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Silvia

Silvia

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Comencé a vivir en el complejo cuando tenía 24 años. “Complejo” es, probablemente, decir demasiado, porque en realidad es sólo un bloque de departamentos para la rehabilitación de pacientes mentalmente inestables. Tenemos de todo, desde esquizofrénicos hasta diagnósticos muy severos de depresión y todo lo que pueda definirse en medio de esos dos polos. Si voy a contar esta historia, debo regresar un poco más atrás. Entrené en Australia para convertirme en un enfermero. Me inscribí a un programa doble de humanidades y cuidado terapéutico; para el componente de humanidades, me licencié en psicología; que es también en donde descubrí mi interés por el cuidado psiquiátrico. Hice mis internados en hospitales psiquiátricos y hospitales; en mi último año, se me localizó en un gran manicomio. Fue aquí donde conocí a Brian. Era un caso interesante. Sufría una esquizofrenia paranoide, aunque había adquirido los síntomas de modo prematuro; siendo detectado a la edad de 16 años. Era resistente a muchos tipos de narcóticos, encontraba de poco a nada de alivio en la terapia ocupacional y de grupo y había resistido un ciclo completo de terapia electroconvulsiva, sin mejoras. Su familia debió depender más y más de internamiento para cuidar de él, hasta que finalmente, cuando cumplió 22 años; fue admitido permanentemente en en manicomio en el que yo también me encontraba; el hospital psiquiátrico St John of God, en Burwood, Sydney. Me atrajo desde el momento en el que lo conocí. Aunque padecía de síntomas comunes entre esquizofrénicos, si bien, en un nivel bastante avanzado (alucinaciones auditivas, táctiles y visuales de grado mayor y un cuadro paranoico completo), me cayó bien. Me pareció un tipo normal, de más o menos mi edad, de cabello revuelto y mal cuidado.

Tenía buena complexión, se mantenía ejercitado en su propia celda; que le habían permitido adaptar con pequeños cambios (una barra atravesada por encima de la puerta, para hacer brazo), debido al largo tiempo que ya tenía internado. Hablaba con mucha soltura conmigo e incluso, durante mis descansos, iba a la zona de fumar con él, para compartir un cigarrillo. Mi internado duró un mes entero, pero mi trabajo les impresionó tanto que me contrataron cuando terminé mis estudios. Acepté. Cuando me fui, Brian y yo mantuvimos contacto por eMail, nos habíamos vuelto amigos. Pasaron unos cinco meses antes de que me titulara y luego un par más, para las vacaciones de fin de año. Luego fui directo al St John of God, a tomar mi plaza. Compartíamos un montón de gustos, rasgos de personalidad y opiniones. Le solía llevar discos, libros y sets completos de DVD, para fomentar la conversación sobre temas y su vida en estos pasillos.

Durante la integración de un nuevo programa gubernamental, se compró un huego de departamentos y en asociación con otras autoridades de la salud y otros hospitales, se decidió que serían utilizados como un espacio de rehabilitación o estancia permamente de pacientes con síndromes mentales que requirieran terapia de largo plazo o se encontraran lo suficientemente bien para readapatarse a la vida pública. Me ofrecieron un lugar ahí, como cuidador, que implicaría que tendría que vivir ahí y hacerme cargo de la medicación y amenjo de los pacientes. Era un gran paso para mi edad, les dije que lo pensaría. Luego, durante un descanso y fumando, lo discutí con Brian. Me dijo que sabía del proyecto, porque era de los candidatos que ocuparían un departamento, me rogó que tomara el trabajo y entonces dijo con un tono más bajo “podrías protegerme”.

La cosa interesante con los pacientes esquizofrénicos, es que su condición es una realidad para ellos. Creen en todo lo que experimentan y en lo que las voces dicen. Brian contaba con lo que solemos llamar insight, que puede explicarse como el entendimiento de su enfermedad, así como de los síntomas y el hecho final de que nada de esto es real; sino solo una parte de su condición. Era, sobre todo por esto último, que escucharlo expresar que necesitaba protección de mi parte, me sorprendió.

—¿de qué, Brian?

—de Silvia.

Es muy frecuente que quien padece de esquizofrenia establezca rapports con sus alucionaciones, que tengan alguna en particular, muy recurrente durante todo su curso, que compacte características y rasgos por completo únicos. En reportes iniciales, Brian llegó a hablar de ser visitado por una “mujer gato”; luego de que se le explicara que esto era parte de su condición, había dejado de mencionarlo.

—Brian, sabes que no es real, ¿lo sabes, verdad?

—ella no, ella es real.

Me preocupó, pero mantuve la calma y le pedí que me describiera lo que creía estar viendo.

—no hay manera de describirla, a menos que la veas tú mismo y la escuches aullar.

 

Luego de pensarlo por un tiempo, tomé mi decisión. El incremento en la paga era muy notable y era exactamente el tipo de trabajo que me imaginaba desempeñando, sentía que podía hacer carrera en este puesto y me mudé a Camden. Camden es una comunidad relativamente rural, aunque queda cerca de la ciudad de Sydney y está llena de desarrollos urbanos por todas partes. Este, el bloque en el que viviría, se localizaba bastante lejos del distrito central de Camden, en una zona no muy poblada. No me preocupó mucho, pensé que el espacio y el silencio, de hecho, me vendrían bien. Durante el siguiente par de años, la gente vino y se fue, la vida fluyó en automático y aunque me hubiera hecho de una respetable nómina de amigos fuera de mis labores, mi relación con Brian, floreció. Vivíamos a un par de puertas de distancia y varias veces a la semana, me visitaba o lo visitaba, para tomar un par de cervezas, ver películas, pasarla (probablemente no debí dejarlo beber, pero vamos a suspender las apreciaciones éticas por un rato).

 

Como fuera, su condición empeoraba. Reportaba constantemente ver a la “mujer gato”, lo visitaba por la noche y a veces, incluso durante el día. Reporté su condición a los médicos que llevaban su caso, pero estos dijeron que no había necesidad de relocalizarlo hasta que su cuadro se definiera por completo. Brian no era tonto. Creo que me hablaba a mí con honestidad y le decía otra cosa a los médicos. Sabía que, de otra forma, lo encerrarían de vuelta y lo llenarían de narcóticos, para repetirle, una y otra vez, cosas que había escuchado por años. Hice lo que pude para apoyarlo y cuidar de él. Se notaba más tranquilo cuando estaba conmigo, hablaba de sus experiencias con libertad y me repetía que no se sentía seguro a solas. A menudo me encontré escuchando lo que me contaba, suspendiendo mi escepticismo y creyéndole quizá, demasiado, sólo para recordar, en determinado momento, su enfermedad.

Nunca contó las cosas con demasiado detalle, excepto en algunas contadas ocasiones e incluso en ellas, los detalles eran supérfluos. Me dijo que tenía calculado exactamente el momento en que era visitado. Los ruidos comenzaban, siempre, a las tres con veinte de la mañana.

—¿Qué ruidos, Brian?

—Los maullidos. Suena como si hubiera un gato atrapado en mi departamento, pero no tengo un gato y no hay ningún gato por aquí cerca. A veces voy y reviso, pero tan pronto como me aproximo o enciendo una luz, se detiene.

Los maullidos comenzaban lejos, se aproximaban por el pasillo y llegaban hasta el otro lado de su puerta. Entonces la veía.

—¿Cómo se ve?

Brian se estremecía visiblemente, murmuraba “sucia” y se negaba a continuar, a elaborar mucho más, reptiéndome lo que siempre me decía:

—no hay manera de explicarlo, a menos que tú mismo la veas.

El tiempo pasó y Brian empeoró. Me pidió que le permitiera tener una cámara, para que pudiera grabar sus alucinaciones y así creyera que de verdad estaba en peligro. Sabía que no podía hacer eso. Brian tenía dinero de sus padres, pero no hubiera podido hacer eso sin reafirmar sus alucionaciones y empeorar su condición. Se volvió reclusivo, volviendo a la comunicación por email, como solíamos hacerlo al comienzo y lentamente, distanciándose, hasta que sólo lo veía para asegurarme de que estuviera tomando sus medicamentos y comiendo y limpiándose apropiadamente. La conversación por email se mantuvo.

 

Regresé tarde de una noche de parranda con mis amigos del pueblo. No hay mucho qué ver en Camden, pero hay algunos pubs que al final están bien, que son relativamente limpios y tranquilos. Los departamentos estaban oscuros y callados. Entré al mío, me quite los zapatos y encendí la computadora; lo había vuelto un hábito. Había perdido a Brian socialmente y ahora sólo podía conversar con él via correo electrónico. Eché un vistazo a mi bandeja de entrada, revisando notificaciones y borrando spam, hasta llegar al mensaje de mi amigo, con el asunto y el cuerpo del mensaje en blanco. Había un archivo adjunto. “xlivid.avi -42mb”.

Decidí abrir el archivo en vez de guardarlo. Una habitación a oscuras apareció en la ventana del reproductor. La luz de la luna iluminaba la ventana de Brian y una respiración pausada me hizo pensarlo dormido. La puerta estaba a la izquierda de su cama. Entendí que había decidido filmar todo con la cámara de su laptop, cuando se dio cuenta de que yo no lo ayudaría. El video duraba 10 minutos. Miré los primeros veinte segundos sin que nada pasara. Salté un minuto. Nada.

Estaba a punto de avanzar un poco más cuando escuché un sonido. Era casi indistinguible de la respiración de Brian, pero estaba ahí. Conecté unos audífonos y escuché con atención. Un canturreo venía de algún lugar, afuera del cuarto. Comenzó a crecer en magnitud. Era un maullido. Vi a Brian contraerse y jadear, despertando mientras el sonido se incrementaba. Vi su cara pálida iluminada por la luna mientras tomaba la laptop y la ajustaba para captar parte del techo; se asomó nuevamente antes de apuntarla bien hacia la puerta. El maullido, sin duda, se encontraba en el pasillo, afuera de su habitación. Esto duró unos cuatro minutos, hasta que la manija de la puerta comenzó a moverse y la puerta recorrió sus goznes.

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Mímica

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Vivo en un departamento en un edificio habitacional de una ciudad moderadamente grande, en el último piso de un edificio de cinco plantas, como todos los que lo rodean. Mi departamento es de una sola pieza con una sala más o menos grande de ventanas amplias que dan a la calle y a un edificio en la calle de enfrente. Ese edificio tiene un pequeño espacio para estacionar al frente, así que no está directamente delante del mío, que más o menos me gusta, porque la perspectiva sesgada me da algo de privacidad.

Soy un búho y me gusta quedarme despierto hasta tarde con la laptop, en un sillón delante de mi ventana. A veces, doy un vistazo a lo que alcanzo a ver del edificio de enfrente, para ver si encuentro ventanas con la luz encendida, preguntándome si alguien más está despierto, anoche quisiera no haberlo hecho.

Durante las dos últimas noches, he estado viendo una luz muy débil que viene de una de las ventanas; algo de movimiento al que no le presto demasiada atención. Anoche la curiosidad pudo conmigo, hice a un lado la laptop y pegué la cara al cristal para ver mejor. Podía ver a alguien moviéndose. Fui por un par de binoculares y regresé.

Parecía ser una persona iluminada por una vela. No podía ver su rostro, pero estaba haciendo señas. Me estaba haciendo señas, al parecer, porque en cuanto lo vi claro con los binoculares, dejó de hacer señas con los brazos, y me señaló. Sentí un escalofrío.

Me estaba señalando y asintiendo, me estaba señalando y luego, con ese dedo, hizo una seña para indicarme que me diera la vuelta. Siguió haciendo eso, una, otra vez, moviendo el dedo, hasta que entendí que me estaba pidiendo que me diera la vuelta. Lo hice. No encontré nada más que la oscuridad de mi sala. Sonreí, y volví a apuntar a la ventana con mis binoculares. La ventana estaba vacía, excepto por la vela, que se estaba apagando.

La impresión me hizo soltar los binoculares. Regresé a la computadora, puse algo de música, estuve viendo páginas un poco más de lo normal, hasta calmarme; noté que me estaba acabando la batería. Caminé hasta mi cuarto, por el angosto pasillo que conecta con la sala y pasa por el baño. Conforme me acerqué a este último noté una luz debajo de la puerta. Me quedé quieto. Incluso si yo había dejado esa luz encendida, un foco no produciría ese tipo de luz. Abrí despacio la puerta, cerré los ojos, respiré hondo y entré.

La vela en el lavabo iluminaba en el espejo, en el que podía leerse:

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Malingo

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Una vez, en el circo contratamos a un payaso que actuaba bajo el nombre de Malingo. Creo que todos sabíamos, desde el comienzo, que algo andaba mal con Malingo y si en la multitud de un circo, eres considerado extraño, algo debe andar de verdad mal contigo. Apestaba, no solo a alcohol (que parecía ser su única fuente de alimentación), sino a dulce y nauseabunda. Se movía de manera torpe y no, no era gracioso, era demasiado rígido para parecer, de hecho, un payaso. Desde el primer día se mantuvo al margen de los demás; no que nadie tuviera intención de hablarle.

Una noche nos llamó a todos la atención. Se veía… peor. Estaba imitando a los acróbatas en uno de sus números. La idea era que usara el trampolín y diera un par de maromas en el aire, antes de dar contra el suelo. Durante los ensayos, siempre se había levantado después del golpe, era parte del acto. Pero esa noche, delante de toda el público en la carpa, no se levantó. Fui el primero en llegar hasta él, porque siempre estoy presente durante el acto de los payasos. Si la pestilencia no me dejaba claro que algo grave había pasado, podía ver también el enorme agujero en su estómago. Era como si hubiera reventado. Por fortuna, logré hacer que los payasos hicieran “la ambulancia”, antes de que el público notara que no era parte del show (lo cubrí con un mantel que teníamos en la pista).

Tenemos un doctor en la tropa, para los accidentes. Examinó a Malingo y me dijo que el payaso debía tener semanas de muerto. Lo que había pasado, es que el acto había terminado por ser demasiado para su cuerpo en descomposición y el impacto, efectivamente, lo había reventado. Nadie de nosotros pudo entender cómo era posible que alguien ocultara esa condición (por llamarla de algún modo) bajo un montón de alcohol y gruesas capas de maquillaje.

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09_07_10

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Hace un par de meses comencé a asistir a la Universidad Estatal de Chico. Tenía casi todo lo que necesitaba para mi primer año como universitario, excepto una laptop. Soy algo tacaño con el dinero; sobre todo en casos en los que siento que puedo reducir algún costo y este era uno de esos casos.

Exploré la web en busca de alguna buena oferta y descubrí que ninguno se ajustaba a mi frugalidad. Las clases comenzaban en dos semanas y comenzaba a desesperarme, cuando vi un anuncio en el periódico, ofreciendo una laptop a unos seiscientos dólares; el lugar no estaba muy lejos de dónde vivía, era un modelo Dell no demasiado viejo, además; habrían podido darla por más.

Fui al domicilio del vendedor el siguiente día. La casa estaba algo lejos de la ciudad y cerca del bosque, afuera, había una vieja Chevrolet y un tiradero de antiguas señales de tránsito y demás fierros. Toqué el timbre y un hombre delgado, en una chaqueta de franela salió a atenderme. Al escucharme mencionar la laptop noté cierto alivio en su rostro; me dijo que estaba listo para venderla de inmediato, lo repitió una vez más, y luego una vez más (estaba intentando disminuir el precio aún más). Había llevado el dinero conmigo y esa misma tarde regresé a la casa con una nueva computadora.

En casa, emocionado por haber comprado mi primer computadora con mi propio dinero, la encendí y comencé a instalarle los programas y aplicaciones que solía usar. Sólo por curiosidad, revisé los archivos del disco duro y encontré una carpeta escondida; el hombre me aseguró que el disco duro estaba formateado, pero así es esto; mucha gente ni siquiera entiende que significa realmente “formatear”.

El fólder se llamaba “09_07_10”, una fecha. Contenía seis videos y tres imágenes. La curiosidad pudo más que yo y decidí cargar los videos al reproductor para verlos.

El primer video (001) había sido grabado con una handycam y una mano con muy poco pulso, desde el interior de un carro; seguía a una mujer saliendo de un bar y subiéndose a un carro, de noche. Después de un par de segundos, la mujer arrancó y casi de inmediato, la persona grabando comenzó a seguirla. El video duraba veinticuatro segundos; me dejó con la impresión de que “el acosador” (por llamarlo de algún modo), había estado esperando a la mujer por bastante tiempo.

No me alarmé mucho en el momento, tal vez simplemente me sentí incómodo. 002 comenzaba con la cámara encima del tablero del carro, apuntando por el parabrisas. Llovía. Asumí que no habría pasado mucho tiempo entre un archivo y otro. En la autopista, pude reconocer el carro al que la mujer se había subido, dos carros adelante de la posición del acosador. El archivo duraba cuarenta y siete segundos. Comencé a sentirme algo nervioso, comenzaba a suponer que esto no podía terminar bien; pero quería ver en donde terminaba.

003 comenzaba con el mismo pulso tembloroso de 001; fuera del carro, llueve a cántaros y la cámara sigue lo que apenas alcanza a distinguirse como una silueta abrigada con una gabardina larga y una sombrilla, caminando hacia la entrada de una casa. Creí reconocer a la mujer entrando a la casa y cerrando la puerta detrás de sí.

Luego, no ocurrió nada. La inmovilidad (ni siquiera es posible escuchar la respiración del acosador) logró incomodarme; tal vez porque continuaba pensando, una y otra vez, en el objetivo de lo que estaba viendo. Durante unos dos minutos de tensión, apenas acompañados por el ruido de la lluvia golpeando el toldo del carro, las luces de la casa se apagan. La cámara se coloca en el tablero de nuevo y se escucha abrir y cerrar la puerta del piloto. Una nueva silueta aparece cruzando el cuadro, esta vez con una parca que le cubre la cabeza y camina hacia la casa. Verla ahí hizo aparecer un nudo en mi estómago que comenzó a apretarse, mientras el extraño rodeaba la propiedad y desaparecía camino a la parte de atrás. Quien fuera que se tratara, en definitiva no debía de estar ahí.

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modelo T

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Hasta los dieciséis años, viví a la mitad de la nada en la Arkansas rural, en medio de kilómetros y kilómetros de sembradíos, interrumpidos sólo por la autopista, a unos dos kilómetros hacia el sur. Hacia el Oeste de la propiedad (que era la dirección en la que miraba la fachada de la casa), había un pedazo de bosque. Además de eso, había un largo camino que llegaba hasta la casa y conectaba con otro camino después de algunos kilómetros.

En general, vivir a la mitad de la nada era muy tranquilo. Con nadie para molestar, uno es libre de hacer lo que le venga en gana. Pero a los trece, vivir ahí dejó de gustarme tanto. Desde los ocho escuchaba cosas, casi siempre, un golpe metálico, como una puerta de carro que se azota; conforme fui creciendo comencé a notar que los golpes variaban.

Sé que podía tratarse de algún animal vagando afuera, eso era común, considerando que dejábamos nuestras sobras afuera, pero había noches en que se sentía como otra cosa.

Puedo recordar mi primer encuentro. Había cumplido doce años y eran algo así como las dos de la mañana. Me había quedado despierto, mirando la televisión y jugando videojuegos, creo que estaría jugando Driver cuando la luz se fue. La mayoría de mis amigos a mi edad se asustaban con eso, yo estaba acostumbrado: muchas de las líneas rurales eran antiguas y habían estado ahí desde unos 40 años. Hacía viento afuera, así que no era descabellado pensar que algún cable se hubiera aflojado. La luz podía volver o no, si no, había que llamar a la compañía de luz en la mañana.

Como sea, me senté ahí, en la oscuridad, a leer un libro. Me asomé por una ventana, buscando ver qué tan duro soplaba el viento sobre los árboles; noté pequeñas luces que brillaban, en la orilla del bosque. Pensé que podía tratarse de cazadores, pero se movían muy rápido. Había unas cinco, iban en dirección oeste, manteniendo una distancia muy medida entre ellas. De pronto todas se volvieron una sola y luego, despacio, comenzaron a elevarse, poniéndose una encima de la otra, conectándose y formando una línea vertical de luz. Me sorprendió. Nunca le dije nada a mi mamá, no me hubiera creído. Seguí diciéndome a mí mismo que no eran nada más que cazadores, tal vez algo raros, pero cazadores.

Más o menos un mes después, me había olvidado del asunto. Era la noche de un martes (por ahí de la una de la mañana) y no podía dormir. Así que me levanté y encendí la televisión. Algo golpeó contra la pared de fuera. Podía ser un mapache, intentando escalar la pared, así que fui a buscar el rifle. Abrí la puerta y asomé la cabeza para inspeccionar el muro. No había nada. Salí y le di la vuelta a la casa. Lo que fuera, había escapado. De vuelta en el porsche, di un vistazo al terreno, en dirección al bosque.

Tal vez fue lo que más me dio miedo en mi corta vida. Bajo la leve luz de la luna, noté una docena de siluetas negras, de pie sobre el campo. Diría que estaban a unos cuarenta o cincuenta metros. Estaban regados por ahí, como aventados al azar, de pie y a juzgar por la forma de sus siluetas, encarándome.

Por supuesto que me cagué de miedo y corrí dentro de la casa. Desperté a mi mamá. Enojada por ser despertada por una razón tan ridícula, fue hacia la puerta conmigo y la abrió sin dudar.

Aún estaban ahí, excepto que más cerca. Algunos de ellos se notaban más, por la cercanía de la luz de seguridad que teníamos en la orilla de nuestra propiedad. No era la falta de luz, su silueta, su piel, era de color negro, un negro seco y marchito. Sus ojos brillaban con un suave color amarillo.

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