlo y cuidar de él. Se notaba más tranquilo cuando estaba conmigo, hablaba de sus experiencias con libertad y me repetía que no se sentía seguro a solas. A menudo me encontré escuchando lo que me contaba, suspendiendo mi escepticismo y creyéndole quizá, demasiado, sólo para detenerme y recordar que hablaba con un paciente.

Nunca contó las cosas con demasiado detalle, excepto en algunas ocasiones e incluso en ellas, de manera supérflua. Me dijo que tenía calculado exactamente el momento en que era visitado: los ruidos comenzaban, siempre, a las tres con veinte de la mañana.

—¿Qué ruidos, Brian?

—Los maullidos. Suena como si hubiera un gato atrapado en mi departamento, pero no tengo un gato y no hay ningún gato por aquí. A veces voy y reviso, pero en cuanto enciendo una luz, deja de sonar, se detiene.

Los maullidos comenzaban lejos, se aproximaban por el pasillo y llegaban hasta el otro lado de su puerta. Entonces la veía.

—¿Cómo se ve?

Brian se estremecía visiblemente, murmuraba “sucia” y se negaba a continuar, a elaborar mucho más, reptiéndome lo que siempre me decía:

—no hay manera de explicarlo, a menos que tú mismo la veas.

El tiempo pasó y Brian empeoró. Me pidió que le permitiera tener una cámara, para que pudiera grabar sus alucinaciones y así poder probarme que esto era real, que esto era otra cosa. Sabía que no podía permitirlo. Brian tenía dinero de sus padres, pero no hubiera podido hacer eso sin reafirmar sus alucionaciones y empeorar su condición. Se volvió reclusivo, volviendo a la comunicación por eMail, como solíamos hacerlo al comienzo. Se distanció hasta el punto en que sólo lo veía para asegurarme de que estuviera tomando sus medicamentos, comiendo y limpiándose apropiadamente. Seguimos hablando por correo, de todas formas.

 
 

Regresé tarde de una noche de parranda con mis amigos del pueblo. No hay mucho qué ver en Camden, pero hay algunos pubs que al final están bien, que son relativamente limpios y tranquilos. Los departamentos estaban oscuros y callados. Entré al mío, me quite los zapatos y encendí la computadora; lo había vuelto un hábito: había perdido a Brian socialmente y ahora sólo podía conversar con él así. Eché un vistazo a mi bandeja de entrada, revisé mis notificaciones y borré cadenas y spam, hasta llegar al mensaje de mi amigo, con el asunto y el cuerpo del mensaje en blanco. Había un archivo adjunto: “xlivid.avi -42mb”.

Decidí abrir el archivo en vez de guardarlo. Una habitación a oscuras apareció en la ventana del reproductor. La luz de la luna iluminaba la ventana de Brian y una respiración pausada me hizo pensarlo dormido. La puerta estaba a la izquierda de su cama. Entendí que había decidido filmar todo con la cámara de su laptop, cuando se dio cuenta de que yo no lo ayudaría. El video duraba 10 minutos. Miré los primeros veinte segundos sin que nada pasara. Salté un minuto. Nada.

Estaba a punto de avanzar un poco más cuando escuché un sonido. Era casi indistinguible de la respiración de Brian, pero estaba ahí. Conecté unos audífonos y escuché con atención. Un canturreo venía de algún lugar, afuera del cuarto. Comenzó a crecer en magnitud. Era un maullido. Vi a Brian contraerse y jadear, despertando mientras el sonido se acercaba. Vi su cara pálida, iluminada por la luna mientras tomaba la laptop y la ajustaba para captar parte del techo y apuntarla bien hacia la puerta. El maullido, sin duda, se encontraba en el pasillo, afuera de su habitación. Esto duró unos cuatro minutos, hasta que la manija de la puerta comenzó a moverse y la puerta recorrió sus goznes. Brian respiraba agitado, acorralado en un rincón de su cama, contra el muro. Comencé a reconocer un rostro, conforme una silueta entró en la habitación. Se movió despacio, pasando el límite de la puerta, en una postura que me pareció de cuclillas. Nunca había visto algo como esto. La cabeza se quedó fija, mirando hacia la cama y la cámara desde el momento en que la notó, inclinándose un poco hacia la derecha. Era claramente, una cabeza de mujer, con cabello rubio y sucio colgándole por el frente. Los ojos estaban mal. Eran dos agujeros, sin sangre, como si este fuera un cuerpo que entierran y luego sacan luego de unos meses. Cuando la luz le iluminó la parte baja del rostro, tuve que dejar de mirar un momento el video. La mandíbula estaba claramente rota. Sus labios estaban recorridos hacia arriba y mostraban los dientes en un contorno desigual. Caminando a tumbos, sin intención, sin vida, se acercó, maullando.

Cuando el cuerpo se encontró por completo adentro de la habitación, entendí porqué su altura era tan baja. Estaba caminando sobre sus pies y sus manos. Sus rodillas se doblaban hacia atrás dolorosamente, su espalda estaba arqueada hacia arriba. Estaba vestida con un Jersey y una blusa, pero la luz de la luna hacía los colores indistinguibles. Estaba sucia, llena de polvo. Su cara nunca dejó de dirigirse a la laptop y la cámara. Se aproximó aún más, hasta que la perspectiva de la cama obstruyó su posición. Me quedé ahí sentado, inmóvil, incapaz de hacer nada. Silencio, sólo interrumpido por la respiración rápida de Brian. Las manos se sujetan a la cama y la mujer aparece. En una sucesión tan lenta que duele sólo verla, la mujer se ajusta de la espalda, con varios crujidos de hueso, que finalmente le permiten erguirse. Entonces se sienta sobre la orilla de la cama, dándole la espalda a Brian. Los maullidos suenan tranquilos. Deja de maullar. Siento, quiero, que se baje de la cama y se vaya. De pronto, su cabeza gira y su mandíbula se ajusta en lo que sólo puede describirse como una sonrisa rota, que confronta directamente a mi amigo.

Fue hasta ese momento que entendí que tenía que llegar hasta él. Al video le restaban dos minutos, más o menos, pero no me importó. Salí disparado de mi casa, corriendo hacia su puerta, que agarré a golpes, gritando su nombre. Cuando no contestó, tiré la puerta a empujones. El departamento estaba tranquilo, me dirigí de inmediato al cuarto de Brian. Estaba en la cama. La laptop cerrada junto a él. Sus ojos apuntaban hacia la ventana, planos. Lo llamé, en un susurro. No respondió. Me aproximé a él lentamente, hasta tocar su yugular con un dedo. Una sola lágrima le salió de un ojo, mientras dirigía su vista hacia mí. Estaba vivo.

Brian permaneció sin respuesta mientras intentaba despertarlo, llorando en silencio. La catatonia es otra parte de la esquizofrenia, aunque después de haber visto lo que había visto, tenía serias dudas sobre su condición y su diagnóstico. Revisé toda la casa, encendiendo las luces, teniendo el mayor cuidado del mundo mientras lo hacía. No encontré nada. Llamé a emergencias y les dije lo que había pasado. Llegaron a tomarme mi declaración y a revisar el departamento completo. Los polis asumieron una postura rígida y distante. No podía culparlos, toda la sonaba por completo descabellada. De hecho, comencé a dudar de mí mismo, incluso con el archivo en mi computadora.

Se llevaron la laptop de Brian como evidencia y me sugirieron llamar al hospital. Dijeron que era claro que Brian estaba pasando por una fuerte alucinación y que no se veía para nada bien. Mi corazón se hundió en cuanto entendí que no me creían una sola palabra. Les sugerí ver mi computadora también, pero me dijeron que eso no sería necesario, revisarían la laptop de Brian y me contactarían con sus hallazgos. Reporté en el hospital a Brian, les dije que había sufrido de una alucinación muy severa y que necesitaba ser internado. No me molesté en mencionar nada sobre la mujer. Estaba tan inseguro de lo que había visto, que me sentía un poco loco. Me preguntaron si era un peligro para sí mismo, les dije que así parecía. No quería que se quedara. Quería asegurarlo en el hospital. En retrospectiva, no estoy muy seguro de si quería asegurarlo en el hospital por su bien, o porque no lo quisiera cerca de mí. El hospital me informó que mandarían a alguien. Casi amanecía, de cualquier modo. Podía ver una tira luminosa en el horizonte, la noche estaba por terminar. Colgué, los polis se despidieron, pidiéndome que llamara si ocurría algo más. Volví con Brian.

Se había quedado inmóvil, en su última posición, con la cara llena de lágrimas. Pasaría una hora o más antes de que el personal del hospital llegara y hubiera sido negligente y poco profesional de mi parte dejarlo solo. Además, era mi amigo. No hablamos. Ni siquiera intenté. Nos quedamos ahí, esperando a que se lo llevaran.

Vox y el Rey Beau

De lo que mamá recuerda y porqué creo que terminé llorando una noche

Cuando le conte a mi mamá sobre Beau, se puso muy seria. Normalmente, mi mamá es tan radiante como un girasol, hornearía brownies para el mundo, si la cocina no terminara en llamas cada vez que toca un trasto; he crecido creyendo que es imposible sugestionarla. Es una doctora brillante y tal vez la única excepción a las reglas de racionalidad bajo las que me hizo crecer, sea que también es muy religiosa. De verdad que no le gusta hablar de temas oscuros.

Para el tiempo que cumplí siete, ya se había acostumbrado a escuchar sobre Beau, pero ella sola no era capaz de tener una opinión concreta sobre él. Todos los libros y pediatras le aseguraban que era normal, incluso si Beau resultaba un tanto sombrío. Fuera del asunto, yo era una niña feliz y sana que socializaba sin problemas con otros niños (reales), a la que le gustaba el color rosa y los ponis y si Beau me estaba ayudando con miedos y pensamientos complejos, tal vez estaba bien. Nunca le conté algunas de las historias; la del monstruo del closet, por ejemplo. Incluso entonces me recuerdo razonando que no reaccionaría bien.

Con mi hermano bastante mayor y por lo tanto “demasiado cool” para jugar conmigo, normalmente me quedaba a mis anchas, para inventar mis propios juegos y fantasías. Beau siempre lo protagonizaba todo. Si ocurría que no andaba por ahí, entonces pretendía ser él, peleando con monstruos terribles y andando a la aventura. Si estaba conmigo, entonces mi mamá me encontraba sola en mi cuarto, hablando con alguien que no estaba ahí, terminándome las crayolas azules y negras en dibujos un poco extraños. Cuando crecí, comencé a jugar otro tipo de juego.

Un día mi mamá me encontró arrastrándome por el suelo de la casa cubierta con una cobija. Le dije que estaba aprendiendo a ser un cazador, como Beau. No lo pensó mucho en ese momento, pero mi entrenamiento terminó por volverse un poco molesto cuando me volví una especie de ladrona y mi mamá comenzó a notar que algunas cosas aparecían en mi cuarto y a veces, mi cuarto tenía cosas que ni yo ni ella sabíamos de dónde habían salido. Por supuesto, en esos casos siempre le echaría la culpa a Beau; así fue que terminó por pedirme que le informara a “ese Beau” que no toleraría ese jueguito y que deberíamos encontrar otro.

Esto probablemente tiene más qué ver conmigo que con cualquier cosa paranormal. Era tan traviesa como cualquier otro niño desatendido y la verdad es que quién sabe cuantas cosas me robé. Después de que me amenazó con dejarme sin postres, no dejé de hacerlo y cuando lo dejé, de verdad Beau y yo habíamos cambiado de juego, pero había comenzado a caminar dormida.

En la mañana mi mamá me encontraría en lugares extraños. Comenzó con poco, despertando en el suelo de mi cuarto o en el sofá de la sala. De nuevo, sus fuentes le aseguraron que esto era por completo normal, pero las cosas comenzaron a empeorar. Comenzó a encontrarme en lugares a los que no hubiera podido llegar sola o lugares en donde hubiera tenido qué escucharme entrar: las alacenas de la cocina, el baño del cuarto para invitados, el escritorio de mi hermano… y por cierto que mi hermano siempre ha tenido el sueño muy ligero; así que habría tenido que escucharme entrar y subirme ahí. La alacena habría tenido que ser imposible de alcanzar con mi estatura, y una vez que me encontró, sacarme implicó sacar la mayor parte de las latas y las cosas detrás de las que me encontraba.

§listos o no…

Él fue hacia el Este

Si estás leyendo esto ahora, entonces conociste a ese cabrón y te vio la cara como a mí, seguro te dijo que tenía dinero y algo de hierba por aquí cerca y que dentro de un rato irían tú y sus amigos en ese carro deportivo a buscar una fiesta, que como eras extranjero te lo invitaría todo, para que nunca te olvidaras de Paris… supongo que tampoco abrieron esas cervezas delante de ti, ¿cierto? No te sientas mal, los turistas somos unos estúpidos. Mientras me arrastraban los escuché hablar de este lugar, no mucho realmente, pero si lo que dicen es cierto, estamos en problemas: las catacumbas de Paris son gigantescas. La ciudad tiene que estar en alguna parte, la salida tiene que estar en alguna parte, la cosa es que también repetían otro par de palabras: “trampas” y “desaparecidos”. No sé cuánto tiempo me quedé acurrucado llorando. Podría estar amaneciendo o anocheciendo ahora. La cosa es que he decidido romper uno de los gusanos de luz que tengo en la mochila y usar mi libreta de esbozos para escribir esta nota y pegarla en la primera bifurcación de túneles. Decidí esto: voy a intentar salir de aquí y voy a intentar ayudarte, lo logre o no. Voy a caminar en dirección al Este aquí, si resulta que todo está bien hasta la siguiente bifurcación, arrancaré la hoja y la dejaré aquí; para que sepas que el camino es seguro. Buena suerte, para los dos, supongo.

La luz del encendedor apenas bastaba para distinguir las letras. Un viento helado vino e hizo bailar la flama, casi apagándola. Habías encontrado la libreta justo en la primer bifurcación, en el cuaderno, así que el Este no era buena idea. Extendiste el encendedor en dirección a una de las bifurcaciones, y luego a otra. Qué mal que no había dejado aquí mismo su brújula.

Vox y el Rey Beau

Para recapitular, he comenzado a escuchar y ver cosas: silencios extraños en mi casa y hace una noche, un hombre a los pies de mi cama, de paso mi radio deja de emitir ruido sin razón alguna; cuando le conté a mi mamá, ella recordó que cuando era una niña, tenía un amigo imaginario extrañísimo llamado Beau, que me contaba historias y provocaba silencios como esos. Les sugiero leer todo lo que se ha dicho antes, por que tal vez sea más fácil entenderlo así que con este pequeño sumario.

Logré dormir un par de horas en el sillón anoche; a primera hora de la mañana llamé a mi universidad y programé una visita con el terapeuta de guardia. Los servicios de salud mental en mi campus son eficientes y yo ya estaba en un diván esa misma tarde, eso me ayudó a calmarme.

El terapeuta se dedicó a establecer mi historia y entender mi problema. Todo lo que le dije fue que estaba escuchando voces, y que de verdad estaba muy preocupada. El terapeuta, de hecho, fue comprensivo. Me dijo que la gente solía saltar a diagnosticar Esquizofrenia en cuanto alguien comenzaba a “oir voces”, pero que no es el único motivo: Los amigos imaginarios surgen de las líneas desdibujadas entre la realidad y la fantasía que un niño puede percibir y de nuestra necesidad de control y seguridad. Si mi amigo imaginario parecía estar a nada de volver, tal vez yo me encontraba lidiando con algún trauma de esos días, algo que tal vez experimenté y que estoy ignorando (la verdad no lo creo) o bien, algún recuerdo reprimido que se “aflojó” hace poco. Eso, o también, podía tratarse de algo en mi cerebro: un tumor, una lesión. Iniciamos con el trámite para lograr que la aseguradora aprobara una TAC.

Mientras tanto, me sugirió que intentara dormir. Era muy posible que esto se tratara de una combinación de poco sueño y el estrés provocado por mi rompimiento y mi mudanza. También me ha pedido que deje de tener miedo. Si me estoy volviendo loca, eso es manejable. Si hay algo traumático en mi pasado, hay que escuchar a lo que las voces dicen, para determinar qué es lo que intentan proteger. Tal vez Beau ha surgido de mi subconsciente por que cree que lo necesito. Cualquiera que sea el caso, la voz no está intentando dañarme, no me está ordenando que me prenda fuego o que asesine a nadie. No soy especialmente suicida, o depresiva, así que me ha dicho que no hay problema con respetar mi decisión de no consumir ningún medicamento por el momento y que no, de verdad no cree que termine encerrada en algún cuarto acojinado.

Después de esto, llamé a mi mamá, pienso que me vendría bien enfrentar esto en las formas más directas que me sean posibles, así que insistí y le pedí que intentara recordar toda la información y las historias sobre Beau, todas las cosas extrañas que pudieran haber ocurrido mientras jugaba con él. No le dije que estaba escuchando voces, ni que acababa de ir a mi primer sesión con el loquero, sobre todo por que no quiero asustarla; así que sólo le expliqué que estaba escribiendo algo para un proyecto de psicología y que necesitaba su ayuda. No estoy segura de si me creyó, pero accedió a contarme. Por cierto, si alguno de ustedes sabe cómo darle noticias así a sus padres, soy toda oídos.

Esto es lo que se me ocurre: yo les voy a contar algunas de las historias sobre Beau y algo de las cosas raras que acompañan esas historias, para ver si alguno de ustedes puede notar alguna cosa que a mí se me esté escapando. Sé que es mucho pedir, pero hasta ahora al parecer las historias les han gustado, y siento que me sería de muchísima ayuda.

No sé qué es lo que estamos buscando. De verdad que no. Como ya se los he dicho, no soy la clase de persona que se cree los cuentos paranormales o que cree que este tipo de cosas ocurran todo el tiempo. La magia no me parece interesante, nunca he visto un OVNI y soy la primera en no tragarme nada de lo que esos programas de aparecidos muestran en videos borrosos. Aún así, por primera vez en mi vida, estoy dispuesta a admitir que todo esto es un poco inexplicable, que tal vez se trate de un Tulpa, o que tal vez algo se encuentre jugando con mi mente. Si, por otro lado, resulta que simplemente me estoy volviendo loca, tal vez de todas formas podamos encontrar algún significado oculto.

Antes de comenzar con las siguientes historias, quiero dejar establecidos algunos detalles que creo que no he respondido aún; este mismo trasfondo tal vez nos permita contar con más luz sobre lo que voy a contarles:

  • Beau fue mi amigo más o menos desde mis cuatro años hasta más o menos los ocho.
  • Como niña, nunca estuve cerca ni interesada en las historias de miedo o las películas violentas. Algunas de las imagenes en estas historias son un poco densas y honestamente no comprendo cómo salieron de mí a los cuatro años. No soy una persona sombría y no me gusta el gore ni ninguna de esas cosas.
  • Hasta donde sé y mi mamá puede recordar, nada terriblemente malo me ocurrió cuando era niña.
  • El motivo por el que Beau me asusta, real o no, es por que se trata de un monstruo come voces, y que cuando “jugábamos juntos”, definitivamente le conté a mi mamá que un día me amenazó con arrancarme y comerse mi voz. Mi mamá lo describe de una forma muy precisa: algo así como si yo hubiera estado cuidando un tigre bebé, aunque me diviertiera, incluso yo misma podía ver algo de peligro.
  • De la misma forma, no puedo decir que alguna vez me haya lastimado. La vez que me amenazó, me amenazó y punto; ahora que ha vuelto a aparecer, tampoco intenta lastimarme, o no me lo parece. Todo lo contrario, creo que me ayudó a descubrir la infidelidad de mi novio y si me asusta, lo hace simplemente por existir.
  • No tienen que creerme una sola palabra; no hay problema, como se los dije, no estoy escribiendo esto para conseguir atención o fama; fuera de estos hilos en el foro, “Vox”, no existe. Sólo quiero arreglar esto y tener mi vida normal y aburrida de vuelta; si de paso esto les entretiene, adelante.
  • Por favor, no tomen estas historias y las reescriban como propias porque pues, son mías, incluso si son un poco extrañas, se trata de mis recuerdos. Como sea, siéntanse libres de dibujar lo que gusten; no tengo idea de por qué me pedirían permiso para algo así, pero como sea.

Voy a contar esto tal y como lo recuerdo, con los espacios que mamá me ayudó a llenar; si llegan a verse demasiado estilizadas, esto es culpa de mi intento burdo por resumir, no soy una escritora. También, lo siento de nuevo si son estúpidas, recuerden que sólo tenía cuatro años.

 
 

§Habitarlo

Beth

Yo era un escéptico armado con mi poderosa inteligencia y mi gusto por lo paranormal. Jamás me tragué nada, por supuesto; pero pensaba que el mundo sería mucho más interesante si alguna de las cosas que había leído fueran verdad, o al menos tuvieran algo de real. Qué bendición, vivir en las orillas de un océano tan profundo.

Algunas veces, delante del monitor de mi computadora, murmuraba una suerte de rezo, una súplica, mientras seguía los rastros en este laberinto electrónico que todos compartimos; no una súplica a alguna deidad en específico, sino más bien al universo mismo: “Vamos, esta vez, sólo esta vez”, susurraba mientras daba clic al siguiente vínculo, leía el siguiente cuento, vaciaba mi atención sobre la última “evidencia”. “Esta vez tiene que ser real”.

Los años me volvieron un cínico localizable en esas discusiones espontáneas y foros en línea dedicados a lo paranormal, jugando al abogado del diablo: en aquél pleito me ponía un gorro de aluminio para confundir a los aliens, en este otro me dedicaba a contradecirlos a todos; por allá, me convertí en el que nunca cree nada y desea siempre tener la razón, ese al que todo el mundo quiere darle una lección; mis esperanzas iniciales, de descubrir una prueba infalible fueron desgastándose delante de una única verdad: la gente miente.

Miente para tener atención, miente para conseguir algo, miente para sentirse inteligente; lo hace igual para animar, que para herir. En medio de todas aquellas mentiras, no pude sino abandonar las esperanzas. En su lugar, me contenté con exponer los fraudes que me rodeaban: los cómo, los cuándo, los quién. Me volví un escéptico cáustico y odiable y amé cada segundo de eso, porque sentía que me daba una función.

Hace dos meses mi súplica fue escuchada.

Discutía con alguien en youtube, sobre magia. Me reí de su poca capacidad de redacción y su típica tendencia a insultarme a mí en vez de enfocarse en los hechos y darme una prueba irrefutable. En su favor, de verdad me advirtió, pero en el momento no me pareció más relevante que el típico golpe de pecho, la última patada de ahogado para intentar silenciar al cínico antes de una retirada inevitable. No quise dejarlo ir; me estaba divirtiendo mucho con sus tripas. Entonces escribió esto:

«a lmierda quiere pruebas te dare pruebasdondete las mndo puto»

Divertidísimo, todavía, le dije que el correo electrónico asociado a mi cuenta bastaría.

«noms recuerda que tú piediste sto»

Nunca recibí un email, pero creo que mi invitación abierta le había sido suficiente, para “engancharse” a mí de algún modo. No pretenderé entender cómo fue que funcionó; sólo sé que lo hizo. Esa noche, después de darme un baño, revisé mi correo una última vez, sin encontrar nada y me fui a la cama envuelto en una cobija de orgullo.

Tres horas después, un grito me despertó.

Salté de la cama, el corazón se me salía por la garganta. Localicé los gritos en alguna parte, atrás de mi casa. Me asomé por la ventana. En la orilla de mi terreno, donde mi patio da con el bosque, pude ver el cuerpo de una mujer acostada boca abajo, en el césped. Tomé el teléfono, marqué a emergencias y bajé las escaleras para salir de la casa. Me di cuenta de que aún no escuchaba un solo tono de mi teléfono. Lo quité de mi oreja: el aparato no tenía recepción. A la mierda, me recuerdo pensando, llamaré del teléfono de casa después de verla. Atravesé mi patio.

Mi corazón se hundió al verla de cerca. Su cuerpo, desnudo, estaba cubierto de heridas: algunas eran viejas, otras se veían frescas, ríos escarlatas que nacían de profundos pozos perforados en su cuello y atravesaban su piel pálida; azotes abriendo surcos como relámpagos desde el cielo de un planeta ignoto; su cabello oscuro caía por su costado izquierdo como una cortina deshilachada y vieja, su mano se extendía, como en busca de piedad. Cuando me arrodillé para intentar ayudarla y ella elevó su cabeza hacia mí, reconocí el rostro de una muchacha que tenía diecisiete años muerta.

Beth Holden, la suicida de mi clase.

—Recuerda.

Se desvaneció delante de mí.

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Vox y el Rey Beau

Perdón, he vuelto. La radio ha dejado de sonar. Está encendida, está sintonizada en la estación, simplemente ha decidido no hacer ningún sonido. Increíble. Estaba tan asustada que he decidido tomar una de sus sugerencias, e intentar comunicarme; pero todo lo que logré decir fue “por favor para”.

Así que ahora tengo la televisión y cada luz del apartamento encendidas, ¿se les ocurre qué podría cantar?

§ ♪She´s a maniac, maniac ♪