el respeto al monstruo —sobre Sadako vs. Kayako, de Kôji Shiraishi

  • Hace poco Landis, hablando sobre el proyecto dark universe, encabezado por la película the mummie estrenada en este mismo mes, habló de los monster rallys, que básicamente corresponden a la etapa en la que los estudios universal buscaron seguir explotando las franquicias de sus monstruos clásicos, ya reconceptualizando a los monstruos en situaciones distantes a su argumento original o precisamente, confrontándolos; para el director de la icónica de licántropos el problema descansa sobre todo en la presencia de monstruos más contemporáneos, tales como el par de luminarias que asegurarán un regreso económico en taquilla y también garantizan que la película no hace ni el mínimo esfuerzo por permanecer en su género o estilo originales.
  • Años atrás, ya otro estudio se caló en pelear a sus monstruos en pantalla sacando un sueño chairo  de la fanaticada del development hell y lanzando al ring a los principales de Nightmare on Elm Street y Friday the 13th; los resultados fueron desde el punto de vista más optimista, encontrados: para la filmación, el director Ronny Yu decidió declinar la disposición de Kane Hodder, quien había venido interpretando el papel del matón de calenturientos durante las últimas cinco películas, en favor de Ken Kirzinger, argumentando que él siempre había creído que Jason debía ser más alto.
  • Poco después, otro intento de monster rally se estrena, esta vez dirigido por W.S. Anderson, quien, de acuerdo al detrás de cámara de  Alien vs Predator, se metió el presupuesto de la película en crear un animatrónic hidráulico del xenomórfo, mismo que aparecería cerca de seis minutos en el corte final. Los resultados de la cinta fueron tan, encontrados, que incluso habiendo reunido el suficiente interés para justificar una segunda entrega, el proyecto entero y la idea de integrar el encuentro entre alienígenas en las historias canónicas de cada cual de ahí en adelante, fueron barridos debajo del tapete.
  • Pueden deducirse varias causas que tienden a eliminar toda posibilidad de continuidad en estos proyectos: las cintas son diseñadas como cashgrabs para explotar un público cautivo y la producción selecciona directores que exigen animatrónicos hidráulicos o actores más altos para hacer sus cintas, mientras en general suelen ser aves de paso del género y parecen dar la impresión de que el proyecto les viene y les va (‘sease que, los monstruos no son respetados).
  • Incluso siendo público cautivo del género en cuestión, cuesta trabajo desembolsar el boleto para ir a ver una película que, si se siguió el caminito tanto de Ringu como de Ju-on, cuando ambas piezas resultaban ser verdaderas piezas de autor (la fraquificación vino despúes), mucho más cuando very mucho conscientes de los gustos de su público, cinépolis ofrece solamente una función a las diez y media de la noche y te la proyectará doblada a fuercitas.
  • La cinta respeta el material original de los monstruos en el cuadrilátero, la dirección corre a cargo de un director que trae bajo el ala a Teketeke y Noroi, que si bien nunca hicieron caminito hacia este continente, son piezas ya clásicas del género; el argumento desplaza a los dos monstruos de la comodidad de sus cintas y los filtra sobre una visión distinta a la de sus creadores, sin con ello dejar de ser apuntes muy interesantes de la cinematografía de sus películas originales: Shiraishi emplea con extraordinaria sensibilidad los cambios de atmósfera correspondientes a cada fantasma y la manera de filmarlos, los introduce desde su espacio propio e incluso parte de las víctimas habituales de sus historias; en algún momento del film uno tiene la sensación de estar mirando una continuación de cualquiera de las dos películas.
  • Entonces llega el momento kawaii: dos personajes salidos de las profundidades del animé más elemental se presentan, los fantasmas de la cinta les hacen los mandados, la atmósfera se rompe; lo peor de todo es que son ellos el catalizador del “pleito” entre Sadako y Kayako.
  • El pleito entre Sadako y Kayako dura minutos, raya en lo mediocre: se siente como si los apuntes del director, hasta ese momento interesantes, se hubieran acabado; lo dejan a uno con la impresión de que dicha parte fue filmada sin mucha idea, con mucha prisa o ambas; las referencias se acaban y el público se queda a solas con los dos personajes mcguffin introducidos hacia el tercer cuarto de la cinta.