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Los ojos de Lily Palmer

Los ojos de Lily Palmer

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Lily Palmer no había llegado a los 4 años de edad cuando sufrió lo que sus doctores llamarían un agudo principio de alucinación sensorial. Esta foto, tomada por la mamá de Lily, Annette, durante la noche de Halloween en 1952, captura el momento exacto en que comienza su padecimiento. Lily y su nana filipina habían estado dando dulces a los niños cuando la niña gritó de pronto y comenzó a arañarse los ojos.

Pasó algo de tiempo antes de que pudiera recuperar el habla y cuando lo hizo, Lily habló de “cosas caminándole por los ojos”. Varios días después, siendo dejada momentáneamente sola en su habitación, Lily se perfora los ojos con una aguja para tejer de su madre.

Fue diagnosticada e internada, permaneciendo así durante el resto de su vida, primero en Bellevue (en el Este de Manhattan) y luego en el centro psiquiátrico Rockland, en Orangeburg; donde fallecería de un ataque cardíaco en Marzo de 2001. Una llamada a los cuidadores de Lily confirmó que sus episodios eran mucho más intensos durante las noches de Halloween, pero por la mayor parte de su vida, pudo ser escuchada rogando al equipo del sanatorio para que la ayudaran a “quitarse estas cosas de los ojos”.

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Princesa

¿Alguna vez te has preguntado si algo puede ser mal de nacimiento? En estos días luminosos nuestros, conceptos como el bien y el mal suelen observarse como caducos, arcaicos incluso. De acuerdo al pensamiento moderno, la gente (y los animales, claro) son producto de sus escenarios y no más responsables de sus actos que una rama suelta en el curso de un rio.

Pero yo tengo una idea más clara. Algunas cosas nacen siendo malas.

Hace unos diez años, adoptamos una perra pastor alemán llamada Duquesa.

Duquesa tuvo una camada de siete cachorritos. Seis de ellos se veían como cualquier otro pastor alemán que hayas visto, el séptimo era blanco, como la nieve. No era realmente albina, sino simplemente de cabellos color blanco, nariz negra y ojos azules.

Nunca hubo ninguna duda sobre cuál queríamos conservar. La llamamos Princesa.

Después de los seis meses, cualquier plan que hubiéramos hecho sobre vender al resto de la camada o regalarla dejaron de tener sentido, la camada entera había muerto.

Encontrábamos un nuevo cadáver cada mes, sin lesiones ni nada, como si hubieran muerto mientras dormían. Al principio creímos que tal vez su madre los estaba asfixiando o algo así.

Luego no nos cupo duda de lo que los había matado.

Al acabar el año había dominado a su madre, su padre (siendo el viejo alfa que era) y en cierto sentido, incluso a nosotros. Sus padres huían de ella. Cuando servíamos la comida, comía todo lo que quería, sin que ninguno de los otros dos se entrometieran.

Una vez intenté ahuyentarla e invitar a que los otros dos comieran primero. Me gruñó, sacando esos colmillos blancos y perfectos de sus labios negruzcos y la advertencia adquirió un tono tan profundo que me hizo cosquillas en el estómago.

Después de eso, no volví a meterme con ella.

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Vox y el Rey Beau

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[detalle] King Beau by Aelur

Peludito

No tengo la menor idea de qué tan real es este recuerdo, tiene la misma textura de los sueños que tenía cuando caminaba dormida; lo pude haber imaginado.

Cuando era muy pequeña, teníamos un gato gordo y naranja que se llamaba Peludito. Peludito y yo no nos llevábamos bien, sobre todo por que no era la clase de gato que tolerara niños. Yo lo quería mucho. Un día, después de lo que mi mamá vio, yo estaba jugando con Peludito y debí de jalarlo o algo, por que me mordió y salió corriendo. No había sido una mordida muy fuerte, pero me hizo llorar.

Al parecer esto no le gustó mucho a Beau. Esa noche, recuerdo haber despertado al oirlo llamándome. Muchos de mis recuerdos sobre Beau son sobre todo de su voz y de casi nada más; tal vez su rostro flotando en un espacio oscuro. Esa noche apareció entre mi cama y mi ventana, cuando abrí los ojos se inclinó para sonreirme con su fila de colmillos. Es una imagen pertubadora que me da escalofríos recordar y que no tengo ni la menor idea de cómo fue que no me hizo gritar en ese entonces.

Beau me dijo que quería que viera algo. Se veía emocionado. Sus dedos me pasaron por el dorso de una mano al tiempo que me dijo “voy a poner los colmillos de ese gato en mi corona”. Entonces volvió a la ventana y me hizo la seña de que lo siguiera. No me explicó nada, pero yo sabía, en la forma en la que uno sabe cosas durante el sueño que al despertar olvida, que quería mostrarme cómo es que un verdadero cazador opera.

Me acerqué a Beau y miré por la ventana. Desde mi cuarto era posible mirar al patio trasero de la casa. Era un jardín normal, con algunos árboles y una hamaca, cerrado todo por una cerca de madera. Toda la escena transcurrió en un silencio iluminado sólo por la luna; en esa forma en la que a veces parece transformar las cosas normales por la noche. Vi una pequeña silueta saltar por la barda y aterrizar ágilmente en el jardín. Era Peludito. Estaba tan enfocada en observarlo andar que no me di cuenta de cuando fue que Beau me dejó sola, hasta que vi otra figura en el patio.

No era nada más que una sombra circular, un bulto como el que a veces uno piensa ver cuando llega a un cuarto a oscuras. Peludito se dio cuenta de inmediato y se giró, tenso, para confrontarle. El bulto se le acercaba y yo pude escuchar ese casi aullido que los gatos dan como advertencia. Aunque su nombre fuera tonto, Peludito era un gato grande, no era la clase de animal que se apelmazaba ante la amenaza de una pelea; sino más bien la clase que logra que un carro detenga la marcha para dejarlo pasar. Peludito siseó y dio un aullido terrible antes de intentar huir. La sombra le siguió, como intentando atraparle de los cuartos traseros, incluso mientras saltaba de nuevo la barda y desaparecía de mi vista.

Intenté ver en donde estaban, pero desde donde estaba, la escena había terminado. En la distancia escuché lo que me pareció una pelea de gatos. Aquellos que han podido ver una de cerca, sabrán que sin importar qué tan ligera resulte, el sonido parece el de una masacre. De verdad es terrible, como para hacerte rechinar los dientes. Esta fue especialmente feroz, pero sólo podía escuchar a Peludito.

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Estampida

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Escuchar pasos no es inusual cuando duermes en un sótano, así que decido no ponerles atención, asumir que es mi hermano y continuar con cualquier cosa tonta que esté haciendo en ese momento. Los zapateos no cesan, ni van, ni vienen; parecen venir de un mismo lugar. Me da la impresión de que se están burlando de mí y eso comienza a molestarme. De pronto comienzan a aumentar de volumen hasta el punto en el que me hacen dar un suspiro de exasperación, ¿qué está haciendo mi hermano? Me quedo sentado sobre la orilla de la cama, porque es imposible concentrarse en otra cosa. Es como si estuvieran dando de pisotones por todo el espacio arriba del cuarto.

Los pasos se vuelven más rápidos… más agresivos. Continúan, hasta que comienzan a formar un ritmo, más fuerte, más duro; termino por entenderlo: lo que está haciendo ese ruido, no es humano, nadie puede moverse así.

—¡Qué Carajo! —interrumpo. Todos los sonidos se detienen. Todo está callado. Entonces escucho unos pasos tranquilos, curiosos, dirigiéndose a la puerta de mi sótano. La puerta se abre y los pasos se detienen de nuevo. Escucho mi respiración por los siguientes tres minutos. Pensando que ha terminado, exhalo. Los pasos se aceleran por las escaleras. Tiro una silla al levantarme. Corro hacia el closet, veo de reojo una criatura grotesca, lampiña, en cuatro patas, bailando hacia mí, regolpeteando sus patas deformes en un ritmo intoxicante. Salto al clóset y cierro la puerta. Hay una pausa de medio segundo, antes de que el ritmo comience a sonar sobre la madera de la puerta.

No se detiene. No hay descanso. No hay alivio. Ha estado ahí por horas. Me descubro regolpeteando los dedos con su ritmo. Tan súbito como ocurre, termina. Espero algunos segundos antes de asomarme. Se ha ido. Enciendo una luz y me siento. Terminó. Me relajo y pienso. Mis pies están regolpeteando contra el suelo. Esta canción no es tan mala, me comienza a gustar tanto que podría bailar, bailar con ella. Me dejo caer sobre mis manos y mis pies, comienzo.

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Malingo

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Una vez, en el circo contratamos a un payaso que actuaba bajo el nombre de Malingo. Creo que todos sabíamos, desde el comienzo, que algo andaba mal con Malingo y si en la multitud de un circo, eres considerado extraño, algo debe andar de verdad mal contigo. Apestaba, no solo a alcohol (que parecía ser su única fuente de alimentación), sino a dulce y nauseabunda. Se movía de manera torpe y no, no era gracioso, era demasiado rígido para parecer, de hecho, un payaso. Desde el primer día se mantuvo al margen de los demás; no que nadie tuviera intención de hablarle.

Una noche nos llamó a todos la atención. Se veía… peor. Estaba imitando a los acróbatas en uno de sus números. La idea era que usara el trampolín y diera un par de maromas en el aire, antes de dar contra el suelo. Durante los ensayos, siempre se había levantado después del golpe, era parte del acto. Pero esa noche, delante de toda el público en la carpa, no se levantó. Fui el primero en llegar hasta él, porque siempre estoy presente durante el acto de los payasos. Si la pestilencia no me dejaba claro que algo grave había pasado, podía ver también el enorme agujero en su estómago. Era como si hubiera reventado. Por fortuna, logré hacer que los payasos hicieran “la ambulancia”, antes de que el público notara que no era parte del show (lo cubrí con un mantel que teníamos en la pista).

Tenemos un doctor en la tropa, para los accidentes. Examinó a Malingo y me dijo que el payaso debía tener semanas de muerto. Lo que había pasado, es que el acto había terminado por ser demasiado para su cuerpo en descomposición y el impacto, efectivamente, lo había reventado. Nadie de nosotros pudo entender cómo era posible que alguien ocultara esa condición (por llamarla de algún modo) bajo un montón de alcohol y gruesas capas de maquillaje.

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