Directly from my heart to you

Hello World :)

Hace tal vez tres años compré el dominio hijodeperez. Tenía clarísimo lo que pensaba hacer con él: bosquejé un proyecto de alrededor de un año de duración para ponerlo en marcha, establecí la función que tendría en mi vida y entonces procedí a olvidarme por completo de él. Durante ese tiempo y como bien se ha llegado a apuntar, el tiempo de los blogs, vistos como una bitácora personal, terminó.

Artículos de opinión sobre películas, libros, sitios, eventos y otros temas.La razón es simple: las redes sociales son muchísimo más simples y por un comienzo, mucho más atractivas; el rango de recompensa (aún estemos hablando solo de una recompensa simbólica) es inmediato y ahí al parecer se encuentra la cúspide de nuestras expectativas: compartir un meme, conversar con la tribu (muchísimo o poquísimo parece ser igualmente equivalente), conseguir las insignias correspondientes y estar eternamente al pendiente de lo que hacemos todos y, de lo que hacen los otros.

Así perdimos algo, o bien, perdí algo: cierto estado mental a medio paso entre el asombro y la introspección, en el que podía permanecer durante horas, incluso lejos de la máquina. La inmediatez es muy conveniente en algunos escenarios, pero conforme avanzan estos tiempos aciagos, estoy convencido de que fijar el pensamiento en tal velocidad resulta, además de una amputación, paradójico; la bruma de la inmediatez tiende a desconectarnos hasta de nosotros mismos.

Era otro tipo de Internet. Uno más voluminoso y decididamente más lento: definido incluso por los medios por los que ingresabas a él, por el tiempo que debías dedicar a la tarea de conectarte, por las limitaciones entre lo que la tecnología era y las posibilidades que podías imaginar. Y era en los últimos días de esa primera fase que a mí se me antojaba contar con un sitio propio, luego de que mexicokafkiano cerrara y terminara con ello una etapa de mi vida.

Así en algún momento di con un alojamiento barato y terminé con este nombre. Configuré y ensayé un par de ideas y dejé el resto para un después que se me escapaba entre pagar alguna factura, atender a Fer o pelearme con alguna de mis ahora exes. Lo peor de todo es tener el pleno conocimiento de que ni por asomo soy un caso aislado: la gente se atora todos los días y ahí se queda por años, por décadas; más que un lugar común, es una cotidianidad absurdamente posible.

El único momento en el que volvía a pensar en mi sitio era, es, cuando la notificación de renovación del hosting llegaba. Ha pasado suficiente tiempo para que eso también se vuelva un rito. Leer el anuncio, recordar experiencias pasadas, dominios perdidos entre las patas de estos egos que cargamos y nunca nos dejan en paz; decir: ha sido suficiente de hacerse el tonto, no necesitas un dominio, estás tirando tu dinero a la basura. Decir: pero yo quería este dominio para algo.

¿Y para qué?

Y durante años, sin tener una idea clara de por qué querría tener un sitio propio, luego de un pleito contra mí, terminaba pagando el año de nuevo. Esto acaba de pasar de nuevo. Y otra vez, luego de un pleito, acabo de llegar a esta misma pregunta. ¿Para qué mierdas necesito un sitio? Así de grande es mi capacidad de evasión de la realidad. Me veo, en una semana, dos, recriminándome por el dinero que he perdido en nada más que sueños.

Ah, pero no todo ha sido en vano. Hace poco logré responder la pregunta. Es la respuesta más idiota de todas, pero es la única posible:

Tengo un sitio para escribir.

En el fondo de todo lo que podría llegar a representar mi existencia está esta pulsión permanente de tomar ese cúmulo nimbus de símbolos que me he creído, me representan y del resto de las nubes que conforman mi universo perceptible y escribir a partir, sobre y con ellas.

No tengo idea de por qué es así, pero tengo pistas.

Sé que esta cuestión no está motivada por mi ego. No escribo para encontrar la validación de nadie al hacerlo. No escribo para que se me considere escritor. Si bien he terminado en algún escaño de la estructura —digamos, por ejemplo— cultural de mi ciudad, esto no ha dejado de ser anecdótico: no me sacia saberme tomado en cuenta en los criterios editoriales de proyectos cuya columna vertebral está necesariamente compuesta por un afán elitista que, a la vuelta de, puede que un lustro, resultará también falso.

No que esté mal, tampoco, pero tarde o temprano termino descubriéndome molesto de encontrarme ahí.

Sé, también, que no pretendo ganarme el sustento por medio de mi trabajo. Sé que para una gran cantidad de personas con aspiraciones similares a las mías, esto en mí debería ser de otra forma. Casi escucho el ejército de voces enojosas citando las razones por las cuales una pluma bien entrenada para esto o aquello debe saber cobrar lo que es justo cobrar. Y estoy completamente de acuerdo. Pero en todas las empresas en donde he terminado trayendo pocas o muchas ganancias, lo que al final termina pasando es que acabo estúpidamente cansado de una parte muy subjetiva de mí mismo.

Al final tengo un trabajo que poco o nada tiene qué ver con la escritura, tan cansado y desgastante como cualquier otro trabajo.

Sé finalmente que esta pulsión lo ha sobrevivido todo: distintas etapas de mi personalidad y distintos momentos en mi vida. No renunciaría a escribir por una vida libre del estrés y de las dificultades que curso cotidianamente. No lo haría ni aunque se me garantizara la felicidad eterna —idea que, de cualquier forma, encuentro perturbadora— siempre elegiría estar sentado escribiendo tal o cual cosa, incluso si sé que no voy a compartirlo con nadie.

Sacándolo pues en limpio soy un tipo que escribe y sé también que he pagado este espacio para escribir, dejándolo por completo vacío durante años. Una primera entrada no podía decir otra cosa, ahora lo sé.

– 29 de septiembre, 2020. 23:57 h.

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