programación japonesa

Era tarde, muy tarde y Ted aún no podía dormir; el cambio de horario por el vuelo a Japón lo había dejado recostado delante del televisor, con tan poco que hacer como cambiar el canal, a la espera de conseguir algo de sueño o bien, que el mundo a su alrededor despertara y se pusiera en marcha.
El programa de concursos le había resultado interesante. Lleno de humillaciones abyectas y desnudos sin censura. Era patético como todos estaban contentos por participar en esa masacre de la autoestima por los estúpidos premios que ofrecían al ganador. Algunos participantes incluso rompían en llanto cuando escuchaban lo que tenían que hacer en lo que al parecer, era televisión nacional.
Era obvio que los verdaderos ganadores del programa eran los espectadores y Ted estaba contento de formar parte de ellos. había un gusto de vouyerismo puro en observar a alguien dispuesto a despedirse de toda su dignidad por una tostadora. Lo que comenzó cuando el reloj dio las cuatro de la mañana y los créditos se acabaron, era mucho más desconcertante y adicitivo; los japos habrían visto la bruja de Blair y decidido que podían hacerlo mejor.
No tenía subtítulos, pero era comprensible para algo sepultado a poco de que amaneciera. No tenía sentido, pero la premisa era sencilla: tomas borrosas desde “cámaras escondidas”, localizadas en distintos lugares, que capturaban a personas normales en situaciones cotidianas, mientras era acosadas silenciosamente por hombres disfrazados en la variedad más ecléctica y kitsch posible. Una retorcida versión animé de Mickey Mouse interrumpió la visita de una ancianita a un supermercado desierto; un extraño ser insectoide de color turquesa, en tanga, había atravesado los delgados muros de un cuarto de motel y el miembro rechazado de Village People daba caza a un triste borrachín dormido en un parque.
Si ya era entretenido así, se volvía cautivador en el momento en que Mickey Mouse sacaba la navaja. A veces las víctimas lograban escapar. La ancianita por ejemplo, vio a su verdugo a la vuelta de una esquina por suerte de un espejo de vigilancia que nadie había tomado en cuenta y salió disparada hasta su carro, sin ni siquiera dar un vistazo atrás por el estacionamiento, mientras Mickey aún luchaba por desatorarse de la puerta automática, traicionado por el ancho de su botarga. El borracho no había tenido tanta suerte. Todo había terminado con una toma de lejos, tras haber sido molido por el tomahawk del cherokee de pacotilla. Las tomas forzadas, los cortes de estática y el tono verdoso de la visión nocturna dotaban al asunto de una atmósfera de complicidad enfermiza, íntima y muy personal.
Murphy aplicó su ley y la alimentación eléctrica se fue. Ted tentaleó el sillón en busca del control remoto, logrando tirarlo al suelo mientras su silueta se reflejaba en el muerto muro de cristal del televisor. Habría presionado con el pie el botón de encendido justo al momento en que la alimentación volvía, pero la pantalla no parecía mostrar nada más que un negro sólido y silencioso. Un tanto destanteado por lo que le pareció un cambio antinatural en la posición de su reflejo sobre el cristal, intentó cambiar el canal con el remoto en mano. Varios intentos después, notó el puntito rojo encima de la televisión. Era una cámara.

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