Silvia

Comencé a vivir en el complejo cuando tenía 24 años. “Complejo” es una palabra que no se le ajusta tan bien, porque en realidad se trata de un bloque de departamentos, para la rehabilitación de pacientes mentalmente inestables. Tenemos de todo, desde esquizofrénicos hasta diagnósticos muy severos de depresión y todo lo que pueda definirse en medio.

Si voy a contar esta historia, debo regresar un poco más atrás. Entrené en Australia para convertirme en un enfermero. Me inscribí a un programa doble de humanidades y cuidado terapéutico; para el componente de humanidades, me licencié en psicología; que es también en donde descubrí mi interés por el cuidado psiquiátrico. Hice mis internados en hospitales psiquiátricos y albergues; en mi último año, se me asignó un gran manicomio. Fue aquí donde conocí a Brian. Era un caso interesante. Sufría una esquizofrenia paranoide, aunque había adquirido los síntomas de modo prematuro; siendo detectado a la edad de 16 años. Era resistente a muchos tipos de narcóticos, encontraba de poco a nada de alivio en la terapia ocupacional y de grupo y había resistido un ciclo completo de terapia electroconvulsiva, sin mejoras.

Su familia debió depender más y más de internamiento para cuidar de él, hasta que finalmente, cuando cumplió 22 años, fue admitido permanentemente en el manicomio en el que yo iba a trabajar; el hospital psiquiátrico St John of God, en Burwood, Sydney. Me atrajo desde el momento en el que lo conocí. Aunque padecía de síntomas comunes entre esquizofrénicos, si bien, en un nivel bastante avanzado (alucinaciones auditivas, táctiles y visuales de grado mayor y un cuadro paranoico completo), me cayó bien. Me pareció un tipo normal, de más o menos mi edad, de cabello revuelto y mal cuidado.

Tenía buena complexión, ejercitaba dentro de su propia celda, que le habían permitido adaptar  (una barra atravesada por encima de la puerta, para hacer brazo), debido al largo tiempo que ya tenía internado. Hablaba con mucha soltura conmigo e incluso, durante mis descansos, iba a la zona de fumar con él, para compartir un cigarrillo. Mi internado duró un mes entero, pero mi trabajo les impresionó tanto que me ofrecieron un contrato al término de mis estudios. Acepté.

Cuando me fui, Brian y yo mantuvimos contacto por eMail, nos hicimos amigos. Pasaron unos cinco meses antes de que me titulara y luego un par más, para las vacaciones de fin de año. Luego fui directo al St John of God, a tomar mi plaza. Compartíamos un montón de gustos, rasgos de personalidad y opiniones. Le solía llevar discos, libros y sets completos de DVD, para fomentar la conversación conmigo.

Durante la integración de un nuevo programa gubernamental, se compró un juego de departamentos y en asociación con otras autoridades de la salud y otros hospitales, se decidió que serían utilizados como un espacio de rehabilitación y estancia permanente de pacientes con síndromes mentales que requirieran terapia de largo plazo, o se encontraran lo suficientemente bien para readapatarse a sociedad. Me ofrecieron un lugar ahí, como cuidador. Implicaba vivir ahí y hacerme cargo de la medicación y el manejo de una larga lista de pacientes. Era un gran paso para mi edad y les dije que lo pensaría. Luego, durante un descanso y fumando, lo discutí con Brian. Me dijo que sabía del proyecto, porque era de los candidatos que ocuparían un departamento, me rogó que tomara el trabajo y entonces dijo con un tono más bajo “podrías protegerme”.

La cosa interesante con los pacientes esquizofrénicos es que su condición es una realidad para ellos. Creen en todo lo que experimentan y en lo que las voces dicen. Brian contaba con lo que solemos llamar insight, que puede explicarse como el entendimiento de su enfermedad, así como de los síntomas y el hecho final de que nada de esto es real; sino solo una parte de su condición. Era, sobre todo por esto último, que escucharlo expresar que necesitaba protección de mi parte, me llamaba la atención.

—¿de qué, Brian?

—de Silvia.

Es muy frecuente que quien padece de esquizofrenia establezca rapports con sus alucionaciones; que tengan alguna en particular, muy recurrente durante todo su curso, que compacte características y rasgos por completo únicos, una personalidad única, si se quiere; en reportes iniciales, Brian llegó a hablar de ser visitado por una “mujer gato”. Luego de que se le explicara que esto era parte de su condición, había dejado de mencionarlo.

—Brian, sabes que no es real, ¿lo sabes, verdad?

—ella no, ella es real.

Me preocupó, pero mantuve la calma y le pedí que me describiera lo que creía estar viendo.

—no hay manera de describirla, a menos que la veas y la escuches tú mismo.

 
 

Luego de pensarlo por un tiempo, tomé mi decisión. El incremento en la paga era muy notable y era exactamente el tipo de trabajo que me imaginaba desempeñando, sentía que podía hacer carrera en este puesto y me mudé a Camden. Camden es una comunidad relativamente rural, aunque queda cerca de la ciudad de Sydney y está llena de desarrollos urbanos por todas partes. Este, el bloque en el que viviría, se localiza bastante lejos del distrito central de Camden, en una zona no muy poblada.

No me preocupó mucho, pensé que el espacio y el silencio, de hecho, me vendrían bien. Durante el siguiente par de años, la gente vino y se fue, la vida fluyó en automático y aunque me hubiera hecho de una respetable nómina de amigos fuera de mis labores, mi relación con Brian, floreció. Vivíamos a un par de puertas de distancia y varias veces a la semana, me visitaba o lo visitaba, para tomar un par de cervezas, ver películas y pasar el rato (probablemente no debí dejarlo beber, pero vamos a suspender esa consideración ética por un rato).

 
 

Como fuera, su condición empeoraba. Reportaba constantemente ver a la “mujer gato”: lo visitaba por la noche y a veces, incluso durante el día. Lo reporté a los médicos que llevaban su caso, pero estos dijeron que no había necesidad de readmitirlo hasta que su cuadro se definiera por completo. Brian no era tonto. Creo que me hablaba a mí con honestidad y le decía otra cosa a los médicos. Sabía que, de otra forma, lo encerrarían de vuelta y lo llenarían de narcóticos, para repetirle, una y otra vez, cosas que había escuchado por años.

Hice lo que pude para apoyarlo y cuidar de él. Se notaba más tranquilo cuando estaba conmigo, hablaba de sus experiencias con libertad y me repetía que no se sentía seguro a solas. A menudo me encontré escuchando lo que me contaba, suspendiendo mi escepticismo y creyéndole quizá, demasiado, sólo para detenerme y recordar que hablaba con un paciente.

Nunca contó las cosas con demasiado detalle, excepto en algunas ocasiones e incluso en ellas, de manera supérflua. Me dijo que tenía calculado exactamente el momento en que era visitado: los ruidos comenzaban, siempre, a las tres con veinte de la mañana.

—¿Qué ruidos, Brian?

—Los maullidos. Suena como si hubiera un gato atrapado en mi departamento, pero no tengo un gato y no hay ningún gato por aquí. A veces voy y reviso, pero en cuanto enciendo una luz, deja de sonar, se detiene.

Los maullidos comenzaban lejos, se aproximaban por el pasillo y llegaban hasta el otro lado de su puerta. Entonces la veía.

—¿Cómo se ve?

Brian se estremecía visiblemente, murmuraba “sucia” y se negaba a continuar, a elaborar mucho más, reptiéndome lo que siempre me decía:

—no hay manera de explicarlo, a menos que tú mismo la veas.

El tiempo pasó y Brian empeoró. Me pidió que le permitiera tener una cámara, para que pudiera grabar sus alucinaciones y así poder probarme que esto era real, que esto era otra cosa. Sabía que no podía permitirlo. Brian tenía dinero de sus padres, pero no hubiera podido hacer eso sin reafirmar sus alucionaciones y empeorar su condición. Se volvió reclusivo, volviendo a la comunicación por eMail, como solíamos hacerlo al comienzo. Se distanció hasta el punto en que sólo lo veía para asegurarme de que estuviera tomando sus medicamentos, comiendo y limpiándose apropiadamente. Seguimos hablando por correo, de todas formas.

 
 

Regresé tarde de una noche de parranda con mis amigos del pueblo. No hay mucho qué ver en Camden, pero hay algunos pubs que al final están bien, que son relativamente limpios y tranquilos. Los departamentos estaban oscuros y callados. Entré al mío, me quite los zapatos y encendí la computadora; lo había vuelto un hábito: había perdido a Brian socialmente y ahora sólo podía conversar con él así. Eché un vistazo a mi bandeja de entrada, revisé mis notificaciones y borré cadenas y spam, hasta llegar al mensaje de mi amigo, con el asunto y el cuerpo del mensaje en blanco. Había un archivo adjunto: “xlivid.avi -42mb”.

Decidí abrir el archivo en vez de guardarlo. Una habitación a oscuras apareció en la ventana del reproductor. La luz de la luna iluminaba la ventana de Brian y una respiración pausada me hizo pensarlo dormido. La puerta estaba a la izquierda de su cama. Entendí que había decidido filmar todo con la cámara de su laptop, cuando se dio cuenta de que yo no lo ayudaría. El video duraba 10 minutos. Miré los primeros veinte segundos sin que nada pasara. Salté un minuto. Nada.

Estaba a punto de avanzar un poco más cuando escuché un sonido. Era casi indistinguible de la respiración de Brian, pero estaba ahí. Conecté unos audífonos y escuché con atención. Un canturreo venía de algún lugar, afuera del cuarto. Comenzó a crecer en magnitud. Era un maullido. Vi a Brian contraerse y jadear, despertando mientras el sonido se acercaba. Vi su cara pálida, iluminada por la luna mientras tomaba la laptop y la ajustaba para captar parte del techo y apuntarla bien hacia la puerta. El maullido, sin duda, se encontraba en el pasillo, afuera de su habitación. Esto duró unos cuatro minutos, hasta que la manija de la puerta comenzó a moverse y la puerta recorrió sus goznes. Brian respiraba agitado, acorralado en un rincón de su cama, contra el muro. Comencé a reconocer un rostro, conforme una silueta entró en la habitación. Se movió despacio, pasando el límite de la puerta, en una postura que me pareció de cuclillas. Nunca había visto algo como esto. La cabeza se quedó fija, mirando hacia la cama y la cámara desde el momento en que la notó, inclinándose un poco hacia la derecha. Era claramente, una cabeza de mujer, con cabello rubio y sucio colgándole por el frente. Los ojos estaban mal. Eran dos agujeros, sin sangre, como si este fuera un cuerpo que entierran y luego sacan luego de unos meses. Cuando la luz le iluminó la parte baja del rostro, tuve que dejar de mirar un momento el video. La mandíbula estaba claramente rota. Sus labios estaban recorridos hacia arriba y mostraban los dientes en un contorno desigual. Caminando a tumbos, sin intención, sin vida, se acercó, maullando.

Cuando el cuerpo se encontró por completo adentro de la habitación, entendí porqué su altura era tan baja. Estaba caminando sobre sus pies y sus manos. Sus rodillas se doblaban hacia atrás dolorosamente, su espalda estaba arqueada hacia arriba. Estaba vestida con un Jersey y una blusa, pero la luz de la luna hacía los colores indistinguibles. Estaba sucia, llena de polvo. Su cara nunca dejó de dirigirse a la laptop y la cámara. Se aproximó aún más, hasta que la perspectiva de la cama obstruyó su posición. Me quedé ahí sentado, inmóvil, incapaz de hacer nada. Silencio, sólo interrumpido por la respiración rápida de Brian. Las manos se sujetan a la cama y la mujer aparece. En una sucesión tan lenta que duele sólo verla, la mujer se ajusta de la espalda, con varios crujidos de hueso, que finalmente le permiten erguirse. Entonces se sienta sobre la orilla de la cama, dándole la espalda a Brian. Los maullidos suenan tranquilos. Deja de maullar. Siento, quiero, que se baje de la cama y se vaya. De pronto, su cabeza gira y su mandíbula se ajusta en lo que sólo puede describirse como una sonrisa rota, que confronta directamente a mi amigo.

Fue hasta ese momento que entendí que tenía que llegar hasta él. Al video le restaban dos minutos, más o menos, pero no me importó. Salí disparado de mi casa, corriendo hacia su puerta, que agarré a golpes, gritando su nombre. Cuando no contestó, tiré la puerta a empujones. El departamento estaba tranquilo, me dirigí de inmediato al cuarto de Brian. Estaba en la cama. La laptop cerrada junto a él. Sus ojos apuntaban hacia la ventana, planos. Lo llamé, en un susurro. No respondió. Me aproximé a él lentamente, hasta tocar su yugular con un dedo. Una sola lágrima le salió de un ojo, mientras dirigía su vista hacia mí. Estaba vivo.

Brian permaneció sin respuesta mientras intentaba despertarlo, llorando en silencio. La catatonia es otra parte de la esquizofrenia, aunque después de haber visto lo que había visto, tenía serias dudas sobre su condición y su diagnóstico. Revisé toda la casa, encendiendo las luces, teniendo el mayor cuidado del mundo mientras lo hacía. No encontré nada. Llamé a emergencias y les dije lo que había pasado. Llegaron a tomarme mi declaración y a revisar el departamento completo. Los polis asumieron una postura rígida y distante. No podía culparlos, toda la sonaba por completo descabellada. De hecho, comencé a dudar de mí mismo, incluso con el archivo en mi computadora.

Se llevaron la laptop de Brian como evidencia y me sugirieron llamar al hospital. Dijeron que era claro que Brian estaba pasando por una fuerte alucinación y que no se veía para nada bien. Mi corazón se hundió en cuanto entendí que no me creían una sola palabra. Les sugerí ver mi computadora también, pero me dijeron que eso no sería necesario, revisarían la laptop de Brian y me contactarían con sus hallazgos. Reporté en el hospital a Brian, les dije que había sufrido de una alucinación muy severa y que necesitaba ser internado. No me molesté en mencionar nada sobre la mujer. Estaba tan inseguro de lo que había visto, que me sentía un poco loco. Me preguntaron si era un peligro para sí mismo, les dije que así parecía. No quería que se quedara. Quería asegurarlo en el hospital. En retrospectiva, no estoy muy seguro de si quería asegurarlo en el hospital por su bien, o porque no lo quisiera cerca de mí. El hospital me informó que mandarían a alguien. Casi amanecía, de cualquier modo. Podía ver una tira luminosa en el horizonte, la noche estaba por terminar. Colgué, los polis se despidieron, pidiéndome que llamara si ocurría algo más. Volví con Brian.

Se había quedado inmóvil, en su última posición, con la cara llena de lágrimas. Pasaría una hora o más antes de que el personal del hospital llegara y hubiera sido negligente y poco profesional de mi parte dejarlo solo. Además, era mi amigo. No hablamos. Ni siquiera intenté. Nos quedamos ahí, esperando a que se lo llevaran.

el papel a media calle dice

Toda familia, en todo pueblo, en todo país, en cada continente tiene uno, ¿no lo sabías? Es un gabinete que no es particularmente llamativo por nada, no está fuera de lugar, no se ve feo; lo más probable es que sea un mueble en donde no guardan nada, o guardan poco; la pintura se le está descascarando en una de las esquinas y la manija para abrirlo está floja; su interior huele a polvo, el pedazo de pared que puede verse dentro, no coincide con el resto de la pintura de la casa.

Te escondiste ahí, jugando a las escondidas. Cuando volviste a salir, ya no estabas en la misma dimensión. Tranquilo, las diferencias son mínimas.

Pero allá, todos te extrañan.

Vox y el rey Beau

¿qué harías si descubrieras que Beau es real?

No tengo idea. Creo que ese es el motivo por el que me he acostumbrado a venir aquí y charlar con ustedes. Estoy por completo dispuesta a creer que me estoy volviendo loca o tengo un tumor en el cerebro. Fui criada por un médico, tengo fe en la medicina moderna y la ciencia.

Por otro lado, sé lo que vi la otra noche. Ese hombre en mi cuarto estaba ahí, el sonido del suspiro estaba ahí, afuera de mi cabeza, nada imaginario. Además, mi mamá me vio moverme como una araña por su cuarto cuando era niña y algo le pasó a mi gato. Tal vez así sea como la gente loca se siente. Pero si esto es real, de verdad, no tengo ni la menor idea de lo que debería de hacerse.

Lo siento, acabo de colgar con un amigo. Es el mismo que vino el otro día y me ayudó a revisar que no hubiera nadie en mi casa. Al parecer acaba de sufrir uno de esos casos de “parálisis de sueño”. Abrió sus ojos y creyó estar escuchando voces en su habitación. Como en esta clase de casos, no podía moverse y una figura oscura lo estaba observando desde los pies de su cama. No sabe cuanto tiempo duró, la figura se desvaneció y él despertó y pudo moverse de nuevo.

No le he contado todo, sólo sabe que creí ver a alguien en mi casa la otra noche. Está asustado por que nunca ha experimentado una parálisis de sueño antes, así que probablemente vendrá de visita para calmarse. A estas alturas estoy tan cansada de estar sola que probablemente le contaré todo.

  §jeep, jeep

La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

Capítulo 10

Cobb miró al teléfono, lo tomó y se lo puso en la oreja. Podía escuchar el siseo sibilante, incluso aunque fuera Cobb quien estaba sosteniendo el teléfono. Cobb me pescó del cuello y me estrelló contra el muro. Estaba apretando fuerte y su cara estaba roja.

—¡QUE PUTAS ESTÁS HACIENDO!

Golpeé el interior de sus brazos y le solté un cabezazo a la cara. Su nariz crujió mientras mi rodilla le entraba en las bolas. Retrocedió. Lo derribé de un codazo a la cara. Antes de que se incorporara, lo aflojé de un pisotón en el estómago. Se hizo bolita en el suelo. Podía escuchar una señal de ocupado saliendo de la bocina que colgaba del cable.

—No me vuelvas a tocar, guapo. —me sobé el cuello. Vickers entró de un golpe, con la cuarenta y cinco en la mano. Había visto más veces el arma en su mano en las últimas horas que en todo lo que llevábamos aquí.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó aproximándose. Cobb aún estaba sentado en el suelo, sujetándose la nariz.

—Nada. —dijo.

—Nada más estábamos discutiendo. —Mentí. Ambos, Cobb y yo, sabíamos cómo funciona el ejército. Si no se reporta, no pasa; las peleas rara vez se reportan. Si le pones encima las manos a otro cabrón y este te parte la madre en gajos, bueno, mala suerte campeón.

Colgué el teléfono.

—Cobb está sangrando. —declaró Vickers, maestro de todo lo obvio en el mundo. Comenzaba a sospechar que estaba aquí por algo más que tirarse a la esposa de un superior. Me había dejado sólo en el agujero y siempre se aseguraba de que alguien más entrara a un cuarto antes que él.

—Me pegué… me pegué sin querer con el teléfono. —declaró Cobb, poniéndose un dedo de cada lado de la nariz, acomodándola con un crujido. Vickers nos miró unos segundos y luego regresó a la zona de estar.

—Jesupinche cristo, Monkey; ¿te enseñó a pelear Satanás?

—alguien peor.

—carajo.

—de verdad… —no había tenido que aprender mucho en la correccional, sólo me había especializado.

—carajo, mano, recuérdame nunca pedirte prestado.

—perdón. —de verdad estaba apenado.

El teléfono volvió a sonar. Los dos lo miramos.

—No. —me detuvo —Nada más. No.

El teléfono siguió sonando. Mi boca estaba seca y mi imaginación suelta. Era Tandy, sabía que era él. Ese silbido era él intentando hablar, pedir ayuda, mientras un nazi muerto le apretaba la tráquea como Cobb lo había hecho conmigo.

—Conteste el puto teléfono, raso. —Vickers ordenó de un grito, entrando en el cuarto. Seguía con la pistola en la mano, se veía demasiado agresivo para mis gustos.

—No. —contestó Cobb.

—Conteste-el-teléfono-raso. —Vickers estaba demasiado hostil.

—A la mierda. —levanté el teléfono. —Dos diecinueve de la artillería especial, raso Monkey al habla, ¿cómo puedo ayudarle?

—Nada. Silencio.

—¿Aló? —sabía lo que seguía.

Hsssssssssssssssssssssss

Bajo, sibilante, burbujeante.

—Lo buscan, sargento. —comuniqué con mi voz más formal, Vickers me arrancó el teléfono de las manos.

§larga distancia

Los ojos de Lily Palmer

Lily Palmer no había llegado a los 4 años de edad cuando sufrió lo que sus doctores llamarían un agudo principio de alucinación sensorial. Esta foto, tomada por la mamá de Lily, Annette, durante la noche de Halloween en 1952, captura el preciso inicio de su mal. Lily y su nana filipina volvían de pedir dulces cuando la niña comenzó a gritar y arañarse a sí misma.
Pasó algo de tiempo antes de que pudiera recuperar el habla y cuando lo hizo, Lily explicó cómo sentía algo, cosas, caminándole por detrás de la cara. Varios días después, dejada por un momento sola en su habitación, la joven se perfora los ojos con una aguja para tejer de su madre.
Fue diagnosticada e internada, permaneciendo así durante el resto de su vida, primero en Bellevue (en el Este de Manhattan) y luego en el centro psiquiátrico Rockland, en Orangeburg, donde fallecería de un ataque cardíaco en Marzo de 2001. Una llamada a los cuidadores de Lily confirmó que sus episodios siempre fueron más intensos durante las noches de Halloween.
Durante la mayor parte de su vida, no paró de suplicarle, a los familiares que llegaron a estar al tanto de ella, al personal que la cuidaba, que por favor le sacaran esos animales de debajo de la cara.

Mímica

Vivo en un departamento en un edificio habitacional de una ciudad moderadamente grande, en el último piso de un edificio de cinco plantas, como todos los que lo rodean. Mi departamento es de una sola pieza con una sala más o menos grande de ventanas amplias que dan a la calle y a un edificio en la calle de enfrente. Ese edificio tiene un pequeño espacio para estacionar al frente, así que no está directamente delante del mío, que más o menos me gusta, porque la perspectiva sesgada me da algo de privacidad.

Soy un búho y me gusta quedarme despierto hasta tarde con la laptop, en un sillón delante de mi ventana. A veces, doy un vistazo a lo que alcanzo a ver del edificio de enfrente, para ver si encuentro ventanas con la luz encendida, preguntándome si alguien más está despierto, anoche quisiera no haberlo hecho.

Durante las dos últimas noches, he estado viendo una luz muy débil que viene de una de las ventanas; algo de movimiento al que no le presto demasiada atención. Anoche la curiosidad pudo conmigo, hice a un lado la laptop y pegué la cara al cristal para ver mejor. Podía ver a alguien moviéndose. Fui por un par de binoculares y regresé.

Parecía ser una persona iluminada por una vela. No podía ver su rostro, pero estaba haciendo señas. Me estaba haciendo señas, al parecer, porque en cuanto lo vi claro con los binoculares, dejó de hacer señas con los brazos, y me señaló. Sentí un escalofrío.

Me estaba señalando y asintiendo, me estaba señalando y luego, con ese dedo, hizo una seña para indicarme que me diera la vuelta. Siguió haciendo eso, una, otra vez, moviendo el dedo, hasta que entendí que me estaba pidiendo que me diera la vuelta. Lo hice. No encontré nada más que la oscuridad de mi sala. Sonreí, y volví a apuntar a la ventana con mis binoculares. La ventana estaba vacía, excepto por la vela, que se estaba apagando.

La impresión me hizo soltar los binoculares. Regresé a la computadora, puse algo de música, estuve viendo páginas un poco más de lo normal, hasta calmarme; noté que me estaba acabando la batería. Caminé hasta mi cuarto, por el angosto pasillo que conecta con la sala y pasa por el baño. Conforme me acerqué a este último noté una luz debajo de la puerta. Me quedé quieto. Incluso si yo había dejado esa luz encendida, un foco no produciría ese tipo de luz. Abrí despacio la puerta, cerré los ojos, respiré hondo y entré.

La vela en el lavabo iluminaba en el espejo, en el que podía leerse: “NUNCA TE DES LA VUELTA”.

Come perro

¡Bzzz!

Bajé mi taza de café recién hecho sobre la barrita para desayunar. Pensé en los motivos razonables por los que alguien, cualquier persona, viene y toca el timbre de una casa a las dos de la mañana. Quise pensar en niños bromeando. Quise pensar en un accidente cercano. Quise pensar en una emergencia. Encendí las luces del pórtico.

¡Bzzz!

Quienquiera que fuera, se la acababa de ganar. Corrí los pasadores, boté el seguro y abrí de golpe. Siempre olvido que la puerta a la calle, en esta casa, tiene un ojo de buey.
—¿Qué quiere? —Lo más notable era su altura, dos metros fácil. Traje de color negro ajustado, como una segunda piel. Brazos delgados, largos. Manos con guantes blancos sobre los que corría un bordado extraño, de un patrón que no pude decidir si era romboidal o paralelo.
—Señor… ¿Roberts? —el tipo pronunció mi nombre formando una sonrisa. Ugh. Quise pescarlo del cuello y darle de puñetazos. Al menos gritarle. No había notado lo mucho que ahora podía mantener el control, gracias al grupo de autoayuda. Su piel era un poco más pálida que sus guantes. Sus dientes eran parejos y sus ojos tenían un tono sucio que tiraba hacia el azul pálido. Así todo, me daba la impresión de haber sido impreso en el mundo sin suficiente toner.
—¿Qué quiere? —Si el pedazo de cabrón intentaba venderme alguna cosa, ese sí iba a ser todo un reto.
—Siento mucho, uhm… molestarlo, comprendo que esta es una noche muy fría, pero estoy seguro que su café puede esperarnos unos minutos. —¿Pero qué putas?
—Tengo un mensaje qué entregarle, una propuesta. Como estoy seguro que sabe, este es un mundo duro. Allá afuera, el perro come perro, señor Roberts.
Asentí despacio. De pronto me pregunté qué estaba a punto de preguntarle, qué estaba a punto de reclamarle. Había escuchado esa frase antes. No sólo la frase, sino la frase dicha justo así, como él la acababa de decir, ¿en dónde? Sentí temblar mis piernas. La vida, ¿cierto? Trabaja duro y algo logras, hasta que luego, debes defenderte, habrá quien quiera lo tuyo. Perro come perro. Así que hay que morder de regreso, o mejor, primero. ¿Dónde, quién? rostros se sucedieron en mi cabeza, todos aquellos con los que terminé en deuda, todos aquellos que me debieron algo, o me lo debían aún. ¿Quién, quién?
—Señor Roberts, ¿está feliz con su vida?
—S-sí.
—¿De verdad? ¿No le quedan más sueños, no más ambiciones? habría creído que luego de la demanda y el juicio… —el hombre hizo el ademán de dar la media vuelta y prepararse para irse, ya casi hablando solo, como cuando uno titubea antes de entrar a la licorería o no está seguro de a qué venía a la tienda. Sentí una urgencia por detenerlo. Sentí curiosidad.
—No bueno… claro que tengo sueños. Es sólo estoy satisfecho con cómo han terminado las cosas.
—Aaah. Cómo han terminado las cosas, señor Roberts. —El tipo dejó de darme la espalda y me encaró con una sonrisa en la que sentí que algo andaba mal. —Creo que puedo trabajar con, cómo han terminado las cosas, sí, dígame, ¿no le gustaría que las cosas hubieran terminado mejor, más rápido?
Tuve el impulso de cerrar la puerta. Esta no era una conversación para el umbral de la casa, a las dos de la mañana. Quise dejar a este tipo ahí y olvidarme de lo que fuera que estuviera a punto de ofrecerme, de ver cómo terminaba. Quise. Estaba lleno de curiosidad. El tipo estaba loco, ¿pero era un loco peligroso o solamente era un loco que vendía mentitas, seguros a las dos de la mañana? Tragué saliva. Si era un loco peligroso entonces…
—Señor Roberts, tengo un mensaje qué entregarle, una propuesta. —De detrás de la solapa sacó, lento, despacio, muy, muy despacio, una escopeta de caza, de doble cañón. Los movimientos que realizó me recordaron a los de un mago jugando a materializar cosas de detrás de su capa, sacando una tira de pañuelos del sombrero de copa, un acto de magia, pues. Una ilusión. Me sentí mareado, me encontré asintiendo sin razón alguna, cerrando los ojos, como a punto de desmayarme.
—Señor Roberts, ponga mucha atención, ahora. Mañana, a las nueve de la mañana, usted llegará a su trabajo como todas las mañanas, justo como han terminado las cosas. Entonces sacará esta escopeta, señor Roberts, la cargará y le disparará a todos, a cada uno de esos hijos de puta buenos para nada de la cafetería. ¿Quién se creen, que pueden contratarlo y mandarlo como a cualquier otro empleado? Usted es un héroe. Según entiendo, usted aún guarda cartuchos útiles, ¿no?
—Así es.
—Lleve suficiente munición, señor Roberts, asegúrese de cómo van a terminar las cosas. Apuntará bien, apuntará con calma, tendrá más de veinte minutos antes de que nadie más llegue. Nadie debe quedar vivo. Sobre todo, las personas que están anotadas en esta lista. —me extendió una libreta, conocía todos los nombres. Continuaba asintiendo, sentí la boca floja. Me resistí de golpe, me forcé a despertar, me hice para atrás y le pegué un portazo a la puerta.
—Lárguese de aquí, voy a llamar a emergencias.
Mientras corría los pasadores, sentí una sombra pasándome por encima. No sé cómo más explicarlo. La sentí pasar por la puerta y atravesarme con un golpe que se sintió como un cubetazo de agua helada. Me di la vuelta, estaba ahí, delante mío, con la cabeza inclinada contra el techo, sonriendo, mirándome; tuve la impresión de estar delante de una botarga. Caí en cuenta de que tenía la escopeta en las manos.
—Le ofrezco una disculpa, señor Roberts. En verdad esperaba que usted fuera idóneo para este trabajo. De vez en cuando, alguien como usted lo es.
El corazón se me salía por la boca. Doce pasos hasta la mesa de noche, bajo la que había ocultado el revolver que usé durante mis años como policía. El hombre no era un hombre. Estaba mal. Como si estuviera hecho de hebras muy finillas que se movían de aquí para allá. ¿Podía llegar hasta la mesa? Su cara no era una cara, ni tenía boca, ni ojos, ¿una máscara?, un engaño. Una ilusión. No recordaba si había guardado el revólver cargado. Demasiado tiempo.
—O puede tratar con la escopeta, señor Roberts. Está cargada, por supuesto.
Amartillé y levanté el mango hasta mi hombro. Tras la mira, la figura permanecía inmóvil, inmutable. Disparé.
—Oh, hace mucho que no mato a nadie yo mismo, señor Roberts.
—¡No, no, basta! ¡Soy un hombre bueno, seré bueno, por favor! —Sin pensarlo, había soltado la escopeta y me había tirado al suelo cubriéndome con una mano, como nunca jamás en mi vida, nada había provocado que lo hiciera. Escuché los pasos y traté de mirar. Temblaba. La figura se acercó a mí y fue encogiéndose. De pronto sólo era un hombre, ahí, de pie. Levantó la libreta del suelo, anotó algo en ella y luego levantó la escopeta.
—Un placer hacer negocios con usted, señor Roberts. —Me rodeo, corrió los pasadores y salió por la puerta. Me levanté tras él y cerré la puerta de golpe. Miré por el ojo de Buey. Parecía haber estado esperando a que me asomara para ponerse un sombrero sobre la cabeza. Dio la espalda a la puerta y comenzó a caminar. Suspiré con alivio. Un puto loco, nada más, seguramente. Ayudado por mi insomnio. Necesitaba dormir.

¡Bzzz!

Estaba a punto de conseguir recostarme en la cama cuando lo escuché. No era mi timbre. Sonaba algo lejos, pero no demasiado. Anduve hacia la ventana del cuarto y miré.

¡Bzzz!

El vecino de la casa de enfrente había encendido las luces de la calle, el tipo estaba de pie, esperando a que le abrieran en el recibidor, lo que ocurrió enseguida. Comenzó a hablar, haciendo los mismos ademanes que le había visto ejecutar de cerca. Apagué todas las luces de la casa y me senté sobre la orilla de la cama durante unos veinte minutos.

¡Bzzz!

Mi vecino está delante del ojo de buey, no parece preocuparle que pueda verlo sujetando la escopeta contra su hombro.