Vox y los buscadores

He vuelto. Como lo prometí, he estado escribiendo las historias para publicarlas en el foro un poco más rápido. La verdad he pasado la mayor parte del día durmiendo. Luego del último hilo ya no supe de mí. La noche fue tan callada y aquí en mi pequeño rincón del mundo, llueve y todo está helado; es el clima perfecto para dormir. Entré y salí de mis sueños toda la noche. Algunos eran recuerdos. Otros no tenían sentido. Muchos de ellos trataban de Beau. En uno, estaba cayendo.
No puedo decir que esto me esté consumiendo, pero de verdad me pesa en la mente. Mi cabeza duele mucho, el dolor viene y va, pero cuando viene, es horrible. Hay un zumbido en mis oídos tan intenso entonces, que he terminado por apreciar esos espacios de silencio absoluto que aparecen de pronto. Sólo ha ocurrido una vez hoy, el silencio.
Lo siento, tal vez suene demasiado lastimosa, sólo quiero detallarlo todo, tanto como me sea posible, por los lectores que me han acompañado hasta aquí. Si no fuera por estas sesiones de escritura, creo que a estas alturas ya hubiera decidido internarme en algún lugar. No puedo evitar pensar que hay algo al respecto de estas historias, que si las dejo desaparecer ahora, nunca las volveré a encontrar.
Sé que he prometido escribir Beau y los Robaniños, pero creo que es necesario hablar de algunas cosas antes, así que sin más preámbulos, esto es:

 
 

Vox y los buscadores

Antes de que todo esto comenzara nunca me había dado la oportunidad de recordar. Mi tiempo con Beau era sólo otra parte de mi niñez, algo en lo que pienso cada vez menos. Creo que alguien me pidió, la noche anterior, que elaborara un poco más sobre mi vida y este es un buen momento; no hubo nada extraño en la forma en que crecí. Mi padre nos dejó a mi y a mi mamá antes de que yo naciera (no sabía que mi mamá estaba embarazada para ese momento), pero el divorcio fue muy civilizado y yo veía a mi papá cada fin de semana, en las vacaciones y el verano. Él es una buena persona, de la misma forma que mi madre; simplemente fue una de esas relaciones que no lograron darse, pero nunca dejaron de querernos, ni a mí ni a mi hermano. Además de eso, éramos una familia normal, como cualquier otra en este país.
Ahora que me he tomado el tiempo de escribir las cosas y examinarlas, pude verme a mi misma, creciendo y cambiando. Los juegos que Beau y yo jugábamos tuvieron un efecto en mi, así hayan sido reales o no. Tal vez me estaba convirtiendo en un ser humano real, capaz de razonar, en lugar de las pequeñas fierecillas que en realidad somos cuando niños. Tal vez Beau me estaba enseñando algo. Aún así, no creo haber platicado lo suficiente de nuestros juegos y de la forma en la que cambiaron mi percepción del mundo que me rodeaba.
Beau amaba jugar a las escondidas. Amaba probar que podía cazarme y encontrarme en cualquier lugar en el que se me ocurriera esconderme. Mamá siempre se preguntó por qué me sorprendía tanto que Beau pudiera encontrarme. Para ella, Beau era un producto de mi imaginación. Yo amaba jugar con él, verlo feliz me hacía feliz. Mi peligrosísimo amigo, ególatra, feroz, psicótico y robavoces, pero mi amigo a fin de cuentas.
Un día le pregunté a Beau porqué le gustaba tanto jugar a las escondidas.
—¿A ti no?, tu especie siempre está jugando este juego.
Le pregunté qué quería decir con eso. Nadie que conociera disfrutaba de esconderse. Sólo cuando jugábamos, o cuando estábamos en peligro, cuando no queríamos ser encontrados. Me regaló otra de sus enormes sonrisas y se inclinó para hablarme al oído. En retrospectiva, me inquieta mucho que sus labios nunca se movían al hablar.
—Esta es la razón por la que siempre pierdes, Jeep: no entiendes cómo se juega. Tu especie puede ser muy buena para esconderse, pero ser un buscador es mucho más divertido. Hay muchísimas cosas que quieren encontrarte. Si jugamos, puedo mostrarte, pero tú te escondes primero.
Tal vez era joven e impresionable, pero también había comenzado a ser un poco más inquisitiva.
—Creo que estás buscando un pretexto para jugar.
—Abre tus sentidos —dijo en un tono que sonaba casi como una orden, —veámos qué te encuentra primero.
No sé muy bien a qué se refería con eso, pero se dio la vuelta contra una pared y comenzó a contar. Las sombras lo volvieron un poco difuso y además rodeó su cabeza con sus enormes manos, dejando claro que no estaba espiando. Era el fin de la conversación, si insistía sólo terminaría perdiendo el juego, así que empecé a correr. En realidad, el día lluvioso me había dejado con pocos escondites. Mi abuela, que se supone se encontraba cuidandome, estaba dormida en la sala y sabía que las elecciones obvias, como las alacenas o los closets, serían el primer lugar en donde Beau buscaría y que con estas condiciones nunca solía esconderme en el cuarto de huéspedes, que parecía tan obvio que seguro ahí no buscaría.
Parte del truco para ganarle a Beau consistía en confundirlo. Sabía que seguía rastros metódicamente, hasta que terminaban, no importando por qué o en dónde. Tomaba plena ventaja de esta obsesión. Abrí y cerré la puerta de una alacena mientras andaba, sólo para dejar que lo escuchara. Dejé un montón de ropa para lavar en el suelo de mi cuarto, el suficiente para dar la impresión de que una niña podría caber debajo y entreabrí la puerta del cuarto de mi hermano para que pareciera que justo alguien había dejado de vigilar. Estos rastros falsos lo frustrarían, tal vez dándome oportunidad suficiente para cambiar de escondite.
El baño en el cuarto de invitados no solía ser usado y siempre estaba lleno con las toallas de invierno y pequeños jabones de muchos hoteles; olía a vainilla. Entré de puntitas y cerré la puerta detrás de mí, antes de meterme en la tina y cerrar la cortina para esconderme. La única luz venía de una pequeña lámpara de contacto con forma de concha de mar. No estoy seguro de por qué la teníamos ahí. Acostada en la bañera y echa un ovillo, cerré mis ojos y me concentré en mi respiración para no delatarme y poder escuchar a Beau mientras avanzaba por la casa.
Ahora, obviamente, el Rey Cazador Guerrero del Lugar Callado no iba a permitir que una niña de cinco años se la jugara, pero puede que se divirtiera tanto durante el juego como cuando ganaba. Lo escuché abrir una serie de puertas de alacena y cajones. Beau me estaba dejando saber, con ese sonido, que el juego había comenzado. Intenté escuchar más, por encima de mi corazón acelerado y no pasó mucho cuando escuché un tipiteo en la puerta del baño. La perilla de la puerta tembló, el suelo crujió al responder al peso de alguien deteniéndose delante.
Esto me extrañó. Beau nunca había necesitado abrir ninguna puerta. La única vez que llegó a molestarse, lo hizo mientras nos encontrábamos jugando al teatro. La puerta se abrió y lentamente giró sobre sus goznes, libre, hasta chocar con el freno fijo al suelo. Justo entonces consideré que quiénquiera que hubiera abierto la puerta, podía ser alguien más. Me concentré en escuchar, mis esfuerzos me devolvieron una respiración lenta, difícil, ajena.
Con tanto miendo como llegué a sentir, me obligué a abrir los ojos, sin moverme. Desde donde estaba podía ver solamente una parte de la cortina y del techo, arriba de la regadera. No me atreví a mover un solo músculo para mirar mejor, pero pude ver cómo algo se encontraba entre la luz de la concha del baño, formando una sombra muy débil, apenas visible.
—Vox, ¿amor, entraste aquí?
La voz pertencía a mi abuela. Temiendo ser castigada, casi respondo, pero lo que Beau me había dicho detuvo mi voz al instante.
—¿Querida?
El ser se arrastró sobre el suelo de mosaico, casi al mismo ritmo al que lo harían los pasos de mi abuela. La silueta era casi del mismo tamaño que el de ella y aún así, me encontraba helada delante la posbilidad de que eso era casi mi abuela; algo que estaba jugando con mi confianza en un esfuerzo por hacerme salir. Bien podía tratarse también de una nueva treta de Beau y si era así, no le daría la satisfacción de engañarme.
—Ah, ya veo. Estás jugando con tu pequeño amiguito, ¿verdad?, ¿cómo dices que se llama, Bob? ¡Sal de donde quiera que estés, Bob está aquí y quiere verte!
No podía ser Beau. Su vanidad nunca le hubiese permitido jugar con su propio nombre. Desde su perspectiva, todos en el universo tenían la obligación de aprender y pronunciar correctamente su nombre. En ese momento, desde la cocina, pude escuchar una alacena cerrándose de pronto. Beau aún me estaba buscando, eso significaba que estaba a solas, con la cosa con la voz de mi abuela.
El ser hizo una pausa al escuchar la alacena. Se arrastró más cerca de la tina. Entonces pude escuchar otra cosa. Era un tono muy bajo, no era tan fuerte como para llamarlo una vibración y era apenas lo suficiente como para creer que se trataba de mi mente. Por alguna razón, el sonido hizo que mi estomago se hicera nudo y mi corazón se disparara como si quisiera salir corriendo desde mi boca.
—Vox, esto no es gracioso. Voy a contar hasta tres y si no has salido cuando termine, voy a tener que contarle de esto a tu mamá cuando llegue.
No quería esta cosa cerca de mi mamá de ningún modo.
—Uno…
Aguanté la respiración y miré como la débil luz desaparecía casi.
—Dos…
El zumbido estaba a punto de hacerme gritar. Me salieron algunas lágrimas de los ojos. Solamente era una niña. Estaba acostumbrada al monstruo que me dejaba cantarle, no al que tomaba la forma de mi abuela y amenazaba con hablarle a mi mamá. Quería gritar, saltar y correr, pero no había forma de que pudiera escapar si lo hacía, lo sabía, muy dentro de mí.
—Tres…
La cortina de la regadera comenzó a moverse. Una cara se formó contra el patrón de flores. No tenía rasgos únicos. Pudo haberse tratado de mi abuela, pero también podía tratarse de mi papá o de mi maestro de química. El zumbido no subía ni bajaba, no cambió ni siquiera cuando la cosa estuvo prácticamente encima mío. El bulto parecía mirar directo hacia adelante, y mientras el bulto no se movió, la voz hizo eco en la tina.
—Ahora, ¿dónde se metió esa niña traviesa?
No pude soportarlo más. Se me salió un pequeño quejido. La cosa se congeló al instante, y yo estaba por completo segura de que todo había terminado. No tenía idea de lo que me iba a pasar, pero sabía que no era bueno. Había escuchado suficientes historias de Beau para ese momento como para saber que estas cosas no suelen jugar juegos ni cantar. El zumbido cesó. El bulto desapareció de la coritna y un momento después, escuchaba a la cosa arrastrarse lejos de la tina. Lo que remplazó al zumbido fue un silencio que me pareció tranquilizante.
Me quedé ahí por lo que pareció toda una vida antes de juntar el valor de asomarme un poco. Había una silueta en la puerta, alta. Una silueta que conocía.
—¿Beau? —dije en voz muy, muy baja. Mis labios temblaban. Moví la cortina y vi su rostro pálido, inclinado hacia mí, mirándome.
—Al parecer no gané. —dijo, pelando una sonrisa.
Quería golpearlo e insultarlo, pero no se me ocurría ninguna grosería. Se me ocurre una, ahora: Beau, pedazo de cabrón. Incluso entonces sabía que estaba ahí, esperando y probablemente divertidísimo, mientras la cosa con la voz de mi abuela me asustaba. No le dije nada, sólo le volteé la cara. Pareció notar que estaba molesto y se interpuso en mi camino fuera del baño.
—¿Aún no entiendes las reglas del juego? Siempre hay buscadores dispuestos a encontrarte Vox, pero sólo pueden encontrarte si tú quieres ser encontrada.
Di un salto cuando escuché la voz de mi abuela haciendo eco desde la cocina. Estaba llamándome para la cena.
—¿De verdad es ella?
Beau se encogió de hombros, o lo que pasaba por el ademán, viniendo de él.
Inflé las mejillas y reuní mi valor, dejando a Beau en el baño. Mi abuela estaba en la cocina, esperándome con algo para merendar. La abracé lo más fuerte que pude, y cuando me preguntó por qué estaba llorando, le dije que me había lastimado un pie al bajar las escaleras.
Lo admito, cuando Beau me llamó desde mi cuarto mientras yo me encontraba con mi abuela mirando la programación de novelas de la tarde y aburriéndome hasta la muerte, no me sentí demasiado feliz, pero me sorprendió un poco. Supuse que quería terminar con el juego.
—Ha dejado de llover. —insistió —Te toca buscar. Si dejamos el juego sin terminar, rompemos las reglas.
Alegué que la casa era una mejor alternativa y Beau me amenazó con dejarme sola con la cosa abueloide. Me dijo que sabía dónde encontrarla. Podría traerla aquí, a terminar cualquier asunto que tuviera pendiente. Contrarrestré con no cantarle más durante la semana. Ganó con el ofrecimiento de robar mi voz y tener todas las canciones que quisiera, para siempre. Terminé en la esquina. Conté hasta diez con molestia. Cuando me di la vuelta me sentía por completo segura de que Beau no se encontraría en la casa. Hasta ese momento, habíamos pasado demasiado tiempo dentro e incluso para Beau, el exterior era demasiada tentación. Le avisé a mi abuela que iba a salir al patio trasero.
La casa en la que vivíamos era la misma en la que mis padres habían vivido juntos. El antiguo cobertizo para herramientas de mi padre aún se encontraba en pie, en uno de los rincones del terreno, abandonado por años. Se me había prohibido jugar ahí. Nunca regresó por sus herramientas. Había toda clase de cosas y sustancias como pesticidas, goteando ahí dentro. Lo usual era que estuviera cerrado, pero ahora podía notar la puerta entreabierta. Me pregunté por qué Beau estaba intentando meterme en un problema, pero de cualquier forma terminé animándome a abrir la puerta.
—¿Beau? —susurré, asomando la cabeza, —no se supone que debamos estar aquí, me van a regañar.
Le di un vistazo al cuarto, intentando mirar un poco más allá de la podadora, de la mesa de trabajo y las luces de navidad, que junto a otras cosas formaban un collage típico de lo que cualquier familia suburbana almacena. Estaba en el rincón más lejano del pequeño cobertizo, detrás de un Santa de plástico y un viejo bote de basura: un bulto que no parecía corresponder con todo lo demás. Con un repique de triunfo, di un paso dentro, abriendo la puerta un poco más para que la luz llegara hasta el grumo de oscuridad en el rincón. Esta luz provocó un reflejo proveniente de una vieja sierra, colgando en uno de los muros y esa sierra fue lo que provocó que diera un paso fuera y cerrara la puerta de golpe.
Estaba en el reflejo difuso del metal de la sierra: una cara que, incluso distorsionada por la forma del material, no podía pertenecer a Beau; boquiabierta, de ojos oscuros y amplios. No sentí que la cosa me hubiera visto, pero no pensaba regresar para confirmarlo. Lo que había visto bien pudo ser el resultado de la combinación de algunas decoraciones botadas ahí también, justo como la cosa abueloide pudo haberse debido a mi imaginación hiperactiva, pero como Beau había dicho, ellos sólo podían atraparme si era eso lo que quería.
—¡Beau! —grité desde el patio —¡ya no juego!
Escuché su voz flotar desde detrás de un árbol.
—He matado por menos… de cualquier forma, no me habrías encontrado.
No quiero dejar la impresión de que estaba llevándome mi balón a casa, porque no creo que eso es lo que pasó aquí… pero tampoco tengo muy claro cómo explicar esto. Supongo que me siento como una invitada, soy yo la que está pidiendo ayuda y en realidad nadie tiene por qué leer mis historias tontas de la niñez, o descender a la esquizofrenia conmigo. Trato lo mejor que puedo.
Ya no recuerdo a qué iba con esto, lo que me asusta un poco, así que supongo que eso es todo. Ahora necesito dormir… regreso luego.

Coldtom

Durante la segunda mitad del siglo XIV, hacia 1360, vivió un terrateniente llamado Waywick, en una área actualmente conocida como Cheddar, en Inglaterra, que terminó apropiándose de un sirviente muy singular, sobre todo tomando en consideración que los Waywick no contaban con ningún sirviente, excepto por el que apareció una tarde, luego del te. La hija mayor de Waywick fue la primera en notar la presencia de este hombre y creyéndolo primero un cliente (aunque con toda honestidad, habría sido un pintoresco cliente) y le informó que Waywick no se encontraba en ese momento.
Cold Tom, como pidió que se le llamase, miró desde la mesa de trabajo en la que se encontraba sentado y le contó a la moza que él era el sirviente de su padre y viviría a su servicio por el tiempo que su nuevo amo ordenara.
Y así, Cold Tom acabó viviendo con los Waywick, adoptando una curiosa combinación de mayordomo, jardinero, entrenador y negociante. EL señor Waywick terminó consultando a Tom por muchos motivos, muchos más de los que su familia creería prudentes; pues Tom ejercía un efecto muy curioso sobre él. Tom era más bien alto, excesivamente delgado y de cabeza demasiado larga, cubierta por un tipo de cabello apagado y casi blanco; su cara estaba partida con una marca en forma de fresa que contaba era una marca de nacimiento y que contrastaba con sus ojos, uno azul y uno verde, brillantes, sobre todo cuando no había luz.
Sin importar lo extraño que fuese, Tom siempre le fue fiel a los Waywick y siempre hizo lo mejor que pudo para servirles en todo. El único cambio de humor que tuvo lo provocó una travesura de Margareta, que, haciéndolo tropezar, provocó que un viejo jarrón de porcelana terminara hecho pedazos; nadie sin embargo, quiso hacerlo culpable.
Una mañana de un cuatro de abril, en el último año de 1360, la señora Waywick vino a encontrar una credenza en la cocina en donde nunca una credenza había existido. Era, Tom se lo explicó cuando ella preguntó, una credenza mágica. Él siempre había creído cruel al señor Waywick, por nunca regalar a su mujer un lugar tranquilo para descansar al menos un momento del trajín diario.
La señora Waywick quiso saber qué había dentro de la credenza y Cold Tom, con calma explicó:
—oh, a un lugar mágico donde todo menester es levantado de tus hombros y se vive en utópica calma y tranquilidad para siempre; debería verlo usted misma, —la invitó.
Cold Tom, respondió que ¡pero por supuesto que sabía! y sintiéndose apenado de nunca consentir a su esposa, le había pedido Tom que trajera este regalo para ella.
La señora Waywick no sabía qué significaba “utópica”, pero le preguntó a Tom si su esposo estaba enterado de todo esto.
Oh —dijo la señora Waywick —entonces está bien —y dicho esto, entró en el mueble.
Tradicionalmente, se cuentan 137 desaparecidos en el mueble durante esa tarde, que nunca fueron vueltos a ver por nadie; incluyendo al señor Waywick, su hija menor y la que le seguía, la nodriza, ocho de sus vecinos, la mayor parte de los niños del pueblo, el párroco y muchos de sus hermanos y hermanas.
Sólo la hija mayor de Waywick, Mary, permaneció afuera y así refirió todo a los hombres del rey, sobre lo que había pasado, contando que su papá “había entrado hace unos días, para intentar persuadir a la gente de salir de ahí, pero aún no había vuelto”.
De Cold Tom no se encontró el menor rastro, aunque en 1914, en una excavación arqueológica comenzada en la costa norte de la isla, en lo que se sospechaba la localización de un pueblo antediluviano, los arqueólogos encontraron unas escaleras que se hundían en la tierra, detrás de dos piedras monolíticas y una encima de otra.
Las escaleras llegaban hasta un cuarto subterráneo de unos veinte pies por unos dieciséis pies de ancho; el cuarto estaba lleno de cadáveres, poco más de cien, todos sentados con las rodillas debajo de la barbilla y los brazos amarrados a las piernas; los especialistas nunca pudieron explicar cómo es que, teniendo ropas que los remontarían a más de seiscientos años atrás, sus muertes parecían recientes.

 
 
 


Extraído de un libro para niños intitulado “un paseo por Waywickshire y otros cuentos de imposibles verdades”; pocas copias de este libro sobreviven. El autor de este cuento se llama Arthur Holmeswick.

Preguntas y respuestas

Lo siento, me está llevando una eternidad escribir cosas últimamente. Todo me tiene frita, pero siento que esto debo terminarlo. Lo último que puedo hacer es al menos responder algunas preguntas.


 
 
 
Anónimo: Yo tengo preguntas. Además de toda la situación de Beau, ¿cómo describirías tu vida por entero justo ahora? ¿estás feliz?, ¿estresada?, ¿hay algo que te moleste?, ¿cómo van la escuela/trabajo, tus amigos/familia?
De hecho mi vida ha estado muy normal. Tengo un buen trabajo, un departamento aceptable y he superado lo de mi ex. Mi familia y mis amigos son buenos conmigo, son relaciones estables. Es por eso que tengo la sensación de que esto ha salido de la nada. Soy tan promedio como una persona promedio puede serlo.

Anónimo: Vox, ¿cuáles son las dimensiones de Beau?, basado en la descripción de tus sueños, me da la impresión de un Michael Jackson con manos esqueléticas, piel pálida y una vestimenta rara. ¿Es alto, puedes describir un poco más su voz, cómo es su cara, tiene los pómulos altos, su cabello? ¿Sus colmillos son como los de un lagarto, en forma de cono, son como los de un tiburón, son cuchillas como los de un dinosaurio?
Es bastante difícil describirlo a detalle porque todo al respecto de él es demasiado lejano a lo humano y yo soy una artista pésima. Su piel se ve justo como la de un albino. Sus colmillos se parecen a los de un cocodrilo, puntiagudos y de diferentes tamaños que cierran totalmente. Es muy ato —diría que fácilmente topa con el techo. Su cuello es largo. Su sonrisa es demasiado amplia. Tiene los pómulos altos y puntiagudos y sus ojos son enormes, su cabello es blanco y está peinado hacia atrás.

Anónimo: ¿Beau se ve como Jack, de la película de animación de Burton?
No, tampoco es como David Bowie o Jhonny Depp, como lo han estado discutiendo; aunque no me molestaría. Tiene piel encima, aunque no se ve demasiado humano. Siento mucho ser tan mala describiéndolo, nunca he visto nada como él. Es confuso para mí de pies a cabeza, pero en especial, sus manos; personalmente, me aterran, pero puede que sea porque “sentí” una de ellas, algunas veces.

Anónimo: Sólo por curiosidad, ¿Cómo suena la voz de Beau, es una combinación de todas las voces que ha robado o tiene una voz propia?
Tiene dos. Su voz normal, que es como la que he estado escuchando; es las voz de un hombre adulto, como distorsionada; como si tuviera que pasar por alguna clase de interferencia. Sus suspiros son los que suenan como si tomaras un puño de voces juntas y las hicieras hacer el mismo sonido al mismo tiempo, en distintos tonos y volúmenes; como si fueran un coro que sale de la misma boca.

Anónimo: ¿Alguna vez ha sido compañero de alguien más de la misma forma en que lo ha sido/es para ti?
No recuerdo que haya llegado a mencionarlo. Amaba a la Luna, aunque no pudieron quedarse juntos. Toleró muchas criaturas. A través de las historias, parece que normalmente se concentra en la reciprocidad y en conseguir lo que está buscando. No estoy segura de haber sido su compañera, más que algún tipo de premio. Sé que muchos de nuestros juegos implicaban entregarle algún tipo de tributo por no comerme en la forma de canciones o aventuras y que él me contaba historias.

Anónimo: ¿Recuerdas si ver la Luna en el cielo tenía algún efecto en Beau?
Sí, la adoraba.

Anónimo: Me gustaría creer que eras algo más que una propiedad para él, incluso si te consideraba suya. Me parece que formó una conexión contigo, o una aproximación a eso dado su naturaleza. Se podría decir que estaba defendiéndote del gato, por ejemplo; el hecho de que pasara tanto tiempo contándote de él y sus historias parece decir algo más sobre esto, pero supongo que esto es relativo. Puede haber muchas razones para que haya vuelto a aparecer. No creo que estés loca, hay muchas cosas en este mundo que no es posible explicar o entender; por lo que he leído, me parece que lo último que Beau quiere es lastimarte.
Anónimo: Me parece que ella era simplemente otra propiedad para él. Aunque el resto de las historias me llevan a pensar que tal vez en ese momento no contaba con la capacidad para entenderla como su pareja; me parece también que Beau es muy similar a un niño yendo por su fase del ‘Yo’.
Tal vez sería algo más o menos a la mitad de los extremos. Es cierto que llegó a portarse como un niño muy posesivo, pero también pasó años entreteniéndome. Pudo haber tomado lo que hubiera querido de mí e irse.

Anónimo: Explicación racional (aburrida): todo está en tu cabeza.
Explicación Paranormal: Beau es un fantasma o cualquier otro tipo de criatura sobrenatural, las historias que te ha contado son ficcionales. En serio, ¿la oscuridad se robó la luna pero él la salvó y la devolvió al cielo? Nos has contado que era superficial y egoísta. Este fantasma/demonio probablemente disfruta de inventar historias donde él es el heroe, para satisfacer su ego. Cuando lo viste vomitando los bichos negros estabas a punto de ver su forma real. Si fuera tú, sería más cuidadoso de ahora en adelante.
Racional: El análisis Tac es el miercoles. No se preocupen, no me he olvidado de la posibilidad de que me esté volviendo loca.
Paranormal: Es muy posible que estuviera inventándome cosas. De verdad me pareció verlo sufrir cuando vomitó. No sé si esa era su verdadera forma o alguna otra cosa: los bichos me recordaron la historia de la Luna. Tal vez mi sueño sólo estaba reciclando eso.

Es decir, me gustaba que estuviera cuando era niña, tal vez esto no lo he dicho suficiente: era mi amigo imaginario cuando era una niña y el asunto de ser considerada como una pertenencia más nunca fue algo en lo que me detuviera a pensar entonces: no tengo la menor idea de por qué mi estúpido yo de niño decidiría que una relación de abuso con un rey demonio era una excelente elección en materia de amistades imaginarias, pero esto de ninguna manera ha sido un indicativo de mis relaciones siendo un adulto.
 
 
 

§

 
 
 
 


imágen de cabecera: answerphone

un escalón extra

¿Conoces esa sensación, Karla, de esperar un peldaño más en la escalera y llegar al suelo? ¿Ese medio segundo en el que te desorientas por completo? Eso es lo que los astronautas solemos sentir, hasta que nos acostumbramos.
Perdón por divagar, hablar me ayuda.
Te preguntabas si me habían dado píldoras de suicidio antes de la misión. Me reí, te dije que ese era un mito, que para morir en una estación basta con desatornillar una exclusa y que, de cualquier modo, los astronautas no pensamos así.
Antes de la primer misión a la luna, se cuenta que un reportero le preguntó a alguien en la tripulación qué haría si de pronto el módulo no pudiera despegar y se quedaran varados.
¿Su respuesta?

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Ultimatum

Recuerdo el día en que las arañas salieron de sus agujeros y cubrieron la superficie de la luna. Los telescopios de la NASA capturaron en video de alta definición a las olas de criaturas, arrastrándose como un líquido hasta donde el cuadro alcanzaba. Eran tan grandes como carros. Distinguir la forma de una sola, de entre la multitud, me llenó de asco por días.

Los temblorosos meses siguientes, la humanidad reaccionó a la presencia de formas de vida en el sistema solar, no en una remota luna como Titán, no en algún planetoide inhóspito del cinturón, sino en nuestro propio satélite. Muchos querían cristalizar el polvo de la superficie con cabezas nucleares. Otros querían la paz. Algunos los creían dioses.

Yo dejé de mirar hacia arriba por la noche: el rojo marrón de las criaturas se había devorado al conejo entero.

»clic clic clic clic

MI HERMANO MURIÓ CUANDO YO ERA UN NIÑO. ENTONCES HABLÓ. CREO QUE LA GENTE DEBERÍA DE SABER LO QUE DIJO

Cuando escuchamos al doctor hablando sobre Dennis, estábamos tan listos como pudiera estarse. Lo encajaríamos en nuestro entendimiento de las cosas y asumiríamos que se habría ido a donde la gente se va cuando muere. Habría sido más fácil, mucho menos problemático que lo que pasó. Dennis fue diagnosticado con cáncer un par de días luego de nuestro cumpleaños y de ahí todo rodó colina abajo.

Nunca hubo esperanzas de operar, mirar los scans era mirar la progresión de una telaraña negra abriéndose camino por el interior de mi hermano, conforme pasaban las semanas, los meses. Era mi gemelo y fuimos idénticos hasta su primer quimio, eso sólo volvió las cosas grotescas: yo era para él una imagen perfecta de lo que solía ser antes de que su cabello cayera y sus mejillas se vaciaran de sangre, hundiéndose hasta descubrir el dibujo de su cráneo; éramos ambos, para el otro, extraños fantasmas de lo que pudimos ser y jamás.

El médico cerró el caso, soplando nuestras últimas esperanzas como se soplan las velas de un pastel:

—Dennis no durará mucho más de cuatro días, una semana cuando mucho.

Así que acampamos en el aroma rancio y azucarado en medicamentos de su cuarto de hospital, de muros color olivo y patrón de lunares; con la luz colándose por entre las persianas a medio cerrar, abriéndose en barras luminosas que se extendían por el suelo y terminaban a poco de llegar a su cama. El personal trajo una camilla para que yo durmiera, mis padres se acomodaron en frágiles sillas junto a él.

Para este momento, Dennis se veía de verdad mal. Podías ver con claridad su esqueleto entero. Todos queríamos hablar con él, pero él no despertó durante todo el día y cuando lo hizo, sólo hubo silencio. Nadie sabía qué decir, no había palabras posibles y por debajo del paso de los segundos, corría este miedo secreto de que en el momento de que alguien invocara lo que estaba a punto de ocurrir, se volvería real; a la primer señal caeríamos todos de la cuerda floja, estallaríamos en llanto y no podríamos recomponernos. Así que guardábamos silencio, mis padres intentaban ensayar sonrisas que nunca llegaban hasta sus ojos.

Ocurrió al tercer día, el estable tono del monitor cardiaco se interrumpió y comenzó a emitir una alarma, mientras el cuerpo de Dennis comenzaba a temblar y desde el interior de su boca emanaba el eco de un crujido, como si por dentro se deshiciera.

Mis padres saltaron de sus asientos, mi madre directo a Dennis, para sujetarlo de los hombros y rogarle que se detuviera, mi padre a la puerta, a gritar por ayuda a quien quiera que pasara por el pasillo.

Los doctores y enfermeras a cargo habían ido cambiando su comportamiento poco a poco. Antes, los protocolos de resucitación se veían como actos desesperados, carreras de cien metros planos con un deseo frenético de que cada movimiento ocurriera correctamente. Ahora era más bien como un trote desangelado, estos eran malos actores palomeando las viñetas en un instructivo de lo que se supone que deben tratar.

No creo que hubiera hecho ninguna diferencia. El cáncer se le había desbordado y su sistema ya no contaba con recursos para manejarlo de ningún modo. Declararon la hora de muerte y se fueron, ofreciendo condolencias y diciendo que se llevarían el cuerpo en el momento en que estuviéramos listos. La puerta se cerró a nuestras espaldas: Mamá, Papá, yo y el cuerpo de Dennis.

Nos fuimos acercando, despacio, al lado de su cama, solo para mirarlo. Mi madre se rompió y comenzó a llorar un lamento largo que se convirtió en un aullido. Mi padre la sujetó del hombro, la abrazó intentando mantener la calma, pero perdiéndola, sin llanto; apenas una lágrima ocasional atravesándole la cara, hasta la mueca en la que su boca se congeló.

Yo me quedé mirando el rostro de mi hermano.

No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Me di cuenta de que esto no era una sola cosa, no era un solo suceso. Por primera vez mi mente comenzó a procesar las infinitas implicaciones de esto, a hundirme el estómago con cada hecho ineludible: nunca iba a poder hablar con él de nuevo, nunca íbamos a cenar juntos de nuevo, no se iba burlar de mí otra vez, no íbamos a caminar juntos a la escuela ni a molestarnos al tener que compartir el mismo salón de clase. Esta no era una sola perdida, eran un millón de cosas, algo que se suponía sería una presencia constante desparecía y nada sería tan bueno como iba a ser.

Fui el primero en mirar sus labios.

—Está moviendo la boca.

Mis padres se congelaron, se engancharon el uno al otro, mi madre pareció perder fuerza en las piernas, mi padre la sostuvo. Sus labios temblaban. Mis padres guardaron silencio. Supongo que intentaban racionalizar, pensar en un estremecimiento nervioso, nada más. Pero su boca se abrió y de su interior, una voz ronca, hundida y leve como el paso del viento que pasa muy lejos de donde estás, pronunció mi nombre.

»Dennis…

buena suerte

Extraño mucho a mi hermana, era más grande que yo y no tenía miedo cuando papá y mamá gritaban por pobres. Siempre fuimos pobres. La ropa que mi hermana y yo usábamos era regalada, no tenemos muebles, ni camas. Por eso en la escuela se burlaban de nosotros.

Se fue hace un año. No me dijo nada. Yo me hubiera ido con ella. Mi mamá me dijo que ya no estaba. Luego mis papás ganaron un premio de lotería. Mi mamá dijo que había recogido el boleto de un bote de basura. Les dieron una maleta llena de dinero.

Pensé que ya no éramos pobres. Pero estaba mal. Mi papá se compró un carro nuevo y una televisión grande. Mi mamá se compró mucha ropa y unos aretes y unos collares que dice que están muy bonitos. A mí no me compran nada. Pero la maleta ya casi está vacía.

Una tarde les pregunté qué iban a hacer cuando ya no hubiera nada. Me dijeron que todavía me tenían a mí. Al menos me quieren, aunque no sean tan buenos conmigo, ni hayan intentado buscar a mi hermana nunca.