colores

—¡Esas eran verdes! —gritó el hombre, mirando las plantas en el jardín. —¡lo juro, ayer eran verdes!

Su esposa intentaba leer un libro al otro lado del sillón.

Miró a su alrededor. Sus ojos fueron incapaces de enfocar un momento y se los talló.

—¡Los muros! ¡Antes eran azules!, ¡los pintamos de color azul hace dos meses! ¿por qué no son azules? —parecía incapaz de controlarse, su esposa detuvo la lectura y lo miró un momento, esperando aún que estuviera jugando.

—Amor, has tenido un día muy largo, deberías relajarte.

—¡No me digas qué hacer, no me digas qué me pasa!

Tal vez su esposo estubiera borracho. La mujer intentó seguir con el libro, pero a cada tanto, los gritos de su esposo la volvían a interrumpir.

—¡Esto era naranja! —lo escuchó gritar al otro lado del cuarto.

—¡Esto era marrón! —gritó después.

—Eso era morado! —insistió entonces.

Luego, guardó silencio. La mujer sonrió y devolvió la vista al libro.

Algo estalló en la cocina. La mujer saltó del sillón y salió disparada para ver qué pasaba. Cuando llegó, se ahogó en un largo y profundo grito.

La ventana al exterior estaba deshecha. Olía a pólvora. Pudo reconocer la escopeta, tirada en el suelo, junto a su marido, que sostenía sus tripas en las manos.

—estas… eran… rojas…

corazón de autoestopista

Hay cierto tipo de autoestopista que sólo aparece durante la noche, en caminos silenciosos; salta casi a la existencia al ser rozados por la luz de los faros, sin letreros ni cartones, siempre con un rostro abatido; envueltos en capas de harapos, gruesos y sucios. Si levantas uno, será amable, pero no hablará mucho: el siguiente pueblo, la siguiente ciudad está bien, gracias; dirá, y se quedará ahí a un lado tuyo, tranquilo y normal, excepto si intentas matarlo.

Ofrecen poca, si no nada de resistencia. Bajo la ropa, las cicatrices bajo su piel forman patrones que despiertan cierta sensación de angustia, cierta sensación de temor. No tienen carteras. No tienen credenciales. Si abres su abdomen, son distintos a los hombres: no hay sangre, no hay músculos; sólo un hueco con un objeto en el centro. El objeto varía. Puede ser, por ejemplo, una moneda pesada, acuñada con símbolos que nadie reconocerá; un diamante, con lados y aristas afilados y capaces de cortarte un dedo en un solo movimiento; una pequeña vasija, irrompible, que huele como las olas del mar y está siempre húmeda.

Una vez que te haces de uno de estos objetos, tenderás a descubrirte más y más, manejando por la noche en caminos silenciosos. No querrás hacerlo y de algún modo, simplemente terminarás aquí. El ansia de tener uno más, te recorrerá el fondo de la mente, te empujará a bajar la velocidad en cada curva desierta hasta dar con una nueva silueta. Te intentarás decir que este es distinto, que este es normal; que sólo está de aventura o se ha quedado sin gasolina; escucharás, lejos, a la última parte de tu cerebro que ve lo que haces y te dirás que con este nuevo secreto, que con este nuevo prodigio bastará, será suficiente.

mímesis

Esa cosa apareció una mañana, un cúmulo, un pedazo de algo asomando del suelo. En adelante me dediqué a cortarlo y desde ese día se dedicó a salir. Al principio creí que se trataba de algún tipo de planta pero al examinarla más de cerca me di cuenta que este era un bulbo de piel, un tumor. Lo cortaba con asco todos los días con la ayuda de un hacha y volvía a salir y yo la volvía cortar y ella volvía a salir. Soy una persona curiosa. Así que un día decido que la voy a dejar crecer un poco para ver qué pasa… grave error. El bulbo se levanta del suelo y se convierte en una esfera de carne que palpita. Una noche mientras intento dormir me asomo por la ventana y veo a la cosa moviéndose, como si algo empujara desde su interior pero realmente nada empuja desde su interior sino que se está esforzando. En un momento veo una silueta que me parece la de una mano y me llena de horror. Cierro la cortina y pretendo que no vi nada, que todo es mi imaginación. Mi imaginación me está engañando, me digo, y consigo dormir por esa noche. El siguiente día decido que haré guardia delante de ella, solamente para convencerme de que he visto mal. Me llevo una silla y me siento en el porsche. Me quedo dormido antes de que pase nada. Pasada una semana decido que ese día no voy a trabajar, duermo durante todo el día y me levanto a las ocho de la noche. Alrededor de las tres de la mañana la bola comienza a moverse y a adoptar una forma que me parece muy familiar. Pulso tras pulso, voy reconociendo los rasgos como si se tratara de un recién nacido: la nariz aguileña, la mirada fría que siempre ha incomodado a todos. Se está burlando de mí, pienso, porque ha formado una mecedora con sus propios bultos e incluso algo que parece ser una pipa. La cosa extraña camina a la par de mí. Se mueve con tal sincronía con mis propios sentimientos que de pronto me siento delante de un espejo. Levanto una mano y la cosa también. Levanto la otra, la cosa también. Nos rodeamos contemplándonos, buscando una falla, un momento para atacar al otro. Corro a la casa a la par que él, atravesamos el porsche como en una coreografía, los dos sabemos lo mismo, los dos pensamos lo mismo, los dos queremos lo mismo, pero yo alcanzo la escopeta primero y le disparo. la criatura se desploma con los perdigones. Me sujeta y me ensucia la ropa nueva con su sangre. Me miro morir, despacio, a poco de su último respiro, me doy un tiro en la cabeza y ahí acaba la similitud. Estoy cansado. Arrastro mi cuerpo afuera y lo lanzo lejos de mi casa. Lo enterraré mañana, me digo, luego me recuesto a dormir.

el papel a media calle dice

Toda familia, en todo pueblo, en todo país, en cada continente tiene uno, ¿no lo sabías? Es un gabinete que no es particularmente llamativo por nada, no está fuera de lugar, no se ve feo; lo más probable es que sea un mueble en donde no guardan nada, o guardan poco; la pintura se le está descascarando en una de las esquinas y la manija para abrirlo está floja; su interior huele a polvo, el pedazo de pared que puede verse dentro, no coincide con el resto de la pintura de la casa.

Te escondiste ahí, jugando a las escondidas. Cuando volviste a salir, ya no estabas en la misma dimensión. Tranquilo, las diferencias son mínimas.

Pero allá, todos te extrañan.

Malingo

Una vez, en el circo contratamos a un payaso que actuaba bajo el nombre de Malingo. Creo que todos sabíamos, desde el comienzo, que algo andaba mal con Malingo y si en la multitud de un circo, eres considerado extraño, algo debe andar de verdad mal contigo. Apestaba, no solo a alcohol (que parecía ser su única fuente de alimentación), sino a dulce y nauseabunda. Se movía de manera torpe y no, no era gracioso, era demasiado rígido para parecer, de hecho, un payaso. Desde el primer día se mantuvo al margen de los demás; no que nadie tuviera intención de hablarle.

Una noche nos llamó a todos la atención. Se veía… peor. Estaba imitando a los acróbatas en uno de sus números. La idea era que usara el trampolín y diera un par de maromas en el aire, antes de dar contra el suelo. Durante los ensayos, siempre se había levantado después del golpe, era parte del acto. Pero esa noche, delante de toda el público en la carpa, no se levantó. Fui el primero en llegar hasta él, porque siempre estoy presente durante el acto de los payasos. Si la pestilencia no me dejaba claro que algo grave había pasado, podía ver también el enorme agujero en su estómago. Era como si hubiera reventado. Por fortuna, logré hacer que los payasos hicieran “la ambulancia”, antes de que el público notara que no era parte del show (lo cubrí con un mantel que teníamos en la pista).

Tenemos un doctor en la tropa, para los accidentes. Examinó a Malingo y me dijo que el payaso debía tener semanas de muerto. Lo que había pasado, es que el acto había terminado por ser demasiado para su cuerpo en descomposición y el impacto, efectivamente, lo había reventado. Nadie de nosotros pudo entender cómo era posible que alguien ocultara esa condición (por llamarla de algún modo) bajo un montón de alcohol y gruesas capas de maquillaje.

El deseo

 

En un departamento de emergencia de un hospital privado, una mujer de cincuenta años fue ingresada por dolor abdominal y fiebre. Durante el internamiento, la paciente reportó el uso periódico de antidepresivos, pero su historial médico no reveló mayores datos; al examen físico, no se localizaron anomalías; los análisis de laboratorio agregaron poco al diagnóstico. Decidí proceder con una exploración pélvica exhaustiva, solicitándole a una enfermera que preparara a la paciente en un cuarto de exploración ginecológica.

§esperar