Creepypastas seriadas

Creepypastas unificadas por su temática o su argumento y webseries de horror publicadas originalmente en /nosleep/ y otras fuentes del género en Internet.

Vox y los buscadores
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La Historia de Fantasmas de Humper-Monkey

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Capítulo 11

Detrás de mí, en la oscuridad, los teléfonos siguieron sonando. Detrás de mí, cuatro hombres y una mujer inmóviles. Arriba, las botas chocaban contra el suelo y un grito iniciaba su recorrido hasta donde nos encontrábamos.

—a la mierda —gruñí, dándome la vuelta. Comencé a desconectar teléfonos de los conectores del muro. A la mierda con quien llamara. No tenía ganas de contestar.

Las luces comenzaron a encenderse, los ruidos a disminuir, conforme jodía teléfonos. Continué. Quería que esto terminara. La nariz de Cobb seguía sangrando y si esos nazis muertos lo olían, estarían encima de nosotros como una puta sobre un miembro envuelto en billetes de cincuenta.

—Todo el mundo, a la sala de estar, Monkey, asegure todas las puertas. —ordenó Bishop. Todo el mundo comenzó a correr mientras yo tomaba un aro de llaves. Recogí un cigarrillo del suelo. No fumo, pero me calmaba llevarlo conmigo.

Para el momento en el que terminé de cerrar las puertas, éramos el capitán Bishop y yo en el cuarto. Cuando pasé por su lado me extendió la .45

—por si acaso. —asentí y anduve hacia afuera. Afuera, podía ver los caminillos desnudos, con la nieve arrastrada desde los cúmulos por el viento, haciendo parpadear las luces al final del corto camino de ladrillos que venía del camino de la colina al ingreso del edificio. Cerré las puertas. Miré por un momento al pedazo de colina que se extendía más allá de nuestro pequeño mundo. El carro del Teniente todavía estaba estacionado ahí afuera, me pregunté si estaría adentro de él, petrificado, tal vez compartiendo un cigarrillo con Tandy. Más arriba, había un muro alambrado. No alcanzaba a ver las torres de seguridad, pero sabía que estaban por ahí.

Me retiré sin dejar de ver el carro del Teniente Paleta. Estaba ahí dentro, escuchando Duran Duran, fumando, planeando como entrar y arrancarnos la tráquea a todos.

[luego comenzaría a quitarnos la piel, uno por uno]

Sacudí la cabeza. A la mierda con él. Apuesto a que podía ponerle las manos encima. Yo era el raso Monkey, maldito hijo de puta con título. Máquina de matar. Metal torcido y sex appeal. Todas las mujeres aman al matón.

—¿Todo bien, Raso? —Bishop. Sonaba preocupado, así que le respondí mientras cerraba la puerta a las escaleras.

—pensamientos oscuros de Monkey.

—¿Monkey?

—Señor. Mi papá nos llamaba, a mí y a nuestros hermanos “sus pequeños simios” y yo era un gran escalador.

—Oh, pensé que estaba diciendo otra cosa.

—Todos sangramos y morimos igual, señor.

La puerta al pasillo cerró firme. Las dos puertas a los baños no, tampoco el cuarto vacío que decía “REC”. Las botas habían dejado de sonar, pero aún nos movíamos con linternas. Sabía que era un problema con los fusibles, y que eso estaba provocado por un cableado jodido. El viento estaba entrando hasta ahí, torciéndolos, falseándolos.

—Raso. Tiene una daga de la SS saliéndole de la bota.

—Encontramos varias en cajas y el sargento Vickers me dejó solo en el subsótano. Soy un soldado, estoy más cómodo con un arma en la mano. —levanté los hombros —puede quedársela.

—Son ilegales en Alemania. Debemos entregar toda la parafernalia Nazi a nuestros camaradas alemanes para que puedan destruirla. ¿Cuántas de estas cree que haya?

—Bueno señor, el subsótano se extiende lo que el edificio así que…

CRASH CRASH CRASH

—¡CALLADITOS CABRONES! —el capi me miró chistoso, por el grito —estimo que al menos un cuarto está lleno de cajas. Algunas son de tamaños distintos, así que dudo que todas contengan cuchillos. También hay una bandera hecha pedazos allá abajo.

—hay que dormir. —no me pidió ni el arma escolta ni la daga, me pareció bien.

Fui a la sala comunitaria, anidé y cerré los ojos. Escuché al cap cerrando la sala antes de quedarme dormido, no mucho más.

Desayunamos huevos tibios y carne de canguro. Me sorprendí varias veces contando cabezas y Cobb se tensaba visiblemente cada vez que un nuevo grito llegaba hasta nosotros.

—Atención todos. —ordenó Bishop. Todos escuchamos mientras seguíamos comiendo. —el sargento Vickers y el SPC Carter van a visitar el puesto de avanzada. Vamos a pedirle a MI que grabe nuestros teléfonos. También van a traer la cena y la commida de mañana. El raso Cobb se va a llevar el transporte pesado y nos va a traer equipo de iluminación y un generador.

Todos asentimos y seguimos comiendo.

Luego de desayunar, Vickers y Carter se fueron en las camionetas. Me senté en los escalones del edificio, con la parka bien ajustada. Encontré un marlboro en la bolsa de dentro y lo encendí. no fumo, pero ayudaba a calentar el aire, en vez de congerlarme los pulmones.

El capitán Bishop estaba convencido de que había una explicación lógica para todo y yo quería creerle, de verdad. No se me ocurría ninguna, pero quería creerle.

Pensando pensamientos oscuros, me terminé el cigarro a bajo cero y lancé la colilla a la nieve, pensando que las cosas siempre podrían ser peor.

Estaba en lo correcto.

Luego de desayunar, me encontré a mi mismo usando la cuerda que usé para salir del subsótano, para bajar al subsótano. Tenía una linterna de uso pesado, la automática, una barra de metal y la daga. Iba a marcar las cajas que fuera abriendo.

Mann nos alumbraba, Smith iba anotando todo lo que encontrábamos. Stokes se quedó arriba, esperando gritar muy duro si algo la asesinaba. De verdad, eso fue lo que se le ordenó.

El Cap y dos hombres más iban a revisar el perímetro del edificio. Personalmente, sentía que teníamos mejores posibilidades que ellos.

Mis botas chocaroncontra el suelo congelado y grité que todo estaba despejado. Moviéndome despacio, ecendí la luz y miré a Smith descender.

—carajo, sé que sigo yo. —se quejó Smith mientras se incorporaba junto a mí.

—¿Por?

—¿Dos cabrones muertos? Sigo tanto, amigo. —intentaba bromear, pero las sombras hacían que su rostro se viera serio. Mann estaba casi abajo y cuando llegó, avisó a los demás que estaba abajo. Cobb y los demás comenzaron a bajar la iluminación al subsótano.

—¿Listos? —los otros dos dijeron que sí. Nos alejamos del círculo de luz, hacia la penumbra.

—¿Vickers te dejó aqui? qué hijo de puta. —dijo Smith, revisando con la luz aquí y allá.

—No había opciones, no podía subir solo. —el peso del arma en la funda de mi cinturón me hacía sentir seguro, aunque comenzaba a reconocer los movimientos furtivos alrededor nuestro.

—¿Cómo van las costillas? —preguntó Mann.

—Van. —Torcí la tapa de la primer caja que encontré con la barra de metal. Mann iluminó el interior.

—No me jodas.

—Pistolas, Caja 1. —dijo Smith, anotando. Anoté un número uno en la tapa y continuámos.

Esto se iba a llevar algo de tiempo.

Le mostramos la hoja de inventario a Bishop. El generador no duró una cagada, comenzó a fallar pasada la hora, así que salimos de ahí después de estar ahí unas cuatro horas.

—Esto es suficiente para armar toda la base.

—provisiones de entrenamiento, señor. —explicó Smith.

—¿qué le hace pensar eso?

—Bueno, encontramos uniformes, pistolas nuevas, cuchillas, cobijas, almohadas y muchas insignias, la clase de cosas que le das a estudiantes cuando se gradúan ¿no?

—hace sentido. —Bishop se llevó la hoja a su oficina.

Nos separamos en pequeños grupos. Stokes nos ofreció historias de Fort Lewis, Smith contó chistes sobre crecer en el sur, Cobb habló de Fort Erwin, Mann habló del pueblo de mierda donde creció y yo me fumé el cigarrillo que debíamos estar pasando. No fumaba, pero quería verme cortés.

Las puertas exteriores sonaron. Vickers y SFC habían regresado con comida. Vickers nos miró y comenzó a dar órdenes con mucho amor:

—¿Qué mierda miran? vayan a la camioneta y comiencen a bajar las cajas, animales.

—Señor.

Los cinco avanzamos hacia la camioneta, la cara se nos llenó de pequeños cristales. Nos movimos tan rápido como pudimos. Vi una luz saliendo del tercer piso que desapareció antes de que pudiera decir nada. Smith asintió, también lo había visto.

Carter entró y regresó con una ronda de cervezas y un montón de charolas de comida. Cuando fui por cubiertos, volví a ver la luz encenderse, decidí ignorarla.

Bishop servía, todo el mundo se dirigía a la sala comunitaria con la comida. No era buena comida, pero estaba caliente y llenaba; eso la hacía buena.

Luego de cenar, Bishop nos asignó a Stokes y a mí a la CQ. Usualmente debías de asignar a un E-5 a CQ; pero Vickers no tenía mucho de donde escoger.

Nos sentamos en silencio un rato. Recordé la última vez que mi esposa estaba sudadita, debajo mío. Conté las veces que las luces se encendieron y apagaron. Fui por los quehaceres del puesto, palomeándolos en mi cabeza. Ignoré el sonido de los pasos. Ignoré las luces. Ignoré los gritos y los quejidos.

*ring ring*

Puta.

—dos diecinueve de la artillería especial, Raso Monkey, ¡como puedo ayudarle?

silencio.

—¿hola?

HHHHHHHSSSSSSSSSSssssssss

Bajé la bocina, miré a Stokes.

—llama al Cap. —nos había dado ordenes estrictas. Se levantó y fue hacia la sala comunitaria.

Me puse la bocina en la oreja y escuché con atención.

—Hola, taberna alarido al habla.

HHHssssssssssssssssss

—Si señor, el cuarto para homosexuales está disponible.

SSSSSSSsssssssssssss

—¿Necesitará un tapón de culo sobre la almohada cada mañana?

HHHHsssssssssssssssssssss

—¿y me dejará tirarme a su mamá?

El capitán Bishop llegó, se sentó junto a mí y comenzó a marcar en otro teléfono.

—Al habla el Capitán Bishop, ¿está el sargento Powers? Bien, escuche, necesito que rastrée todos los teléfonos disponibles en mi área. Me hizo una seña y sonrió, yo sólo asentí.

Quienquiera que fuera, seguía siseándome al oído.

—¿Qué? revise de nuevo, con un carajo.

Más siseos.

Ok. Al comienzo esto daba miedo, ahora se había vuelto molesto.

—Muy bien, gracias. —dijo y colgó el teléfono. Me quitó la bocina, la escuchó un momento, palideció y colgó.

—¿Qué le dijeron? —preguntó Stokes. Estaba mirando hacia el pasillo. Las sombras me daban la impresión de que alguien venía hacia nostros, pero no vendría nadie.

—le pedí al MI local que nos apoyaran a rastrear la actividad de las líneas.

*ring

Descolgué y colgué.

—Pero la única línea activa era la que yo estaba usando.

—Número telefónico.

—¿Perdón raso?

—¿Cuánta gente tiene nuestro número telefónico, señor? Los teléfonos están recién instalados, no puede decirme que alguien ya se sabe nuestro número.

Las luces se apagaron y las luces de emergencia se encendieron, iluminándonos a todos de color rojo.

—y otro problema… —añadió Stokes.

—¿Sí?

Las luces rojas parpadearon.

—la razón de que no detecten otra línea en utilización.

Las luces de emergencia del pasillo comenzaron a apagarse, una detrás de la otra, a las espaldas del cap.

—digalo, soldado. —Bishop se veía nervioso. Estaba a punto de estar aún más nervioso, yo sabía a dónde iba la muchacha.

Una de las tres luces de emergencia en CQ se apagó.

—esas llamadas están entrando desde dentro mismo del edificio.

El resto de las luces de emergencia se apagaron. El viento sopló desde la escalera como el llanto de una mujer.

Comencé a reirme.

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Vox y el Rey Beau

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Últimamente los sueños están de moda, hablemos de sueños. Beau no siempre me visitaba a la hora de jugar. Podía también soñar con él en la noche, acompañarlo en alguna aventura o continuar con una previa. Tal vez es por eso que estos recuerdos son tan difusos. Algunas partes son muy vívidas, como si las hubiera visto de primera mano; otras apenas tienen sentido y apenas si entiendo lo que está pasando.

Llamemos a esta historia:

BEAU Y LOS ATRAPASUEÑOS

Al Rey Beau le encantaba verme dormir. Recargaba la barbilla en mi cama y sonreía desde ahí. A veces platicabamos, pero lo teníamos que hacer muy bajito, para no despertar a mi mamá.

“Te traigo sueños”, me dijo una noche. “Puedo traer cualquier sueño que quiera de sus campos, y dártelo mientras estás dormida”.

Le pregunté cómo es que eso era posible y esta es la historia que me contó.

En sus expediciones, el Rey Beau no sólo venía a nuestro mundo para robar voces. Había muchas cosas más qué hacer y muchos otros lugares qué visitar. En un viaje en particular, se encontró en El campo de los Sueños. Estos no eran campos como podríamos pensarlos, con pasto o flores, sino más bien un espacio conformado por una niebla abultada que no se disuelve. De entre la niebla, podían observarse chispazos, como rayos pasando entre las nubes de una tormenta cuando esta no cubre por completo el cielo. Al estallar, los chispazos proyectaban imagenes sobre la niebla, pero sólo por algunos segundos. Las escenas mostraban a veces, personas volando y a veces animales o lugares. Eran sueños.

Beau no estaba solo en esos campos. Conforme avanzó por entre la niebla, se encontró con un puño de criaturas. Estaban sentados en alguna piedra o recostados por ahí, mirando hacia la niebla. Sostenían unos tubos largos, que usaban para aspirar los chispazos cuando aparecían. Atrapaban los sueños y se los comían.

Los sueños no son nada. No tienen ningún valor, ni ninguna sustancia. Sólo son pensamientos perdidos, la pelusa que la mente suelta. Al menos es así como Beau llegó a describirlos. Los atrapasueños sólo le prestan especial atención a los buenos sueños, porque son los más ricos. De sus cuerpos les salían largos tentáculos que funcionaban como raíces, siempre buscando por más para alimentarse. Cualquier cosa que apareciera en su campo los atraía.

Beau, como de costumbre, no tenía miedo de ningún sueño ni ningún atrapasueños. Caminó por el campo por que no había manera de rodearlo y en definitiva no pensaba regresar por donde había venido después de encontrar un lugar tan interesante. Para su mala fortuna, los tentáclos de los atrapasueños comenzaron a notarlo y pronto los mismos atrapasueños no pudieron resistir intentar agarrarlo de la ropa y arrastrarlo hacia ellos. Los atrapasueños no tienen dientes, porque todo lo que hacía era chupar por sus tentáculos. Sus ojos son enormes y sus narices son como un pico. Beau intentó luchar con ellos, pero a diferencia de las caras en la cueva de la bestia del closet, los atrapasueños no están fijos a un lugar y pronto lo superaron en número.

Beau arrebató uno de los tubos para chupar sueños e intentó mantenerlos a raya, pero los tentáculos eran muy pequeños y flexibles y pronto algunos comenzaron a clavársele en la piel. Justo cuando los atrapasueños lo tenían rodeado y comenzaban a lastimarlo, el sonido largo y cansado de un cuerno sonó. Las criaturas se detuvieron y luego comenzaron a alejarse, como si de pronto Beau se hubiera vuelto venenoso. Cuando todos terminaron de alejarse, Beau se encontró delante de un guerrero en un caballo pálido.

“Has molestado a los atrapasueños”, dijo el guerrero.

“Ellos empezaron”, respondió Beau, “yo sólo quería pasar”.

“Debes ganarte el paso en mi reino”, respondió el guerrero, “te ayudaré, puedo ver que eres un amigo de la Luna”.

Beau caminó con el guerrero através del campo. Junto a él, los atrapasueños lo ignoraron y volvieron a la tarea de chupar sueños de la niebla. El guerrero era joven y de apariencia delicada; su actitud era tan distante como el de las criaturas a su alrededor y Beau comenzó a sospechar que la niebla tenía algo qué ver con todo eso. El guerrero brillaba ligeramente con la luz de los sueños, como si fuera de plata y obsidiana.

“la Luna es mi hermana”, dijo el guerrero. “Yo cuido de los sueños. Mi gente los hace y los enviámos a los durmientes, en el otro lado”.

“¿Y dejas que esas cosas se los coman?”, preguntó Beau.

El guerrero se encogió de hombros “está en su naturaleza, no es mi papel detenerles”.

Beau dio un gruñido de molestia, pensando que eso era tonto. “Yo soy el rey del Lugar Callado. Nadie toma lo que es mío. Si lo hicieran, me comería sus voces y los dejaría sin piel.”

“Entonces puedes ayudarme”, le dijo el Rey del Sueño.

El Rey del Sueño llevó a Beau a una torre alta hecha de piedra pulida, tan tersa como el hielo. Subieron por la torre hasta la cámara real, donde asomaron por un balcón y miraron los enormes campos en donde la niebla se extendía hasta donde el ojo alcanzaba a ver. Había más que atrapadores en los campos; había grandes ríos que se extendían por la planicie y extrañas criaturas andando en manada, pero hacia el Oeste, la niebla se volvía oscura. Los chispazos de los sueños parecían más enojados y frenéticos y los atrapadores yacían en el suelo, siendo picoteados hasta despedazarse por unos extraños monstruos parecidos a enormes pájaros. Estos buitres no cesaban de picotearlos hasta que de los atrapasueños no quedaba nada.

“Observa”, dijo el Rey del Sueño y apuntó hacia aquél rincón desolado y oscuro.

Mientras un nuevo atrapador sólo se concentraba en esperar un nuevo sueño, otro de esos pájaros volaba sobre él. El monstruo esperó hasta que la situación pareciera idónea y entonces se fue en picada para atacarlo. Dejó tuerto al atrapador con sus patas y usó su pico dentado para arrancarle una mejilla. Los tentáculos del atrapador de inmediato intentaron atacar, pero por algún motivo resbalaban por encima del ave.

“Son sus plumas”, explicó el Rey. “Son muy aceitosas, los tentáculos se resbalan”.

El llanto del atrapador atrajo más de esos monstruos. Pronto su cuerpo no hizo otra cosa que saltar en pequeños espasmos mientras docenas de esas criaturas se quedaban con los últimos pedazos de carne. Alrededor del atrapador, la niebla pareció crujir y adquirir ese tono sombrío y muerto, sumándose al rincón oscuro. El resto de los atrapadores ignoraron a su amigo caído y no se movieron de donde estaban, estaban muy ocupados con los sueños.

“Mi hermano ha hecho un pacto con La oscuridad. Quiere infectar los sueños y enviar la oscuridad a los durmientes. Sus pesadillas van a destruir mi campo. No cuento con ningún ejército. Mientras controle a los gusanos, no puedo detenerlo.”

“Esos no son gusanos”, contestó Beau.

“No ellos, ellos se alimentan de gusanos”.

Cuando recién llegó al campo de los sueños, Beau creyó que sería fácil pasar. El problema del Rey del Sueño no le interesaba, incluso aunque La oscuridad nunca hubiera sido una aliada del Lugar Callado. Aún así, una parte de la Luna aún se encontraba en su corazón y ese fragmento nunca permitiría que Beau se cruzara de brazos mientras este lugar era consumido por La oscuridad. Así que aceptó ayudar al rey.

Beau era muy listo y sabía mucho sobre gusanos. “Sólo existe un gusano, incluso si existen miles”, le explicó al principe. “Matarémos ese”.

Aunque a Beau nunca le daba miedo nada, no era ningún tonto. Internarse en el parche de niebla consumida era como regalarse a los cientos de monstruos pájaro que rondaban el lugar, y eso sin mencionar a los atrapadores, que sin la compañía del rey, también comenzarían a molestarle; así que siendo tan inteligente como inteligente era, él decidió dos cosas.

Primero, que el Rey del Sueño lo acompañaría, por que esto era sobre todo su culpa. Segundo, que viajarían al Gusano por los túneles del Gusano. Claro que tenía sentido. Al Rey del Sueño no le hicieron gracia ninguna de las dos ideas y a Beau le pareció verlo al punto del llanto delante de la idea de ensuciarse, pero a Beau no le interesaron esas lágrimas.

El rey del Sueño lo llevó a una gran grieta en el suelo, donde las costras de mala niebla que plagaban el reino se reunían. El agujero estaba rodeado por esqueletos de atrapadores y de sus tubos, pero los pájaros monstruo habían abandonado el área hacía mucho, en favor de terrenos más fértiles para cazar. Con el arco del Rey y las cuchillas, las voces, la rapidez y la fuerza y todas las demás habilidades de Beau, estaban lo más listos que podían estar y andaron hacia el agujero.

La red de túneles se bifurcaba y de vez en cuando, tenían que arrastrarse por espacio angostos o anchar algún agujero. El Rey usó algo de luz prestada de su hermana para guiarles en el camino. La luz rebotó por los muros del túnel y las colas de cualquiera de los pequeños gusanos que tal vez les habrían molestado. Fonalmente, llegaron a una cámara amplia. Estaba encendida con llamas oscuras y heladas y cubierta con la misma piedra pulida que la torre del Rey. En el centro, un joven guerrero muy parecido al mismo Rey les miró llegar desde su trono; era dorado y azul. A su lado, enrosacado y con un rostro sin rostro, se encontraba el Gusano. Pulsaba, inmóvil, como una vena viva y suelta. El guerrero tomó un cuchillo y le cortó dos rebanadas. las rebanadas cayeron al suelo y de ellas surgieron dos gusanos más.

“¿Lo ves Rey?”, señaló Beau. “Sólo hay un Gusano”.

Dicho lo anterior, atacó.

Por supuesto que el Rey de las Pesadillas no iba a permitir que Beau simplemente matara a su gusano. Dejó salir un fiero lamento y los dos pequeños gusanos respondieron de inmediato. Detrás de su arrastre su rastro dejaba una baba venenosa y ácida que carcomía la piedra pulida. Sus hocicos se abrían grandes y hambrientos. El Rey del Sueño fue rápido en perforar a uno de ellos de un flechazo, Beau esquivó al otro y dejó salir una de sus voces perforantes, que lo detuvieron en seco y lo hicieron enroscarse en una bolita.

El Rey del Sueño cargó otra flecha y la apuntó hacia el Gran Gusano. El monstruo se movió y trató de caer encima del Rey, siseando mientras flecha tras flecha penetraba su carne. Mientras el Rey estaba enfocado en salvar a su reino, Beau le prestó más atención a las cosas que en verdad importaban y lo que en verdad importaba en ese momento para el rey de las pesadillas, era proteger la piedra que colgaba de su cuello. Beau supo esto por que era un gran cazador y los cazadores siempre han sido capaces de detectar cómo alguien protege algo valioso. Esa piedra, decidió Beau, era su blanco. Mientras el Rey del Sueño mantenía al Gusano ocupado, Beau fue tras el Rey de las Pesadillas.

“No me interesa por qué ayudas a la oscuridad”, le dijo mientras sus cuchillas chocaban contra la espada del oscuro. “No me interesa que tú también seas un hermano de la Luna. Esa piedra es mía y la tendré”.

El rey de las Pesadillas era un gran guerrero, rápido, aunque pequeño; pero la desesperación le hizo titubear y alterar sus tácticas para proteger la piedra y esto era algo que Beau reconocía muy bien. Soltó dos voces en los oídos del Rey, confundiendo sus sentidos y alterando su balance. En esta ventana de oportunidad, Beau le arrancó la piedra del cuello.

El gran Gusano se detuvo, lo que era bueno, ya que al Rey del Sueño casi se le terminaban las flechas, que ahora cubrían al gusano con un dolor que debió ser enloquecedor, pero los gusanos no son en realidad criaturas muy inteligentes y raramente les llega a interesar el dolor. Se detuvo y miró a Beau, que entonces entendió lo que había conseguido.

“Puedo hacer que el Gusano se coma a tu hermano”, le dijo Beau al Rey del Sueño.

El Rey de las Pesadillas, entendía su derrota y que era incapaz de escapar, así que no lo intentó.

“No”, suplicó el Rey del Sueño, “está en su naturaleza”.

Normalmente, Beau lo hubiera hecho de cualquier modo, pero de nuevo ese pedazo de Luna que llevaba adentro, lo hizo enviar al Gran Gusano lejos, de vuelta a su tierra, para nunca volver a los campos del sueño. Beau se quedó con el corazón del gusano para él y el Rey de las Pesadillas regresó también a su torre, derrotado por última vez.

Como fuera, Beau todavía no terminaba. Le irritaba sobre manera que ni los atrapadores ni su Rey hicieran nada para defenderse y odiaba que los atrapadores tomaran sin devolver nada. Así que se detuvo desde la torre del Rey y rugió en una voz tan terrible que incluso la niebla tembló y los sueños callaron por un momento.

“ESCUCHEN”, rugió. Y por una única vez, los atrapadores escucharon.

“NO PUEDEN DEDICARSE SOLO A COMER SUEÑOS. DEBEN TENER UN PROPÓSITO. MIREN”.

Apuntó a uno de los monstruos pájaro, dando vueltas por encima de la niebla, buscando algún gusano, acechando a los atrapadores.

“PELÉEN”.

Y uno de los atrapadores lanzó su tubo al cielo, y el tubo atravesó al pájaro por el corazón, haciendolo caer al suelo. Lo que el pájaro soltó por la herida, era casi tan dulce como los sueños. De ahí en adelante, El Rey del Sueño tendría un ejército y a Beau se le concedería llevarse cualquier sueño que le diera la gana, como recompensa a su ayuda.

Y es por eso que siempre tuve buenos sueños cuando era una niña.

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El Retrato de la familia Stevenson

¿Quién dice que los fantasmas no tienen sentido del humor? Los Stevensons eran una familia rica de Boston, orgullosa de gozar con los privilegios de la industria de la ciudad y una longevidad absoluta. Este retrato, tomado en 1945, conmemora un esfuerzo por reunir a los Stevensons más viejos alrededor de la más joven. Emelia (al centro), de 102 años de edad, obtuvo entonces el título de “Matriarca”, mientras que la pequeña Ophelia, se convirtió en el niño insignia con apenas 18 meses.

Lo que los Stevensons no notaron hasta que la fotografía fuera revelada era que alguien, de entre los muertos, se había dado cita con ellos para celebrar ese día. James Pullman Stevenson (1835-1932), sentado a la izquierda, entre su nieta Ginny y su sobrino Alfred, fue fácilmente identificado por los allí presentes y recordado, principalmente, por su bondad y su humor pesado y un tanto negro.

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