cazador

Estaba en la mitad de la nada. Tocó en la puerta varias veces. Rodeó el perímetro buscando al dueño, no quería ser acusado de allanamiento. Miró el sol. Se imaginó explicando que se había perdido siguiendo un rastro, se ruborizó. Miró de nuevo el camino que lo condujo hasta aquí, casi imperceptible entre los matojos de hierba. Había por la mañana. Ahora el sol se ponía y no tenía ni la menor idea de dónde se encontraba. Se ruborizó de nuevo, tantos años viniendo a al mismo sitio.

La puerta estaba abierta. Aún llamó con un ‘hola’ desacostumbrado a pedir ayuda. Nadie respondió. El sol agonizaba en el horizonte. Recordó la sensación de urgencia que lo había vencido hacía unas horas. Conocía el bosque y tenía las provisiones para pasar un par de días, tenía años viniendo a cazar a solas aquí, pero en algún momento el rastro lo condujo a un lugar que estaba seguro de no haber visto antes y eso fue suficiente para que comenzara a apresurar el paso hacia cualquier dirección, hacia todas, hasta que sus pasos frenéticos dieron con esta casa.

Abrió su cantimplora y bebió. Una casa era una buena noticia, aunque estuviera en la mitad de la nada. Se había puesto nervioso y nada más. Eso era todo. Cuando terminó de decidir, el sol había desaparecido y el cielo estaba lleno de estrellas. Cerró la puerta detrás de él. Si el dueño llegaba ahora o llegaba mañana, se explicaría, se disculparía y le ofrecería dinero por las molestias. Si no lo hacía, dejaría una nota… o quizá no, no estaba seguro aún; mejor que no apareciera nadie.

Encendió su linterna. La casa carecía de bombillas. Dirigió sus pasos hasta encontrar la cocina. Abrió un par de anaqueles. Encontró velas y les dio fuego. Entonces los vio. Las paredes estaban repletas. Retratos. Cientos de ellos. Retratos antiguos. Retratos viejos de personas muertas, pintados por encargo quizá, con ese efecto extraño de perspectiva que logra que el personaje siga al espectador con la vista. Retratos extraños, pero nada más: una anciana con un tocado de flores, un viejo con saco militar, dos jovenes y su hijo pequeño, una niña de cabellos rubios.

Encontró una cama. La noche estaba tranquila. Dejó la veladora en el buró y su equipo en el suelo. Se recostó. Miró a la pared de al lado: un cazador apuntando con su rifle le vigilaba, inmóvil, turbio, tras un muro de óleo envejecido. La coincidencia le hizo sonreír. Le calmó. Se acomodó bocabajo y al fin se quedó dormido. A la mañana siguiente se cubrió la mano para evitar que un haz de luz le molestara en los ojos. Miró a su alrededor. El silencio le hizo suponer que si esta casa tenía un dueño, no se había presentado aún; al menos no se le veía afuera, detrás de ninguna de las  ventanas ovales con las que los muros estaban repletos.

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