hijo de pérez

La puerta de Bernhard

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La puerta de Bernhard (condición del sueño)

Los investigadores responsables de analizar los datos recolectados creen que todos, en algún momento, han experimentado La puerta de Bernhard.

32% de los sujetos entrevistados [de una batería de 1,300 individuos] reportan haber experimentado [una vez o más] sueños durante los últimos 5 años donde había una puerta. 16% recuerdan la puerta en alguno de sus sueños de la infancia, al menos a diez años de distancia de la entrevista. Un 19% adicional son capaces de recordar el sueño únicamente bajo la inducción de un estado de hipnosis.

67% en la batería de pruebas, han experimentado el fenómeno.

Descripción:

En la mayor parte de los casos, el sueño comienza en el hogar o casa que el sujeto habitó durante su niñez. En el sueño, el sujeto se encuentra solo, vagando por la casa [en algunos casos, en busca de alguna cosa]. La puerta es descubierta en un lugar oculto e inaccesible, comúnmente detrás de una pieza grande y pesada de mobiliario [un librero, una estantería]. El sujeto siente una fuerte sensación de Dejà Vu; como si siempre hubieran sabido que esa puerta existía, pero lo hubieran olvidado a través de los años. Adicionalmente, suelen sentir que casi recuerdan lo que hay adentro.

El sujeto es tentado a mover los obstáculos y entrar. La puerta por sí misma es casi siempre pesada y difícil de abrir [en algunos casos requiere de una llave, que ocurre que el sujeto, sin explicaciones, tiene]. Una vez abierta, la puerta da paso a una larga escalera que sube [aunque en un mínimo porcentaje, baja] a un nivel no visible desde el inicio del ascenso; un sentimiento de nerviosismo y miedo irracional comienza a crecer en el sujeto mientras sube los peldaños.

Los datos se vuelven inconsistentes a partir de este punto, las descripciones tienen amplias variaciones. Un escenario en particular cuenta con cierta frecuencia digna de análisis [alrededor del 27% de los casos]: el sujeto llega a un cuarto al final de la escalera. Aquí se encuentran con un juguete viejo, una pintura o una fotografía que parecen recordar vagamente de su niñez. Conforme el sujeto se acerca al objeto, este adquiere vida. El sujeto percibe que el objeto es “malo” y quiere lastimarlo o realizar un acto de hostilidad deliberado contra él. Los reportes varían en los sucesos subsecuentes, con algunos de los sujetos siendo “matados” por el objeto, mientras otros consiguen huir en una persecución angustiante.

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Princesa

¿Alguna vez te has preguntado si algo puede ser mal de nacimiento? En estos días luminosos nuestros, conceptos como el bien y el mal suelen observarse como caducos, arcaicos incluso. De acuerdo al pensamiento moderno, la gente (y los animales, claro) son producto de sus escenarios y no más responsables de sus actos que una rama suelta en el curso de un rio.

Pero yo tengo una idea más clara. Algunas cosas nacen siendo malas.

Hace unos diez años, adoptamos una perra pastor alemán llamada Duquesa.

Duquesa tuvo una camada de siete cachorritos. Seis de ellos se veían como cualquier otro pastor alemán que hayas visto, el séptimo era blanco, como la nieve. No era realmente albina, sino simplemente de cabellos color blanco, nariz negra y ojos azules.

Nunca hubo ninguna duda sobre cuál queríamos conservar. La llamamos Princesa.

Después de los seis meses, cualquier plan que hubiéramos hecho sobre vender al resto de la camada o regalarla dejaron de tener sentido, la camada entera había muerto.

Encontrábamos un nuevo cadáver cada mes, sin lesiones ni nada, como si hubieran muerto mientras dormían. Al principio creímos que tal vez su madre los estaba asfixiando o algo así.

Luego no nos cupo duda de lo que los había matado.

Al acabar el año había dominado a su madre, su padre (siendo el viejo alfa que era) y en cierto sentido, incluso a nosotros. Sus padres huían de ella. Cuando servíamos la comida, comía todo lo que quería, sin que ninguno de los otros dos se entrometieran.

Una vez intenté ahuyentarla e invitar a que los otros dos comieran primero. Me gruñó, sacando esos colmillos blancos y perfectos de sus labios negruzcos y la advertencia adquirió un tono tan profundo que me hizo cosquillas en el estómago.

Después de eso, no volví a meterme con ella.

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Vox y el Rey Beau

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[detalle] King Beau by Aelur

Peludito

No tengo la menor idea de qué tan real es este recuerdo, tiene la misma textura de los sueños que tenía cuando caminaba dormida; lo pude haber imaginado.

Cuando era muy pequeña, teníamos un gato gordo y naranja que se llamaba Peludito. Peludito y yo no nos llevábamos bien, sobre todo por que no era la clase de gato que tolerara niños. Yo lo quería mucho. Un día, después de lo que mi mamá vio, yo estaba jugando con Peludito y debí de jalarlo o algo, por que me mordió y salió corriendo. No había sido una mordida muy fuerte, pero me hizo llorar.

Al parecer esto no le gustó mucho a Beau. Esa noche, recuerdo haber despertado al oirlo llamándome. Muchos de mis recuerdos sobre Beau son sobre todo de su voz y de casi nada más; tal vez su rostro flotando en un espacio oscuro. Esa noche apareció entre mi cama y mi ventana, cuando abrí los ojos se inclinó para sonreirme con su fila de colmillos. Es una imagen pertubadora que me da escalofríos recordar y que no tengo ni la menor idea de cómo fue que no me hizo gritar en ese entonces.

Beau me dijo que quería que viera algo. Se veía emocionado. Sus dedos me pasaron por el dorso de una mano al tiempo que me dijo “voy a poner los colmillos de ese gato en mi corona”. Entonces volvió a la ventana y me hizo la seña de que lo siguiera. No me explicó nada, pero yo sabía, en la forma en la que uno sabe cosas durante el sueño que al despertar olvida, que quería mostrarme cómo es que un verdadero cazador opera.

Me acerqué a Beau y miré por la ventana. Desde mi cuarto era posible mirar al patio trasero de la casa. Era un jardín normal, con algunos árboles y una hamaca, cerrado todo por una cerca de madera. Toda la escena transcurrió en un silencio iluminado sólo por la luna; en esa forma en la que a veces parece transformar las cosas normales por la noche. Vi una pequeña silueta saltar por la barda y aterrizar ágilmente en el jardín. Era Peludito. Estaba tan enfocada en observarlo andar que no me di cuenta de cuando fue que Beau me dejó sola, hasta que vi otra figura en el patio.

No era nada más que una sombra circular, un bulto como el que a veces uno piensa ver cuando llega a un cuarto a oscuras. Peludito se dio cuenta de inmediato y se giró, tenso, para confrontarle. El bulto se le acercaba y yo pude escuchar ese casi aullido que los gatos dan como advertencia. Aunque su nombre fuera tonto, Peludito era un gato grande, no era la clase de animal que se apelmazaba ante la amenaza de una pelea; sino más bien la clase que logra que un carro detenga la marcha para dejarlo pasar. Peludito siseó y dio un aullido terrible antes de intentar huir. La sombra le siguió, como intentando atraparle de los cuartos traseros, incluso mientras saltaba de nuevo la barda y desaparecía de mi vista.

Intenté ver en donde estaban, pero desde donde estaba, la escena había terminado. En la distancia escuché lo que me pareció una pelea de gatos. Aquellos que han podido ver una de cerca, sabrán que sin importar qué tan ligera resulte, el sonido parece el de una masacre. De verdad es terrible, como para hacerte rechinar los dientes. Esta fue especialmente feroz, pero sólo podía escuchar a Peludito.

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La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

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Capítulo 9

Levanté la linterna y la apunté hacia atrás. La luz hizo brillar la daga. Me levanté y alcancé el arma. La sopesé en la mano antes de empuñarla. El ejército no enseña a los reclutas a defenderse con un cuchillo, pero, la primer regla es que te van a cortar; debes esperarlo, debes aceptarlo y rebanar al otro cabrón mientras cree que ya te jodió porque te hirió primero. El cuchillo no se gira en la mano, no se pasa de una mano a la otra y tampoco se finta con él; juega al mamón en una pelea y disfruta tu nuevo agujero. Se mantiene bajo, hacia un costado de tu cuerpo y con la punta ligeramente angulada hacia arriba y al frente. Lo que estás buscando es cortar en diagonal sobre el pecho o los brazos; o, mejor, un viaje directo hacia el abdomen, debajo de las costillas; adentro y hacia arriba.

El ejército no enseña a sus reclutas a defenderse con una navaja, pero mi viejo sí. Viejos tiempos. Buenos tiempos. Más sangre en la boca, menos nazis fantasmas.

Busqué por la oscuridad con mi linterna, esperando dar con alguna silueta. Había escalones rotos y charcos de lodo y aguanieve. El agua goteaba del techo del subsótano; elevar la luz me mostró una bonita colección de protuberancias y colmillos de hielo, colgando sobre la estructura de metal que sostenía la placa de concreto del suelo de arriba.

—¡MONKEY, DÓNDE ESTÁS! —escuché de arriba.

—¡SUBSÓTANO, CAMINE CON CUIDADO, LA ESCOTILLA ESTÁ ABIERTA!

Una luz asomó del hueco y me acerqué a la luz para dejarme ver.

—¿todo bien? —dijo Vickers tras la luz —no podía abrir la puerta, el viento estaba sosteniéndola cerrada.

—Sí, eso pasa mucho por aquí. Me duelen las costillas y la esp-

[¿qué fue eso?]

—Un segundo. —Me acerqué al lugar de donde había escuchado algo caerse. Era un paquete de Marlboro. Tandy fumaba Marlboro. Recogí la cajetilla y encendí un cigarro con las manos temblando. Yo no fumo, por cierto.

Regresé a la luz de Vickers.

—Creo que ha estado aquí, encontré sus cigarros.

Vickers se tantea el bolsillo del pecho.

—Creo que… creo que son míos. Se me acaban de caer. Lánzamelos, quiero uno.

Le saqué tres a la cajetilla y la lancé.

—Gracias. ¿Estás bien?

—Tan bien como se puede estar aquí abajo, está cabrón.

—Vas a tener que esperar, vamos a necesitar una cuerda, la escalera está hecha mierda; ¿puedes esperar?

[Hijo de puta, me vas a dejar aquí]

—Claro, vaya con calma.

—Cacha.

Solté el cuchillo para atrapar la .45 con ambas manos. Me fijé la daga en la bota y le corté cartucho a la pistola.

—Puede que tengas que usarla… con… con Tandy, ¿serías capaz?… ¿puedes hacer eso?

—Sí sargento, puedo usar fuerza letal con el raso Tandy, de ser necesario.

—Excelente. Ya vuelvo.

La luz desapareció.

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El destino de Sally York

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El triturado accidental de la pequeña Sally York, en 1912 en el telar de algodón de la fábrica textil de North Fork fue uno de tantos accidentes ejemplares con los que los legisladores se ayudaron para empujar el acta Keating-Owen de 1916, la primera en garantizar leyes para los trabajadores menores de edad en la historia americana.

Desde el tiempo del accidente hasta que la fábrica cerrara cuatro décadas después, los trabajadores insistieron en encontrar súbitos cambios de temperatura, ruidos extraños y golpecitos sin explicación en el hombro cuando nadie estaba cerca.

Los capataces de la fábrica nunca tomaron en serio estas quejas hasta que esta fotografía salió a la luz púbica en 1932.

Fue tomada por un fotógrafo viajante llamado Benny Johnson, que de inmediato la vendió a la Gaceta de North Fork por un monto sin precedentes de diez dólares. El molino había cerrado para las fiestas decembrinas y estaba vacía al momento y fue posteriormente la culpable del cierre del molino aunque La gran depresión hubiera podido tener mayor peso en el hecho.

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Estampida

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Escuchar pasos no es inusual cuando duermes en un sótano, así que decido no ponerles atención, asumir que es mi hermano y continuar con cualquier cosa tonta que esté haciendo en ese momento. Los zapateos no cesan, ni van, ni vienen; parecen venir de un mismo lugar. Me da la impresión de que se están burlando de mí y eso comienza a molestarme. De pronto comienzan a aumentar de volumen hasta el punto en el que me hacen dar un suspiro de exasperación, ¿qué está haciendo mi hermano? Me quedo sentado sobre la orilla de la cama, porque es imposible concentrarse en otra cosa. Es como si estuvieran dando de pisotones por todo el espacio arriba del cuarto.

Los pasos se vuelven más rápidos… más agresivos. Continúan, hasta que comienzan a formar un ritmo, más fuerte, más duro; termino por entenderlo: lo que está haciendo ese ruido, no es humano, nadie puede moverse así.

—¡Qué Carajo! —interrumpo. Todos los sonidos se detienen. Todo está callado. Entonces escucho unos pasos tranquilos, curiosos, dirigiéndose a la puerta de mi sótano. La puerta se abre y los pasos se detienen de nuevo. Escucho mi respiración por los siguientes tres minutos. Pensando que ha terminado, exhalo. Los pasos se aceleran por las escaleras. Tiro una silla al levantarme. Corro hacia el closet, veo de reojo una criatura grotesca, lampiña, en cuatro patas, bailando hacia mí, regolpeteando sus patas deformes en un ritmo intoxicante. Salto al clóset y cierro la puerta. Hay una pausa de medio segundo, antes de que el ritmo comience a sonar sobre la madera de la puerta.

No se detiene. No hay descanso. No hay alivio. Ha estado ahí por horas. Me descubro regolpeteando los dedos con su ritmo. Tan súbito como ocurre, termina. Espero algunos segundos antes de asomarme. Se ha ido. Enciendo una luz y me siento. Terminó. Me relajo y pienso. Mis pies están regolpeteando contra el suelo. Esta canción no es tan mala, me comienza a gustar tanto que podría bailar, bailar con ella. Me dejo caer sobre mis manos y mis pies, comienzo.

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Malingo

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Una vez, en el circo contratamos a un payaso que actuaba bajo el nombre de Malingo. Creo que todos sabíamos, desde el comienzo, que algo andaba mal con Malingo y si en la multitud de un circo, eres considerado extraño, algo debe andar de verdad mal contigo. Apestaba, no solo a alcohol (que parecía ser su única fuente de alimentación), sino a dulce y nauseabunda. Se movía de manera torpe y no, no era gracioso, era demasiado rígido para parecer, de hecho, un payaso. Desde el primer día se mantuvo al margen de los demás; no que nadie tuviera intención de hablarle.

Una noche nos llamó a todos la atención. Se veía… peor. Estaba imitando a los acróbatas en uno de sus números. La idea era que usara el trampolín y diera un par de maromas en el aire, antes de dar contra el suelo. Durante los ensayos, siempre se había levantado después del golpe, era parte del acto. Pero esa noche, delante de toda el público en la carpa, no se levantó. Fui el primero en llegar hasta él, porque siempre estoy presente durante el acto de los payasos. Si la pestilencia no me dejaba claro que algo grave había pasado, podía ver también el enorme agujero en su estómago. Era como si hubiera reventado. Por fortuna, logré hacer que los payasos hicieran “la ambulancia”, antes de que el público notara que no era parte del show (lo cubrí con un mantel que teníamos en la pista).

Tenemos un doctor en la tropa, para los accidentes. Examinó a Malingo y me dijo que el payaso debía tener semanas de muerto. Lo que había pasado, es que el acto había terminado por ser demasiado para su cuerpo en descomposición y el impacto, efectivamente, lo había reventado. Nadie de nosotros pudo entender cómo era posible que alguien ocultara esa condición (por llamarla de algún modo) bajo un montón de alcohol y gruesas capas de maquillaje.

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