Vox y el rey Beau

vox_and_beau_by_aelur-d4s3qly_detalle

¿qué harías si descubrieras que Beau es real?

No tengo idea. Creo que ese es el motivo por el que me he acostumbrado a venir aquí y charlar con ustedes. Estoy por completo dispuesta a creer que me estoy volviendo loca o tengo un tumor en el cerebro. Fui criada por un médico, tengo fe en la medicina moderna y la ciencia.

Por otro lado, sé lo que vi la otra noche. Ese hombre en mi cuarto estaba ahí, el sonido del suspiro estaba ahí, afuera de mi cabeza, nada imaginario. Además, mi mamá me vio moverme como una araña por su cuarto cuando era niña y algo le pasó a mi gato. Tal vez así sea como la gente loca se siente. Pero si esto es real, de verdad, no tengo ni la menor idea de lo que debería de hacerse.

Lo siento, acabo de colgar con un amigo. Es el mismo que vino el otro día y me ayudó a revisar que no hubiera nadie en mi casa. Al parecer acaba de sufrir uno de esos casos de “parálisis de sueño”. Abrió sus ojos y creyó estar escuchando voces en su habitación. Como en esta clase de casos, no podía moverse y una figura oscura lo estaba observando desde los pies de su cama. No sabe cuanto tiempo duró, la figura se desvaneció y él despertó y pudo moverse de nuevo.

No le he contado todo, sólo sabe que creí ver a alguien en mi casa la otra noche. Está asustado por que nunca ha experimentado una parálisis de sueño antes, así que probablemente vendrá de visita para calmarse. A estas alturas estoy tan cansada de estar sola que probablemente le contaré todo.


La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

1350949569382Capítulo 10

Cobb miró al teléfono, lo tomó y se lo puso en la oreja. Podía escuchar el siseo sibilante, incluso aunque fuera Cobb quien estaba sosteniendo el teléfono. Cobb me pescó del cuello y me estrelló contra el muro. Estaba apretando fuerte y su cara estaba roja.

—¡QUE PUTAS ESTÁS HACIENDO!

Golpeé el interior de sus brazos y le solté un cabezazo a la cara. Su nariz crujió mientras mi rodilla le entraba en las bolas. Retrocedió. Lo derribé de un codazo a la cara. Antes de que se incorporara, lo aflojé de un pisotón en el estómago. Se hizo bolita en el suelo. Podía escuchar una señal de ocupado saliendo de la bocina que colgaba del cable.

—No me vuelvas a tocar, guapo. —me sobé el cuello. Vickers entró de un golpe, con la cuarenta y cinco en la mano. Había visto más veces el arma en su mano en las últimas horas que en todo lo que llevábamos aquí.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó aproximándose. Cobb aún estaba sentado en el suelo, sujetándose la nariz.

—Nada. —dijo.

—Nada más estábamos discutiendo. —Mentí. Ambos, Cobb y yo, sabíamos cómo funciona el ejército. Si no se reporta, no pasa; las peleas rara vez se reportan. Si le pones encima las manos a otro cabrón y este te parte la madre en gajos, bueno, mala suerte campeón.

Colgué el teléfono.

—Cobb está sangrando. —declaró Vickers, maestro de todo lo obvio en el mundo. Comenzaba a sospechar que estaba aquí por algo más que tirarse a la esposa de un superior. Me había dejado sólo en el agujero y siempre se aseguraba de que alguien más entrara a un cuarto antes que él.

—Me pegué… me pegué sin querer con el teléfono. —declaró Cobb, poniéndose un dedo de cada lado de la nariz, acomodándola con un crujido. Vickers nos miró unos segundos y luego regresó a la zona de estar.

—Jesupinche cristo, Monkey; ¿te enseñó a pelear Satanás?

—alguien peor.

—carajo.

—de verdad… —no había tenido que aprender mucho en la correccional, sólo me había especializado.

—carajo, mano, recuérdame nunca pedirte prestado.

—perdón. —de verdad estaba apenado.

El teléfono volvió a sonar. Los dos lo miramos.

—No. —me detuvo —Nada más. No.

El teléfono siguió sonando. Mi boca estaba seca y mi imaginación suelta. Era Tandy, sabía que era él. Ese silbido era él intentando hablar, pedir ayuda, mientras un nazi muerto le apretaba la tráquea como Cobb lo había hecho conmigo.

—Conteste el puto teléfono, raso. —Vickers ordenó de un grito, entrando en el cuarto. Seguía con la pistola en la mano, se veía demasiado agresivo para mis gustos.

—No. —contestó Cobb.

—Conteste-el-teléfono-raso. —Vickers estaba demasiado hostil.

—A la mierda. —levanté el teléfono. —Dos diecinueve de la artillería especial, raso Monkey al habla, ¿cómo puedo ayudarle?

—Nada. Silencio.

—¿Aló? —sabía lo que seguía.

Hsssssssssssssssssssssss

Bajo, sibilante, burbujeante.

—Lo buscan, sargento. —comuniqué con mi voz más formal, Vickers me arrancó el teléfono de las manos.


Los ojos de Lily Palmer

12o14

Lily Palmer no había llegado a los 4 años de edad cuando sufrió lo que sus doctores llamarían un agudo principio de alucinación sensorial. Esta foto, tomada por la mamá de Lily, Annette, durante la noche de Halloween en 1952, captura el momento exacto en que comienza su padecimiento. Lily y su nana filipina habían estado dando dulces a los niños cuando la niña gritó de pronto y comenzó a arañarse los ojos.

Pasó algo de tiempo antes de que pudiera recuperar el habla y cuando lo hizo, Lily habló de “cosas caminándole por los ojos”. Varios días después, siendo dejada momentáneamente sola en su habitación, Lily se perfora los ojos con una aguja para tejer de su madre.

Fue diagnosticada e internada, permaneciendo así durante el resto de su vida, primero en Bellevue (en el Este de Manhattan) y luego en el centro psiquiátrico Rockland, en Orangeburg; donde fallecería de un ataque cardíaco en Marzo de 2001. Una llamada a los cuidadores de Lily confirmó que sus episodios eran mucho más intensos durante las noches de Halloween, pero por la mayor parte de su vida, pudo ser escuchada rogando al equipo del sanatorio para que la ayudaran a “quitarse estas cosas de los ojos”.


Vox y el Rey Beau

vox_and_beau_by_aelur-d4s3qly_detalle

[detalle] King Beau by Aelur

Peludito

No tengo la menor idea de qué tan real es este recuerdo, tiene la misma textura de los sueños que tenía cuando caminaba dormida; lo pude haber imaginado.

Cuando era muy pequeña, teníamos un gato gordo y naranja que se llamaba Peludito. Peludito y yo no nos llevábamos bien, sobre todo por que no era la clase de gato que tolerara niños. Yo lo quería mucho. Un día, después de lo que mi mamá vio, yo estaba jugando con Peludito y debí de jalarlo o algo, por que me mordió y salió corriendo. No había sido una mordida muy fuerte, pero me hizo llorar.

Al parecer esto no le gustó mucho a Beau. Esa noche, recuerdo haber despertado al oirlo llamándome. Muchos de mis recuerdos sobre Beau son sobre todo de su voz y de casi nada más; tal vez su rostro flotando en un espacio oscuro. Esa noche apareció entre mi cama y mi ventana, cuando abrí los ojos se inclinó para sonreirme con su fila de colmillos. Es una imagen pertubadora que me da escalofríos recordar y que no tengo ni la menor idea de cómo fue que no me hizo gritar en ese entonces.

Beau me dijo que quería que viera algo. Se veía emocionado. Sus dedos me pasaron por el dorso de una mano al tiempo que me dijo “voy a poner los colmillos de ese gato en mi corona”. Entonces volvió a la ventana y me hizo la seña de que lo siguiera. No me explicó nada, pero yo sabía, en la forma en la que uno sabe cosas durante el sueño que al despertar olvida, que quería mostrarme cómo es que un verdadero cazador opera.

Me acerqué a Beau y miré por la ventana. Desde mi cuarto era posible mirar al patio trasero de la casa. Era un jardín normal, con algunos árboles y una hamaca, cerrado todo por una cerca de madera. Toda la escena transcurrió en un silencio iluminado sólo por la luna; en esa forma en la que a veces parece transformar las cosas normales por la noche. Vi una pequeña silueta saltar por la barda y aterrizar ágilmente en el jardín. Era Peludito. Estaba tan enfocada en observarlo andar que no me di cuenta de cuando fue que Beau me dejó sola, hasta que vi otra figura en el patio.

No era nada más que una sombra circular, un bulto como el que a veces uno piensa ver cuando llega a un cuarto a oscuras. Peludito se dio cuenta de inmediato y se giró, tenso, para confrontarle. El bulto se le acercaba y yo pude escuchar ese casi aullido que los gatos dan como advertencia. Aunque su nombre fuera tonto, Peludito era un gato grande, no era la clase de animal que se apelmazaba ante la amenaza de una pelea; sino más bien la clase que logra que un carro detenga la marcha para dejarlo pasar. Peludito siseó y dio un aullido terrible antes de intentar huir. La sombra le siguió, como intentando atraparle de los cuartos traseros, incluso mientras saltaba de nuevo la barda y desaparecía de mi vista.

Intenté ver en donde estaban, pero desde donde estaba, la escena había terminado. En la distancia escuché lo que me pareció una pelea de gatos. Aquellos que han podido ver una de cerca, sabrán que sin importar qué tan ligera resulte, el sonido parece el de una masacre. De verdad es terrible, como para hacerte rechinar los dientes. Esta fue especialmente feroz, pero sólo podía escuchar a Peludito.


La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

1350949569382

Capítulo 9

Levanté la linterna y la apunté hacia atrás. La luz hizo brillar la daga. Me levanté y alcancé el arma. La sopesé en la mano antes de empuñarla. El ejército no enseña a los reclutas a defenderse con un cuchillo, pero, la primer regla es que te van a cortar; debes esperarlo, debes aceptarlo y rebanar al otro cabrón mientras cree que ya te jodió porque te hirió primero. El cuchillo no se gira en la mano, no se pasa de una mano a la otra y tampoco se finta con él; juega al mamón en una pelea y disfruta tu nuevo agujero. Se mantiene bajo, hacia un costado de tu cuerpo y con la punta ligeramente angulada hacia arriba y al frente. Lo que estás buscando es cortar en diagonal sobre el pecho o los brazos; o, mejor, un viaje directo hacia el abdomen, debajo de las costillas; adentro y hacia arriba.

El ejército no enseña a sus reclutas a defenderse con una navaja, pero mi viejo sí. Viejos tiempos. Buenos tiempos. Más sangre en la boca, menos nazis fantasmas.

Busqué por la oscuridad con mi linterna, esperando dar con alguna silueta. Había escalones rotos y charcos de lodo y aguanieve. El agua goteaba del techo del subsótano; elevar la luz me mostró una bonita colección de protuberancias y colmillos de hielo, colgando sobre la estructura de metal que sostenía la placa de concreto del suelo de arriba.

—¡MONKEY, DÓNDE ESTÁS! —escuché de arriba.

—¡SUBSÓTANO, CAMINE CON CUIDADO, LA ESCOTILLA ESTÁ ABIERTA!

Una luz asomó del hueco y me acerqué a la luz para dejarme ver.

—¿todo bien? —dijo Vickers tras la luz —no podía abrir la puerta, el viento estaba sosteniéndola cerrada.

—Sí, eso pasa mucho por aquí. Me duelen las costillas y la esp-

[¿qué fue eso?]

—Un segundo. —Me acerqué al lugar de donde había escuchado algo caerse. Era un paquete de Marlboro. Tandy fumaba Marlboro. Recogí la cajetilla y encendí un cigarro con las manos temblando. Yo no fumo, por cierto.

Regresé a la luz de Vickers.

—Creo que ha estado aquí, encontré sus cigarros.

Vickers se tantea el bolsillo del pecho.

—Creo que… creo que son míos. Se me acaban de caer. Lánzamelos, quiero uno.

Le saqué tres a la cajetilla y la lancé.

—Gracias. ¿Estás bien?

—Tan bien como se puede estar aquí abajo, está cabrón.

—Vas a tener que esperar, vamos a necesitar una cuerda, la escalera está hecha mierda; ¿puedes esperar?

[Hijo de puta, me vas a dejar aquí]

—Claro, vaya con calma.

—Cacha.

Solté el cuchillo para atrapar la .45 con ambas manos. Me fijé la daga en la bota y le corté cartucho a la pistola.

—Puede que tengas que usarla… con… con Tandy, ¿serías capaz?… ¿puedes hacer eso?

—Sí sargento, puedo usar fuerza letal con el raso Tandy, de ser necesario.

—Excelente. Ya vuelvo.

La luz desapareció.


El destino de Sally York

10o14

El triturado accidental de la pequeña Sally York, en 1912 en el telar de algodón de la fábrica textil de North Fork fue uno de tantos accidentes ejemplares con los que los legisladores se ayudaron para empujar el acta Keating-Owen de 1916, la primera en garantizar leyes para los trabajadores menores de edad en la historia americana.

Desde el tiempo del accidente hasta que la fábrica cerrara cuatro décadas después, los trabajadores insistieron en encontrar súbitos cambios de temperatura, ruidos extraños y golpecitos sin explicación en el hombro cuando nadie estaba cerca.

Los capataces de la fábrica nunca tomaron en serio estas quejas hasta que esta fotografía salió a la luz púbica en 1932.

Fue tomada por un fotógrafo viajante llamado Benny Johnson, que de inmediato la vendió a la Gaceta de North Fork por un monto sin precedentes de diez dólares. El molino había cerrado para las fiestas decembrinas y estaba vacía al momento y fue posteriormente la culpable del cierre del molino aunque La gran depresión hubiera podido tener mayor peso en el hecho.


Vox y el Rey Beau

[caption id="attachment_8635" align="aligncenter" width="750"]QuietPlace_by_aelur Quiet Place by Aelur[/caption]

De lo que mamá recuerda y porqué creo que terminé llorando una noche

Cuando le conte a mi mamá sobre Beau, se puso muy seria. Normalmente, mi mamá es tan radiante como un girasol, hornearía brownies para el mundo, si la cocina no terminara en llamas cada vez que toca un trasto; he crecido creyendo que es imposible sugestionarla. Es una doctora brillante y tal vez la única excepción a las reglas de racionalidad bajo las que me hizo crecer, sea que también es muy religiosa. De verdad que no le gusta hablar de temas oscuros.

Para el tiempo que cumplí siete, ya se había acostumbrado a escuchar sobre Beau, pero ella sola no era capaz de tener una opinión concreta sobre él. Todos los libros y pediatras le aseguraban que era normal, incluso si Beau resultaba un tanto sombrío. Fuera del asunto, yo era una niña feliz y sana que socializaba sin problemas con otros niños (reales), a la que le gustaba el color rosa y los ponis y si Beau me estaba ayudando con miedos y pensamientos complejos, tal vez estaba bien. Nunca le conté algunas de las historias; la del monstruo del closet, por ejemplo. Incluso entonces me recuerdo razonando que no reaccionaría bien.

Con mi hermano bastante mayor y por lo tanto “demasiado cool” para jugar conmigo, normalmente me quedaba a mis anchas, para inventar mis propios juegos y fantasías. Beau siempre lo protagonizaba todo. Si ocurría que no andaba por ahí, entonces pretendía ser él, peleando con monstruos terribles y andando a la aventura. Si estaba conmigo, entonces mi mamá me encontraba sola en mi cuarto, hablando con alguien que no estaba ahí, terminándome las crayolas azules y negras en dibujos un poco extraños. Cuando crecí, comencé a jugar otro tipo de juego.

Un día mi mamá me encontró arrastrándome por el suelo de la casa cubierta con una cobija. Le dije que estaba aprendiendo a ser un cazador, como Beau. No lo pensó mucho en ese momento, pero mi entrenamiento terminó por volverse un poco molesto cuando me volví una especie de ladrona y mi mamá comenzó a notar que algunas cosas aparecían en mi cuarto y a veces, mi cuarto tenía cosas que ni yo ni ella sabíamos de dónde habían salido. Por supuesto, en esos casos siempre le echaría la culpa a Beau; así fue que terminó por pedirme que le informara a “ese Beau” que no toleraría ese jueguito y que deberíamos encontrar otro.

Esto probablemente tiene más qué ver conmigo que con cualquier cosa paranormal. Era tan traviesa como cualquier otro niño desatendido y la verdad es que quién sabe cuantas cosas me robé. Después de que me amenazó con dejarme sin postres, no dejé de hacerlo y cuando lo dejé, de verdad Beau y yo habíamos cambiado de juego, pero había comenzado a caminar dormida.

En la mañana mi mamá me encontraría en lugares extraños. Comenzó con poco, despertando en el suelo de mi cuarto o en el sofá de la sala. De nuevo, sus fuentes le aseguraron que esto era por completo normal, pero las cosas comenzaron a empeorar. Comenzó a encontrarme en lugares a los que no hubiera podido llegar sola o lugares en donde hubiera tenido qué escucharme entrar: las alacenas de la cocina, el baño del cuarto para invitados, el escritorio de mi hermano… y por cierto que mi hermano siempre ha tenido el sueño muy ligero; así que habría tenido que escucharme entrar y subirme ahí. La alacena habría tenido que ser imposible de alcanzar con mi estatura, y una vez que me encontró, sacarme implicó sacar la mayor parte de las latas y las cosas detrás de las que me encontraba.