La Historia de Fantasmas de Humper-Monkey

Capítulo 3

Estábamos dormidos o a punto de dormir en la sala comunitaria. Mann había estado intentando captar alguna señal en la televisión y luego de rendirse había optado por estudiar una revista porno. Nos pasábamos una botella de whisky, de a trago. Había un silbido suave que venía de los pasillos, de más allá de las puertas de las escaleras. Las puertas exteriores temblaban de vez en cuando haciendo que imaginara al oficial, con la piel pulida y blanca, arañando la madera con los dedos tiesos y descarapelados. Habían pasado seis horas desde que había salido a esperarnos en medio de la tormenta de nieve.

A nadie le molestaba que no hubiera regresado. Yo no me sentía diferente.

El silbido se volvió más intenso y algo cayó, haciéndome saltar.

—Relájate, Monkey, es sólo el viento —Mann cerró la revista porno y la dejó sobre la barra.

—¿Por qué no llamamos una misión de búsqueda y rescate?—. Señalé la terminal de comunicaciones. Había más de doce teléfonos conectados a cables muy gruesos para evitar que la comunicación se perdiera por el clima.

—Sólo uno de esos funciona. No conecta con una oficina. Justo ahora, nadie está del otro lado porque este puesto aún no es operacional—. Otro aullido se dejó escuchar de más allá. Temblé. Las luces del pasillo se encendían y apagaban, otras habían muerto. Mann miró por el pasillo.

—Odio este puto lugar. Llamaremos a la quinta mañana y le diremos de la baja. —Me miró de nuevo cuando un aullido agudo se disparó de golpe. —Mira, Monkey, sólo sigue el consejo de Cobb, ese tipo solía ser un entrenador de sobrevivencia en el ártico antes de que lo agarraran por vender crack.

Asentí.

Mann regresó a estudiar su porno y yo comencé a ojear entre los cajones de los muebles, buscando algo qué leer. Encontré la bitácora de guardias. Había dos meses registrados. Al parecer Cobb había estado aquí durante un largo tiempo, apenas acompañado por los albañiles que venían de día, un mes entero. La bitácora da cuenta de un grito y una especie de llanto provenientes del baño del tercer piso. A la semana de la mención, Cobb reporta su decisión de dejar de hacer rondín en los pisos superiores.

Los dieciocho restantes hemos arribado en este mes. Fui el único elemento en llegar en el lapso de una semana, sin contar al teniente. Registraron mi entrada justo cuando me entregaron el equipo, las sabanas y mi cuarto.

Mann registró que el teniente había salido sin equipo de protección a la mitad de una tormenta, ignorando las advertencias, que no regresó en un lapso de una hora y que se asumió muerto. El teniente no era la primer baja. Al parecer, un E-5 había salido a caminar borracho y tampoco había regresado.

BANG, BANG, BANG.

El ruido venía de arriba, justo de encima nuestro. Tanto Mann como yo reaccionamos al golpe, por eso no me avergonzó.

—¿Y eso?

—No sabemos. —Admitió. Mann parecía estar a la mitad de sus treintas.

—¿Por qué…? —Mann levantó una mano y me chistó. Abrí la boca para intentar completar mi pregunta de nuevo y un grito largo me interrumpió de nuevo… desde las escaleras… desde las ventilas. En seguida, una mujer llorando. Se me pusieron los pelos de punta.

Mann me extendió una linterna y vi como la cortina de una de las oficinas al fondo se cerraba, entonces escuché el chasquido de un seguro.

Estaba temblando. Los escalofríos me llegaban a las bolas. El sonido del llanto se apagaba en una serie de gritos.

BANG, BANG, BANG.

Mann estaba sonriendo en una mueca que me hizo sentir muy incómodo. Su cara estaba pálida.

—Es una de esas noches. —Pretendí no notar el temblor en su voz. Me pareció escuchar puertas abriéndose y azotándose, arriba. Otro aullido de los pasillos.

Entonces, como si estuviéramos en una puta película o algo, las luces se apagaron, una después de otra, marchando desde el fondo del pasillo hasta nosotros. Hasta que le llegó el turno a nuestras luces. Pasos, encima de nosotros. La luz de emergencia se encendió y nos tiñó a Mann y a mí de rojo, como un par de cadáveres iluminados por la luz de una sirena de policía.

—Gracias a dios. —respiró Mann. —La última vez no se encendieron. ¿Quieres ver algo muy loco?

Nuestro aliento era visible en la luz roja. Le dije que sí con la cabeza, se puso de pie y tomó una linterna.

—Checa: esto tiene pilas nuevas, ¿verdad? —Asentí de nuevo. Lo había visto abrir el paquete y cambiarle las pilas a las linternas hacía menos de veinte minutos. Rodeó la barra despachadora y abrió las puertas al pasillo. El frio me dio de lleno en la cara. En algún lugar el viento se estaba colando dentro del edificio. Mann hizo rodar la linterna por el suelo, el as de luz se veía irreal. Soltó las puertas y corrió hacia mí.

—Mira la luz. —Tenía la boca seca. Encima de nosotros, se escuchaba como si alguien estuviera dando de pisotones. Hubo otro grito saliendo por las ventilas.

La luz se había quedado quieta, cálida e inmóvil. Estaba a punto de preguntar por qué estabamos mirando un as de luz cuando ocurrió.

El as se debilitó, regresó de nuevo, centelleó y regresó de nuevo. Luego se volvió muy, muy bajo y se quedó así un momento antes de apagarse por completo; se encendió una vez más, y se apagó por completo.

—¿Curioso, no? Es por eso que Cobb dejó de hacer rondines y es por eso que tampoco nosotros los haremos. Nunca sabes cuándo va a pasar esto—. Su cara me pareció hecha de madera, como la de un muñeco ventrílocuo iluminado con luces rojas.

Nos quedamos ahí, en silencio, vigilándonos el uno al otro después de un alarido particularmente fuerte. Cuando los golpeteos vinieron de detrás de nosotros, de la puerta de la oficina del fondo, ambos nos levantamos.

—¡A LA MIERDA!—.  Mis nervios estaban tensos. No me iba a quedar ahí sentado. no hay tal cosa como un puto fantasma. Esto tenía que tratarse de alguien jodiéndonos o el efecto de una ventisca a tope, afuera.

Caminé hacia la puerta y la abrí de golpe, repitiéndome a mí mismo que debía tratarse de una ventana. Sentí el empuje del aire y entré. Vi, con la luz roja, que las únicas cosas dentro eran un abrigo, una bolsa de dormir y una silla. No había ventanas. No había ventilas.

—Cobb pasó su última semana aquí dentro, armado. Si te das cuenta, aún sigue un poco tembloroso. —Me dijo Mann, a mis espaldas.

Azoté la puerta y miré a Mann.

—Mira, alguien tiene que estar jodiéndonos.

—¿Quién?; ¿quien andaría afuera justo ahora, sólo para jodernos? No hay otra puta unidad en un radio de tres kilómetros, la estación de esquíes está al otro lado de la montaña, muy, muy lejos… así que dime, Monkey, ¿quién quiere jodernos? —Mann se veía molesto, pero no me importó. Estas cosas eran mamadas. Este era un cuartel militar del ejército, carajo, nadie aquí creía en fantasmas.

—Dame las putas llaves. Voy arriba. —Tomé otra linterna y le puse pilas nuevas, luego me vacié el paquete en un bolsillo.

—¿Te das cuenta de que allá arriba nadie te va a escuchar gritar, por el sonido del… “viento”? —noté el énfasis en la palabra viento. Asentí. Me detuvo de un brazo apenas di dos pasos.

—Mira, mocoso, entiendo que te sientas rudísimo despues de haber soportado la instrucción y el entrenamiento básico, pero escucha… hay zonas en Estados Unidos que están embrujadas. No estoy inventando esto. El hospital militar de Madigan en el Fuerte Lewis, por ejemplo; la plaza de armas en el Fuerte Riley Kansas, Darmstadt, toda la puta base… no te la juegues. —Podía sentir la honestidad en su voz y me recordé a mí mismo los ocho años que este tipo había pasado en servicio antes de que lo bajaran de rango. Había sido un instructor en Red Stone, había entrenado a las tropas ChemCorp y lo habían atrapado cogiéndose a uno de sus alumnos.

Me senté y en ese mismo momento casi me caigo al escuchar una risa viniendo del fondo del pasillo.

—El viento, mocoso. —No sonaba convencido, pero parecía alegrarse de que no me hubiera ido.

La noche pasó, los ruidos extraños la llenaron apenas una hora más. Las luces volvieron a las tres de la mañana y el viento dejó de soplar. Di gracias al cielo por haber recargado la caldera antes de cenar.

Desayunamos provisiones. Stokes y Cobb tomaron el único vehículo que teníamos para ir montaña abajo y conseguirnos algo de comida. De acuerdo a Mann, más allá de la nieve había un edificio que se supone que era nuestro espacio de esparcimiento. Los cocineros trabajaban, a veces.

Reportamos lo que le pasó al oficial. El tipo al otro lado de la línea no sonó muy sorprendido, ni preocupado; sólo preguntó si era la única baja que teníamos para reportar.

Me fui a dormir.

La silla era incómoda, pero el sonido del resto de la compañía logró calmarme.

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